Allan Kardec sobre las clases de críticas

Nuestro deber es mostrarnos caritativos y benevolentes tanto con los seres de ultratumba como con nuestros semejantes.

Personalmente, yo disfrutaría, señores, de un privilegio inaudito si hubiera estado a cubierto de la crítica.

Uno no se pone en evidencia sin exponerse a las saetas de aquellos que no piensan como nosotros.

Sin embargo, hay dos especies de críticas:

  1. una que es malévola, acerba, venenosa, en la que los celos se revelan a cada palabra;
  2. aquella que tiene por objetivo la investigación sincera de la verdad presenta aspectos muy diferentes.

La primera sólo merece desdén: jamás he sido atormentado por ella.

Solamente la segunda es discutible.

Algunas personas han dicho que

  • he sido demasiado rápido en las teorías espíritas;
  • que no había llegado el tiempo para establecerlas,
  • que las observaciones no eran suficientemente completas.

Permitidme algunas palabras sobre este asunto.

Hay dos cosas que considerar en el Espiritismo: la parte experimental y la parte filosófica o teórica.

Si no se toma en cuenta la enseñanza dada por los Espíritus, pregunto si, en mi nombre, ¿no tengo el derecho, como tantos otros, a elucubrar un sistema de filosofía?

¿El campo de las opiniones no está abierto a todo el mundo?

¿Por qué, pues, yo no haría conocer la mía?

Le corresponderá al público juzgar si mi opinión tiene o no el sentido común.

Pero esa teoría, en lugar de darme un mérito, si hay mérito, declaro que ella emana enteramente de los Espíritus.

– Que sea así, se dice, pero vais demasiado lejos.

Aquellos que pretenden dar la clave de los misterios de la creación, revelar el principio de las cosas y la naturaleza infinita de Dios, ¿no van más lejos que yo, que declaro, según los Espíritus, que no le está dado al hombre profundizar esas cosas, sobre las que sólo se pueden establecer conjeturas más o menos probables?

– Vais demasiado rápido.

¿Sería un equívoco haberse anticipado a ciertas personas? ¿Además, quién les impide avanzar?

– Los hechos todavía no están suficientemente observados.

Pero si yo, con o sin razón, creo haberlos observado lo suficiente, ¿debo esperar el capricho de aquellos que quedan atrás?

Mis publicaciones no obstruyen el camino a nadie.

– Ya que los Espíritus están sujetos al error, ¿quién os dice que aquellos que os han informado no están engañados?

En eso, de hecho, está toda la cuestión, pues la objeción de precipitación es demasiado pueril.

¡Pues bien! Debo decir sobre qué está fundada mi confianza en la veracidad y en la superioridad de los Espíritus que me han instruido.

Ante todo, diría que, según el consejo de ellos,

  • nada acepto sin examen y sin control;
  • sólo adopto una idea si me parece racional, lógica,
  • si está de acuerdo con los hechos y las observaciones,
  • si nada serio viene a contradecirla.

Pero mi juicio no podría ser un criterio infalible; la aceptación que he encontrado entre una multitud de personas más esclarecidas que yo es una primera garantía para mí.

Encuentro otra no menos preponderante en la característica de las comunicaciones que han sido hechas desde que me ocupo del Espiritismo.

Jamás, lo puedo decir,

  • se ha insinuado una sola de esas palabras, una sola de esas señales por las que se revelan siempre los Espíritus inferiores, incluso los más astutos;
  • jamás la dominación;
  • jamás los consejos equívocos o contrarios a la caridad y a la benevolencia,
  • jamás las prescripciones ridículas.

Lejos de eso, solamente he encontrado, en esas comunicaciones, pensamientos grandiosos, nobles, sublimes, desprovistos de pequeñez y de mezquindad.

En suma, los contactos de los Espíritus conmigo, tanto en las más pequeñas como en las más grandes cosas, siempre han sido tales que si hubiera sido un hombre quien me hubiera hablado, yo lo habría considerado el mejor, el más sensato, el más prudente, el más moralizado y el más esclarecido.

He aquí, señores, los motivos de mi confianza, corroborada por el carácter idéntico de la enseñanza dada a una multitud de otras personas antes y después de la publicación de mis obras.

El porvenir dirá si estoy o no con la verdad.

Mientras tanto, creo haber ayudado al progreso del Espiritismo al traer algunas piedras al edificio.

Al mostrar que los hechos pueden asentarse sobre el razonamiento, habré contribuido a hacer al Espiritismo salir de la vía frívola de la curiosidad, para hacerlo entrar en la vía seria de la demostración, la única que puede satisfacer a las personas que piensan y no se detienen en la superficie.

Por Allan Kardec

Texto extraído del artículo titulado «Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas: Discurso de clausura del año social 1858-1859» publicado en la Revista Espírita – Periódico de Estudios Psicológicos, julio de 1859

Escrito por Allan Kardec

Allan Kardec

Allan Kardec. (1804-1869) es el seudónimo utilizado por el pedagogo y escritor Hippolyte Léon Denizard Rivail, considerado el codificador de la doctrina llamada Espiritismo. Nota de ZonaEspirita.com : En este perfil se publican contenidos escritos por él. Las partes subrayadas y resaltadas han sido editadas por la web.

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