La transición [sobre el proceso de muerte o desencarnación]

La confianza en la vida futura no excluye los temores acerca de la transición de esta vida a la otra.

Muchas personas no temen a la muerte en sí misma, sino al momento de la transición. ¿Se sufre o no en ese viaje?

Esto los inquieta, y con razón, dado que nadie puede escaparse de él. Podemos evitar algún viaje en este mundo, menos ese.

Tanto los ricos como los pobres deben realizarlo y, si es doloroso, ni la jerarquía ni la fortuna podrán atenuar su amargura.

Si se observa la serenidad de algunos moribundos, y las terribles convulsiones de la agonía de otros, se puede deducir por anticipado que las sensaciones experimentadas no siempre son las mismas.

Sin embargo, ¿quién podrá informarnos al respecto?

¿Quién nos describirá el fenómeno fisiológico de la separación entre el alma y el cuerpo?

¿Quién nos relatará las impresiones de ese instante supremo?

En ese punto la ciencia y la religión guardan silencio.

¿Por qué? Porque les falta el conocimiento de las leyes que rigen las relaciones del Espíritu con la materia.

La una se detiene en el borde de la vida espiritual, y la otra en los límites de la vida material.

El espiritismo es la línea de unión entre ambas, y sólo él puede decirnos cómo se produce la transición, ya sea a través de las nociones más positivas que nos brinda de la naturaleza del alma, o a través de la descripción proporcionada por aquellos que han dejado este mundo.

El conocimiento del lazo fluídico que une el alma con el cuerpo es la clave de este fenómeno, así como de muchos otros.

La insensibilidad de la materia inerte es un hecho positivo, y sólo el alma experimenta las sensaciones de dolor y placer.

Durante la vida, la desagregación de la materia repercute en el alma, que recibe una impresión más o menos dolorosa.

Es el alma la que sufre, y no el cuerpo.

Este no es más que un instrumento del dolor.

En cambio, el alma es el paciente.

Por el contrario, después de la muerte, el alma y el cuerpo están separados, de modo que, así como el cuerpo puede ser impunemente mutilado, pues no siente nada, del mismo modo el alma, que se encuentra aislada, no se ve afectada por la desorganización del cuerpo.

El alma tiene sus propias sensaciones, cuya fuente no reside en la materia tangible.

El periespíritu es la envoltura fluídica del alma, de la que no se separa ni antes ni después de la muerte.

Ambos forman, por decirlo así, una sola entidad, de modo que no se puede concebir a la una sin el otro.

Durante la vida, el fluido periespiritual impregna el cuerpo en todas sus partes y sirve de vehículo a las sensaciones físicas del alma.

Es también por su intermedio que el alma actúa sobre el cuerpo y dirige sus movimientos.

La extinción de la vida orgánica hace que el alma se separe del cuerpo, debido a la ruptura del lazo fluídico que los unía.

Con todo, esa separación nunca es brusca.

El fluido periespiritual se desprende poco a poco de los órganos, de manera que la separación llega a ser completa y absoluta cuando no queda ni un átomo del periespíritu unido a una molécula del cuerpo.

La sensación dolorosa que experimenta el alma en el momento de la muerte depende de la suma de los puntos de contacto que existen entre el cuerpo y el periespíritu, así como del grado de dificultad y lentitud que presenta la separación.

Así pues, debemos aceptar que, conforme a las circunstancias, la muerte puede ser más o menos penosa.

Esas diferentes circunstancias son las que nos corresponde analizar.

Establecemos, en primer lugar, y como principio, los cuatro casos siguientes, que podemos considerar como situaciones extremas, entre los cuales existe una infinidad de variantes:

1º.) Si en el momento de la extinción de la vida orgánica el desprendimiento del periespíritu es completo, el alma no siente absolutamente nada.

2º.) Si en ese momento la cohesión entre los dos elementos está en el auge de su intensidad, se produce una especie de desgarramiento que reacciona dolorosamente sobre el alma.

3º.) Si la cohesión es débil, la separación resulta fácil y se produce sin conmoción.

4º.) Si después del cese completo de la vida orgánica existen todavía numerosos puntos de contacto entre el cuerpo y el periespíritu, el alma puede llegar a sentir los efectos de la descomposición del cuerpo, hasta que ese lazo se deshaga completamente.

De ahí resulta que el sufrimiento que acompaña a la muerte está subordinado a la fuerza de cohesión que une el cuerpo con el periespíritu; que todo lo que pueda contribuir a la disminución de esa fuerza y a la rapidez del desprendimiento hace que la transición sea menos dolorosa; por último, que si el desprendimiento se produce sin ninguna dificultad, el alma no experimenta ninguna sensación desagradable.

Durante la transición de la vida corporal a la vida espiritual se produce otro fenómeno muy importante: el de la turbación.

En ese momento, el alma experimenta un embotamiento que paraliza momentáneamente sus facultades, y neutraliza al menos en parte sus sensaciones.

Es como si estuviera en un estado de catalepsia, de modo que el alma casi nunca es testigo consciente del último suspiro.

Decimos casi nunca porque en algunos casos el alma puede estar consciente, como en breve veremos*.

Así pues, la turbación puede ser considerada el estado normal en el momento de la muerte.

Su duración es indeterminada y varía entre algunas horas y varios años.

A medida que se libera, el alma se encuentra en una situación comparable a la de un hombre que despierta de un sueño profundo.

Sus ideas son confusas, vagas e inciertas; ve como a través de una niebla.

Poco a poco se le aclara la vista y recupera la memoria.

Ese despertar, con todo, varía según los individuos.

En unos es sereno y abunda en sensaciones deliciosas; en otros está repleto de terror y ansiedad, como si se tratara de una horrible pesadilla.

El momento del último suspiro no es, pues, el más penoso, porque lo más común es que el alma no tenga conciencia de sí misma.

Antes de eso, el alma padece la desagregación de la materia durante las convulsiones de la agonía y, con posterioridad, la angustia de la turbación.

Desde ya afirmamos que ese estado no es general.

La intensidad y duración del sufrimiento dependen, como hemos dicho, del grado de afinidad que existe entre el cuerpo y el periespíritu.

Así, cuanto mayor es esa afinidad, tanto más penosos y prolongados son los esfuerzos del Espíritu para desprenderse de esos lazos.

Con todo, hay personas en las que la cohesión es tan débil que el desprendimiento se produce por sí mismo, con naturalidad.

El Espíritu se separa del cuerpo como el fruto maduro se suelta de su tallo.

Es el caso de las muertes serenas y de los despertares apacibles.

El estado moral del alma es la causa principal de la mayor o menor facilidad de desprendimiento.

La afinidad entre el cuerpo y el periespíritu es proporcional al apego del Espíritu a la materia, y alcanza su culminación en el hombre cuyas preocupaciones se concentran en la vida terrenal y en los goces materiales.

Esa afinidad es casi nula en aquellas personas cuyas almas, ya purificadas, se identifican por anticipado con la vida espiritual.

Y puesto que la lentitud y la dificultad de la separación guardan relación con el grado de purificación y desmaterialización del alma, depende de cada uno hacer que ese viaje sea fácil o penoso, agradable o doloroso.

Una vez establecido esto, a la vez como teoría y como resultado de la observación, nos queda examinar la influencia del género de muerte sobre las sensaciones del alma en el último momento de vida.

En la muerte natural, la que resulta de la extinción de las fuerzas vitales debido a la vejez o la enfermedad, el desprendimiento se opera gradualmente.

En el hombre cuya alma está desmaterializada y cuyos pensamientos se apartan de las cosas terrenales, el desprendimiento está casi completo antes de la muerte real: el cuerpo aún tiene vida orgánica, pero el alma ya penetró en la vida espiritual y apenas está vinculado a aquel por un lazo tan frágil que se corta con el último latido del corazón.

En estas condiciones, es posible que el Espíritu haya recobrado ya su lucidez, y que sea testigo consciente de la extinción de la vida del cuerpo, por lo que se siente feliz de haberse liberado.

Para él, la turbación es casi nula; se asemeja a un instante de sueño apacible del cual despierta con una indefinible sensación de esperanza y felicidad.

En el hombre materialista y sensual, que vivió más para el cuerpo que para el espíritu, y para quien la vida espiritual no significa nada, ni siquiera a nivel del pensamiento, todo contribuye a estrechar los lazos que lo atan a la materia, pues no ha hecho nada en la vida para aflojarlos.

Y cuando la muerte se aproxima, si bien el desprendimiento se realiza gradualmente, demanda continuos esfuerzos.

Las convulsiones de la agonía son indicios de la lucha del Espíritu, que algunas veces trata de romper los lazos resistentes, y otras se aferra al cuerpo, del cual una fuerza irresistible lo arranca con violencia, parte por parte.

El Espíritu se apega tanto más a la vida corporal cuanto menos ve más allá de la misma.

Siente que la vida se le escapa y desea retenerla a toda costa.

En lugar de abandonarse al movimiento que lo arrastra, resiste con todas sus fuerzas.

De ese modo, puede prolongar la lucha durante días, semanas y meses enteros.

No cabe duda de que en ese momento el Espíritu no goza de toda su lucidez, pues la turbación ha comenzado bastante antes de la muerte, pero no por eso sufre menos; y el vacío en que se encuentra, así como la incertidumbre de lo que habrá de sucederle, aumentan su angustia.

La muerte llega, pero no todo ha concluido.

La turbación continúa; el Espíritu siente que está vivo, pero no distingue si esa vida es material o espiritual.

Sigue luchando hasta que los últimos lazos del periespíritu se hayan cortado por completo.

La muerte ha puesto fin a la enfermedad física que padecía, pero no anuló sus consecuencias.

Mientras haya puntos de contacto entre el cuerpo y el periespíritu, el Espíritu sentirá sus efectos y sufrirá por ello.

Muy diferente es la situación del Espíritu desmaterializado, incluso en las enfermedades más crueles.

Los lazos fluídicos que lo unen al cuerpo son muy frágiles, de modo que se cortan sin la menor conmoción.

Además, su confianza en el porvenir, que ya ha vislumbrado con el pensamiento, o a veces también en la realidad, le permite considerar a la muerte como una liberación, y a sus males como una prueba.

De ahí resultan la calma moral y la resignación que alivian su padecimiento.

Después de la muerte, dado que esos lazos se cortaron de inmediato, no lo afecta ninguna reacción dolorosa.

Al despertar se siente libre, bien dispuesto, aligerado de un gran peso y muy feliz porque ya no sufre.

En la muerte violenta las condiciones no son exactamente las mismas.

Ninguna desagregación parcial ha hecho posible una separación anticipada entre el cuerpo y el periespíritu.

La vida orgánica, pese a toda su fuerza, es aniquilada de súbito.

En ese caso, el desprendimiento del periespíritu recién comienza después de la muerte, y no puede completarse rápidamente.

El Espíritu, sorprendido de improviso, queda como aturdido.

Como siente y piensa, cree que aún está vivo, y esa ilusión se prolonga hasta que comprende su situación.

Ese estado intermedio entre la vida corporal y la vida espiritual es uno de los más interesantes objetos de estudio, porque presenta el espectáculo singular de un Espíritu que confunde su cuerpo fluídico con su cuerpo material, y que al mismo tiempo experimenta todas las sensaciones de la vida orgánica.

Aquí se presenta una serie infinita de matices que difieren según el carácter, los conocimientos y el grado de adelanto moral del Espíritu.

Para las personas cuya alma se encuentra purificada, ese estado tiene una duración breve, porque en ellas había un desprendimiento anticipado, y la muerte súbita no hace más que apresurar su término.

Otras veces se prolonga durante años.

También es muy frecuente en los casos de muerte común, y si bien no resulta penoso para los Espíritus adelantados, se vuelve terrible para los atrasados.

Esta circunstancia resulta aún más aflictiva en los casos de suicidio.

Como el periespíritu se halla sujeto al cuerpo a través de todas sus fibras, todas las convulsiones del cuerpo repercuten en el alma, que de ese modo experimenta atroces padecimientos.

El estado del Espíritu en el momento de la muerte puede resumirse así: El sufrimiento del Espíritu es tanto mayor cuanto más lento resulta el desprendimiento del periespíritu.

La rapidez del desprendimiento es proporcional al grado de adelanto moral del Espíritu.

Para el Espíritu desmaterializado, cuya conciencia es pura, la muerte equivale a un sueño de algunos instantes, exento de sufrimiento, y cuyo despertar es muy sereno.

Para que alguien pueda trabajar por su purificación, mediante la contención de sus malas tendencias y el dominio de sus pasiones, hace falta que conozca los beneficios que obtendrá en el porvenir, puesto que para identificarse con la vida futura, encaminar hacia ella todas las aspiraciones y optar por ella antes que por la vida terrenal, no basta con creer en esa vida: es necesario comprenderla.

Hay que considerar la vida futura desde un punto de vista que satisfaga a la razón, que esté completamente de acuerdo con la lógica y el buen sentido, al igual que con la idea que nos formamos de la grandeza, la bondad y la justicia de Dios.

En ese aspecto, entre todas las doctrinas filosóficas, el espiritismo es la que ejerce la influencia más poderosa, gracias a la fe inquebrantable que proporciona.

El espírita serio no se limita a creer, sino que cree porque comprende; y comprende porque emplea la razón.

La vida futura es una realidad que se despliega constantemente ante sus ojos: la ve y la toca, por así decirlo, en todo momento, de modo que la duda no tiene guarida en su alma.

La vida corporal, tan limitada, se desvanece para él frente a la vida espiritual, que es la verdadera vida.

A eso se debe la escasa importancia que atribuye a los inconvenientes del camino, y su resignación ante las vicisitudes, cuyas causas y utilidad comprende perfectamente.

Su alma se eleva mediante las relaciones directas que establece con el mundo invisible.

Los lazos fluídicos que lo sujetan a la materia se debilitan, con lo cual se produce por anticipado un desprendimiento parcial que facilita su transición a la otra vida.

La turbación, inseparable de la transición, dura poco, porque una vez que ha dado ese paso se reconoce de inmediato.

Nada le causa extrañeza, y comprende su nueva situación.

Por cierto, el espiritismo no es indispensable para la obtención de este resultado; razón por la cual no tiene la pretensión de ser la única garantía para la salvación del alma.

No obstante, facilita esa salvación, tanto por los conocimientos que proporciona, como por los sentimientos que inspira y las condiciones en que coloca al Espíritu, pues hace que comprenda la necesidad de mejorar.

Además, confiere a cada uno los medios para colaborar con el desprendimiento de otros Espíritus en el momento en que dejan la envoltura terrestre, y les abrevia el lapso de su turbación mediante la plegaria y la evocación.

Por medio de la plegaria sincera, que es una magnetización espiritual, se provoca una desagregación más rápida del fluido periespiritual; y por medio de una evocación conducida con conocimiento y prudencia, mediante palabras benevolentes y reconfortantes, se libera al Espíritu del embotamiento en que se encuentra, y se lo ayuda a que se reconozca más rápidamente.

Si fuese un Espíritu sufridor, se lo impulsa al arrepentimiento, que es el único recurso para abreviar sus padecimientos.

Por Allan Kardec

Texto extraído del libro El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina según el Espiritismo*

Escrito por Allan Kardec

Allan Kardec

Allan Kardec. (1804-1869) es el seudónimo utilizado por el pedagogo y escritor Hippolyte Léon Denizard Rivail, considerado el codificador de la doctrina llamada Espiritismo. Nota de ZonaEspirita.com : En este perfil se publican contenidos escritos por él. Las partes subrayadas y resaltadas han sido editadas por la web.

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