El término “espiritismo” ante el caos semántico

Se dice, y con razón, que el hombre está sumergido en un ilimitado océano de información.

En todas las formas imaginables, la información lo rodea, lo persigue, lo sumerge y hasta lo apabulla.

La variopinta y gigantesca producción editorial, el cine, la radio, la televisión, y con enorme fuerza el internet, constituyen poderosos vehículos para establecer conexiones activas y directas con todo cuanto se vincula con el ser humano en tanto que protagonista, testigo y cronista de su propia existencia y constante evolución.

Esto ya de por sí, constituye un complicado problema de cantidad que hace que el ser más culto y enterado esté irremisiblemente condenado a ignorar una inmensa cantidad de noticias y a no abarcar sino una pequeña parte de la información disponible.

Pero hay también otro problema no menos grave que es cualitativo, proveniente del hecho de que las palabras tienden a adquirir significados diferentes según la situación, la época o el medio social en que se expresan.

Mucho más vasto que el océano de las noticias que nos rodea, es el de las significaciones en el que vamos a la deriva como náufragos.

Una misma palabra en distintas bocas, mentes o épocas, puede llegar a significar cosas enteramente diferentes.

Hoy florecen disciplinas como la semiótica o filosofías del lenguaje que refieren y subordinan los conocimientos humanos a los límites y propiedades de ese poderoso instrumento que es el lenguaje.

Filósofos y lingüistas, antropólogos y sociólogos, igual que agentes de propaganda religiosa o política, se vuelcan al panorama de esa nueva Babel que crece incontenible en nuestro entorno.

Por supuesto, esto no es enteramente nuevo.

Es evidente que la palabra “justicia” no significaba lo mismo en la boca del Faraón que en la de Moisés.

O que la palabra “legitimidad” no significaba lo mismo para un hombre del siglo XVII que para uno del siglo XIX.

Se podría hacer un curioso y casi interminable catálogo de las distintas y hasta opuestas acepciones que la palabra “democracia” ha adquirido en nuestro mundo.

Igual que del vocablo “socialismo” que, a modo de paraguas, en ciertos casos cubre legítimas aspiraciones a una mayor justicia e igualdad para los ciudadanos de una sociedad, y a la vez, en muchos otros, encubre abominables proyectos sociopolíticos represivos, dictatoriales y empobrecedores.

En ese libro profundo que en forma de cuento de niños escribió Lewis Carroll está el diálogo ejemplar entre Alicia y Humpty Dumpty, el huevo que hablaba y filosofaba, sobre el significado de las palabras.

Alicia pretendía algo que responde a una aspiración de la mayoría de las personas: “que cada palabra que usamos signifique exactamente lo que deseamos que signifique, ni más ni menos”.

Y Humpty Dumpty le reveló la dura verdad que a diario vamos descubriendo: “La cuestión consiste en quién manda, eso es todo”.

Manda en el significado de las palabras que imponen el medio cultural y los factores dominantes en la sociedad.

Víctima de ese caos semántico es el término que debería tener como universal y apropiada definición la de “ciencia filosófica de consecuencias morales que estudia el origen, naturaleza y destino del espíritu y sus relaciones con el mundo corporal”.

Nos referimos, obviamente, al espiritismo, tal y como lo presentó su creador, sistematizador, o como algunos lo prefieren, su codificador, Allan Kardec en el siglo XIX.

Una consulta a los diccionarios en uso, nos remite al siguiente enunciado: “Doctrina de los que suponen que pueden ser evocados los espíritus de los muertos para conversar con ellos”*.

Un concepto a todas luces incorrecto e incompleto que parte del error fundamental de confundir las manifestaciones de los espíritus desencarnados así como el ejercicio mediúmnico que puede servir para relacionar dimensiones físicas y extrafísicas, con su estudio y experimentación.

Una inversión epistemológica que trastoca la relación entre objeto y sujeto, entre fenómeno y método, entre sucesos naturales y la disciplina que los examina para comprenderlos y explicarlos.

Tal como hemos afirmado en numerosas ocasiones, la mediumnidad es solo un capítulo del espiritismo.

Pero la situación alcanza proporciones de escándalo cuando se divulga en la opinión pública y se emplea en los más variados medios de comunicación social, con la aquiescencia de sectores de poder, sean religiosos, filosóficos, académicos o políticos, la palabra espiritismo como sinónimo de todo género de creencias o prácticas de carácter sincrético, de origen africanista o indigenista, en las que se entremezclan desordenadas manifestaciones de mediumnismo o animismo con patologías mentales de diversa índole, en el contexto de la celebración de ceremonias, danzas y frenéticas invocaciones mágico-religiosas, que suelen acompañarse con el consumo de tabaco o de licores, o de sacrificios de animales.

Es por esto que predomina en la sociedad de nuestro tiempo la equívoca versión de que espiritismo es más o menos lo mismo que santería, umbanda u otros cultos parecidos o distintos, y no faltan algunos científicos sociales que para justificar semejante concepto han inventado la noción de un supuesto “continuum mediúmnico” que sería el sustrato común de todas las creencias espiritualistas, esotéricas, ritualísticas, que de alguna forma reconocen, admiten y procuran los contactos con entidades espirituales o divinidades a las que otorgan categoría extrahumana o “sobrenatural”.

Todo esto, por supuesto, completamente ajeno al contexto doctrinal de la filosofía kardecista, que es una propuesta espiritualista, nítidamente racionalista, librepensadora, progresista, laica y humanista.

Hay mucho por hacer para reivindicar el correcto empleo de la palabra espiritismo y esta labor cultural y mediática corresponde en primera instancia a los espíritas, porque estamos involucrados en esta compleja dificultad comunicacional, ya que nos perjudica severamente el indebido empleo del término que designa esta hermosa y orientadora propuesta doctrinaria que hemos abrazado con entusiasmo y convicción.

Y en esta disposición estamos consustanciados con el espíritu que animó a Kardec, quien, haciendo correcto uso de su formación como filólogo y educador, desde el principio de su labor consideró indispensable la precisión semántica, recordando que “para ideas nuevas se requerían palabras nuevas”.

“El espiritismo será lo que los espíritas hagan de él” advertía León Denis, y en efecto, de nosotros, los kardecistas, los que sentimos el espiritismo en el alma y con su defensa y promoción tenemos un compromiso existencial, dependen los resultados.

Lo que avancemos en esta dirección habrá de traducirse en el ambiente social en una correcta comprensión de sus principios y valores y en un sostenido crecimiento del movimiento que lo representa, con independencia de las siglas que identifican a los centros, federaciones o confederaciones.

En última instancia, es una cuestión de honestidad y de apego a la verdad dictado por la semántica, el que sea respetado el auténtico significado de las palabras que empleamos para comunicarnos y entendernos.

Que era lo que quería Alicia, sin tener en cuenta al que manda.

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*. – Gracias a la magnífica iniciativa y arduo trabajo llevado a cabo por El Consejo de Relaciones Espírita Puertorriqueño “CREPU” con la RAE, actualmente la definición de espiritismo tiene dos acepciones. La segunda, que es la correcta, dice: “2.m. Fil. Doctrina fundada por A. Kardec en 1857, que estudia la naturaleza, origen y destino de los espíritus, y sus relaciones con el mundo corporal.”

Por Jon Aizpúrua

Extraído de la revista Evolución nº 5, mayo-agosto 2019. Órgano del Movimiento de Cultura Espírita CIMA Caracas (Venezuela)

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