La Pandemia – Un acercamiento espírita

Nos hallamos en presencia de una de las mayores calamidades que hayan afectado a la humanidad en mucho tiempo.

En efecto, la pandemia desencadenada a partir de la expansión del COVID-19 no hace distinción de fronteras ni de clases sociales, y sus consecuencias, en términos de víctimas y de perturbaciones económicas y sociales a escala planetaria, anuncian que estamos ante un punto de inflexión que señala un antes y un después de su devastadora presencia.

Nada será igual.

Se avecinan grandes cambios en nuestras maneras de vivir y de relacionarnos con los demás.

Frente a ese panorama se imponen algunas preguntas fundamentales:

¿Estamos mental y emocionalmente preparados para asumir semejantes cambios?

¿Habremos aprendido cabalmente las lecciones que se desprenden de un episodio de tal envergadura?

¿Estamos dispuestos a operar en nosotros mismos una profunda transformación moral y un salto evolutivo de conciencia que nos prevenga de otros episodios con similar o mayor fuerza destructiva?

Son interrogaciones a las que el conocimiento espírita puede responder con suficiencia, habida cuenta de su racional entendimiento de Dios, del universo, de la vida y de la presencia humana, siempre que sea debidamente asimilado y aplicado, vale decir, que sirva para liberarnos de atavismos religiosos, creencias mesiánicas, actitudes fanáticas, terrores infundados o prácticas supersticiosas dotadas de supuestas virtudes curativas o de poderes para la salvación de las almas.

Justo es reclamar que la doctrina fundada y codificada por Kardec no sea tergiversada o que en su nombre se reproduzcan de cualquier modo aquellas expresiones propias del pensamiento mágico.

De entrada, hay que apuntar sin rodeos que a la luz del espiritismo, conforme a su proverbial racionalismo, conviene dejar a un lado todo ese tipo de letanías, típicas del dogmatismo religioso, que atribuyen lo que está sucediendo a un castigo divino, a uno de esos mensajes del Dios iracundo del Viejo Testamento a los hombres por haber pecado tanto y olvidado sus mandamientos, como si nos adelantase las penas del infierno.

Concepto repetido por doquier durante milenios, en el ámbito de la tradición judeocristiana, aunque también permeaba a otras sociedades muy antiguas como la griega y la romana.

Baste recordar el castigo de Apolo a los griegos en la Ilíada, de acuerdo con su lógica del castigo divino.

La concepción antropomórfica de un Dios que se inmiscuye en los actos de las personas, revestido de atributos humanos, no se corresponde con la noción espírita de Dios, espléndidamente expresada en el propio inicio de El Libro de los Espíritus: Inteligencia suprema, causa primera de todas las cosas.

Dios, por lo tanto, ni premia ni castiga.

De paso, si esta epidemia fuese una manifestación de la cólera divina, mal estarían haciendo los médicos y los sanitarios de todo el mundo combatiéndola y mitigando sus efectos, puesto que estarían enfrentando sus implacables designios.

No es así según el espiritismo.

Más bien, hay que mirar y comprender al ser humano en el contexto de una perspectiva espiritual e histórica, relativa al complejo e inconmensurable proceso evolutivo que le impulsa a recorrer el camino hacia su continuo perfeccionamiento.

A este tenor, vale la pena proceder a la relectura de un magnífico ensayo de Kardec, publicado en 1868 en su obra La Génesis, los milagros y las predicciones, titulado “Los tiempos han llegado”, cuya idea central expresa la convicción del maestro lionés, de que la renovación moral de la humanidad no advendrá como resultado de cataclismos planetarios o señales de los cielos, sino del “desarrollo de la inteligencia, del sentido moral y la moderación de las costumbres”.

Por supuesto, el espiritismo enseña la comunicabilidad entre los espíritus desencarnados y encarnados, y admite que en determinadas circunstancias podrían los espíritus intervenir en acciones terapéuticas, además de reconocer la participación de entidades desencarnadas de gran sabiduría e impecable moralidad en diversos procesos humanos y sociales, por vía de inspiración y asesoramiento para la consecución de nuevos avances en todas las áreas del conocimiento.

Una breve ojeada a la historia revela que han sido muchas las epidemias que ha padecido la humanidad, y que algunas incluso acabaron con pueblos enteros.

Entre las pandemias más devastadoras cabe destacar la peste negra, causada por una bacteria que salió de Asia y se propagó por Europa en el siglo XIV, provocando la muerte de un tercio de la población de este continente.

Otro brote de la peste se volvió a extender por el mundo a mediados del siglo XVII, manifestándose con especial virulencia.

La pandemia más mortífera de todos los tiempos fue la gripe española, injustamente llamada así, ya que comenzó en Estados Unidos en 1918.

En solo dos años que duró, el número de víctimas superó la cifra de cuarenta millones en todo el mundo.

En tiempos más recientes, en los años 80 de la pasada centuria, el sida causó conmoción en todo el planeta y llegó a ser etiquetado como la peste de nuestra época.

Al ser menos contagioso que las virosis antes mencionadas, no fue tan letal como inicialmente se temía, pero aun así ha segado la vida a unos cincuenta millones de personas.

Entre los principales factores que intervienen para que las actuales epidemias sean tan graves, destaca la rapidez con que se propagan.

Los medios de transporte son su aliado principal.

La razón por la que un virus localizado en una provincia china hace tan solo cinco meses haya acabado poniendo en cuarentena a casi todos los habitantes del planeta, se debe principalmente a los grandes flujos de población que son trasladados todos los días por diversos medios aéreos, terrestres y acuáticos.

En lo que lleva de siglo XXI hemos visto cómo el terrorismo se convierte en un fenómeno global, luego la crisis económica y ahora las epidemias.

Un mundo tan interconectado como el nuestro revela hasta qué punto los estados, incluso los muy grandes y poderosos, no son suficientes por sí solos para combatir amenazas generales.

Si bien es cierto que el mundo globalizado es el que transforma una epidemia en una pandemia en muy poco tiempo, también es la globalización la que permitirá derrotarla, aprovechando los enormes recursos que se derivan de la informática y en general de todos los avances científicos y tecnológicos.

En crisis sanitarias como la actual, se confirma la utilidad de organismos especializados en el área de la salud, y de lo importante que es la cooperación internacional para frenar la propagación del virus.

Las pandemias no solo dejan una estela de muerte y de enfermedades, sino que también suelen traer aparejadas severas crisis en el ámbito económico.

Todavía no sabemos con certeza la gravedad de este trance, aunque las cifras que se asoman en cuanto a un previsible estado general de recesión son francamente alarmantes y anuncian un cuadro muy complicado de recesión, desempleo y empobrecimiento de las condiciones básicas que son inherentes a una vida saludable y digna.

A las dolencias físicas hay que añadir las de índole psicológica, traducidas en cuadros de ansiedad, miedo o depresión, como respuesta involuntaria e inadecuada ante la incertidumbre o la sensación de vacío existencial.

Frente a este panorama dantesco, se impone la reflexión acerca de lo que deberíamos y podríamos hacer.

Y al respecto, el espiritismo nos ofrece luces que pueden brindarnos positivas orientaciones para conducirnos del modo más apropiado y también para auxiliar a nuestros seres cercanos, a nuestros amigos y conocidos, y a las comunidades con las que estemos en relación.

La enseñanza espírita se traduce en una permanente invitación al cambio moral y al avance social, a superar hábitos y prejuicios y a revisar nuestra escala de valores a fin de que establezcamos prioridades más razonables, solidarias y fraternas, que la codicia o la vanidad.

En varias de sus formidables obras filosóficas, León Denis, calificado continuador del trabajo de Kardec, afirma que los seres humanos estamos en el mundo para aprender, y que para conseguir este objetivo nos hallamos ante dos opciones: el amor o el dolor.

Sin duda, aprender por amor es lo deseable, y cuando así pasa, el espíritu se nutre y se fortalece con alegría; sin embargo, en otras circunstancias, muchas en verdad, el sufrimiento ejerce su magisterio, y la pandemia producida por la veloz expansión del coronavirus es una de ellas.

Se trata, pues, de avanzar rápidamente hacia el conocimiento de su origen, su medio y modo de contagio, su letalidad según las características de las poblaciones, para poder entender, asumir y vencer sus secuelas, a partir de la prevención, cuidados y procedimientos curativos, y a la espera de que la ciencia produzca los fármacos o la vacuna que logre frenarlo, controlarlo y erradicarlo.

Entre tanto, mucho dolor enluta a la humanidad, y de él habrá que aprender las crueles lecciones que deja.

¿Qué hacer, entonces? Lo primero, naturalmente, es atender y acatar las instrucciones que dictan los gobiernos y las organizaciones vinculadas con la preservación de la salud y la seguridad individual y colectiva: permanecer en casa, cumplir con las normas higiénicas y de protección, y guardar la distancia social en aquellas circunstancias en que debamos salir para adquirir los productos esenciales para nuestra vida cotidiana.

El espírita debe dar ejemplo de un correcto comportamiento ciudadano, y en lo posible, actuar de manera fraterna y solidaria con sus vecinos.

Es muy conmovedor apreciar que de todas partes llegan noticias del abnegado esfuerzo que realizan los profesionales de la salud y de resguardo de la ciudadanía; de amorosas actitudes y solidarias conductas manifestadas de mil maneras por personas de gran corazón, todas reveladoras de que, en medio de estas complicaciones, también aflora lo mejor del ser humano.

Hay que situarse en el aquí y en el ahora.

No hay que anclarse en un pasado que ya no está, ni colocarse en un futuro que aún no ha llegado.

Ni amargos remordimientos o reproches, ni temores anticipados.

Se debe asumir la realidad presente, con sensatez y ánimo positivo, siempre teniendo en cuenta la temporalidad de la epidemia, puesto que ella pasará y será superada.

No nos amenaza el apocalipsis ni el fin de los tiempos.

Es una situación muy dura, complicada, pero superable.

La humanidad seguirá adelante.

La reclusión en casa, con sus inevitables inconvenientes y disgustos, debe ser asumida con serenidad y aprovechada como una oportunidad para nuestro crecimiento personal.

Es momento apropiado para la introspección, la reflexión y el propósito de enmienda.

Un área muy sensible que está generando graves desequilibrios como consecuencia de un estilo de vida inadecuado que deviene de un indiscriminado consumismo y de un deshumanizado modelo de desarrollo industrial y comercial, es la que se refiere al entorno natural.

Aunque se muestre como una cruel paradoja, un primer beneficiado por ahora de la limitación de movimientos, es el medio ambiente, ya que la contaminación ha descendido drásticamente en las ciudades que están en cuarentena.

Hay en esto una lección profunda que requiere un perdurable aprendizaje y una verdadera disposición para introducir cambios en nuestro estilo de vida.

Es un buen momento para la valoración y cultivo del amor familiar.

Para la buena lectura y el sano entretenimiento. Para cumplir, dentro de las posibilidades de que se disponga, un ritmo de ejercicios que mantengan el funcionamiento eficiente de nuestro organismo.

Para aprender o reaprender a alimentarnos de la manera más sana con la finalidad de atender a las demandas corporales.

Para poner en práctica herramientas terapéuticas de gran simplicidad y enormes beneficios como la relajación, la visualización positiva y la meditación.

Para ir al encuentro de una íntima conexión con Dios y el mundo espiritual por medio de nuestras más delicadas y elevadas vibraciones, ofreciendo el concurso de nuestro amor a quienes están enfermos a favor de su pleno restablecimiento, y a quienes han desencarnado, pidiendo por el esclarecimiento y la serenidad de sus espíritus.

En síntesis, la propuesta espírita, inequívocamente kardecista, progresiva y actualizada, plenamente laica y librepensadora, revela en ésta, como en tantas otras difíciles circunstancias de la vida y la evolución humanas registradas por la historia, su inmenso potencial intelectual y moral, capaz de ofrecer una sustantiva contribución al desenvolvimiento material y espiritual del mundo.

De un mundo que indefectiblemente seguirá adelante, venciendo pandemias y toda suerte de calamidades, porque lleva en sí mismo el principio indestructible de su eterno progreso.

Por Jon Aizpúrua

Extraído de la revista Evolución. Revista de Cultura Espírita nº 7 Ene-Abr 2020

Escrito por Colaboraciones

Colaboraciones

Bajo este perfil se publican escritos, publicaciones o extracciones de autores puntuales o anónimos. En el caso de que esté firmado se publicarán los datos del autor/a al final de cada artículo y/o texto.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.