Qué enseña el Espiritismo

Hay personas que preguntan cuáles son las nuevas conquistas que le debemos al Espiritismo.

Del hecho de que el Espiritismo no ha dotado al mundo de una nueva industria productiva, como el vapor, concluyen que no ha producido nada.

La mayoría de aquellos que hacen esa pregunta, al no darse el trabajo de estudiarlo, conocen solamente al Espiritismo de fantasía creado por las necesidades de la crítica y que nada tiene en común con el Espiritismo serio.

Por lo tanto, no es sorprendente que se pregunten cuál puede ser el lado útil y práctico del Espiritismo.

Lo habrían aprendido si hubieran ido a buscarlo en su origen y no en las caricaturas que han hecho aquellos que tienen interés en denigrarlo.

En otra categoría de ideas, algunos consideran, al contrario, que la marcha del Espiritismo es demasiado lenta, según lo que desea la impaciencia de ellos.

Se sorprenden que el Espiritismo todavía no haya sondeado todos los misterios de la naturaleza, ni abordado todas las cuestiones que parecen ser de su competencia.

Desearían verlo enseñar algo nuevo todos los días o enriquecerse por algún nuevo descubrimiento; y, del hecho de que aún no ha solucionado la cuestión del origen de los seres, del principio y del fin de todas las cosas, de la esencia divina y algunas otras del mismo alcance, concluyen que el Espiritismo no ha salido del alfabeto, que no ha ingresado en la verdadera vía filosófica y que se arrastra en los lugares comunes, porque predica incesantemente la humildad y la caridad.

«Hasta hoy –dicen– no hemos aprendido nada nuevo, pues la reencarnación, la negación de las penas eternas, la inmortalidad del alma, la gradación a través de los períodos de la vitalidad intelectual, el periespíritu no son descubrimientos espíritas propiamente dichos; se debe, pues, caminar hacia descubrimientos más verdaderos y más sólidos».

Creemos que debemos presentar algunas observaciones sobre este asunto, que tampoco serán algo nuevo, pero hay cosas que es útil repetir bajo diversas formas.

Es verdad que el Espiritismo no ha inventado nada de todo eso, porque no hay puras verdades sino aquellas que son eternas y que, por eso mismo, han tenido que germinar en todas las épocas.

¿Pero no significa nada haberlas sacado, si no de la nada, por lo menos del olvido;

  • de un germen haber hecho una planta vivaz;
  • de una idea individual, perdida en la noche de los tiempos, o sofocada bajo los prejuicios, haber hecho una creencia general;
  • haber probado lo que se encontraba en estado de hipótesis;
  • haber demostrado la existencia de una ley en lo que parecía excepcional y fortuito;
  • de una teoría vaga haber hecho algo práctico;
  • de una idea improductiva haber extraído aplicaciones útiles?

Nada es más verdadero que el proverbio: «No hay nada nuevo bajo el Sol» y esa propia verdad no es nueva; por eso, el Espiritismo no es un descubrimiento cuyo principio y vestigios no se encuentren en alguna parte.

Según esa opinión, Copérnico no tendría el mérito de su sistema, porque el movimiento de la Tierra había sido presentido antes de la era cristiana.

Si fuera algo tan simple, se lo debería, pues, encontrar.

La historia del huevo contada por Cristóbal Colón siempre será una verdad eterna.

Es indudable, además, que el Espiritismo todavía tiene mucho que enseñarnos; es lo que no hemos cesado de repetir, pues jamás hemos sostenido que haya dicho su última palabra.

¿Pero del hecho de que aún queda por hacer, se deduce que el Espiritismo no ha salido del alfabeto?

Su alfabeto ha sido las mesas giratorias y, desde entonces, el Espiritismo ha dado, nos parece, algunos pasos; incluso pensamos que ha dado pasos suficientemente grandes en algunos años, si se lo compara con otras ciencias a las que les ha llevado siglos llegar al punto donde están.

Ninguna ha llegado a su apogeo de un solo salto; avanzan, no por la voluntad de las personas, sino a medida que las circunstancias encaminan nuevos descubrimientos; ahora bien, no está en el poder de nadie mandar en esas circunstancias y la prueba está en que, todas las veces que una idea es prematura, aborta para reaparecer más tarde, en tiempo oportuno.

Pero a falta de nuevos descubrimientos,

  • ¿las personas de ciencia nada tienen que hacer?
  • ¿La Química deja de ser Química si no descubre, todos los días, nuevos elementos?
  • ¿Los astrónomos están condenados a cruzarse de brazos por no encontrar nuevos planetas?
  • Y así con todos los otros ramos de la ciencia y de la industria.

Antes de buscar lo nuevo, ¿no se tiene que hacer la aplicación de lo que se sabe?

Es precisamente para dar a las personas el tiempo de asimilar, de aplicar y de difundir lo que saben que la Providencia establece una pausa en la marcha hacia adelante.

La historia está allí para mostrarnos que las ciencias no siguen una marcha ascendente continua, por lo menos ostensiblemente; los grandes movimientos que revolucionan una idea sólo se operan en intervalos más o menos alejados.

No hay estancamiento a causa de eso, sino elaboración, aplicación y fructificación de lo que se sabe, lo que es siempre progreso. ¿El Espíritu humano podría absorber nuevas ideas incesantemente? ¿La propia tierra no tiene necesidad de un tiempo de reposo antes de producir?

¿Qué se diría de un profesor que enseñara, todos los días, nuevas reglas a sus alumnos, sin darles el tiempo para ejercitar aquellas que han aprendido, para penetrarse de ellas y aplicarlas? ¿Dios sería, pues, menos providente y menos hábil que un profesor?

En todas las cosas, las ideas nuevas deben injertarse en las ideas adquiridas; si éstas no están suficientemente elaboradas y consolidadas en el cerebro, si el espíritu no las ha asimilado, aquellas que se quieren implantar no forman raíz: se siembra sin resultado.

Es lo mismo respecto al Espiritismo.

¿Los adeptos tanto han sacado provecho de lo que ha enseñado hasta hoy que no tienen nada más que hacer?

¿Son tan caritativos, desprovistos de orgullo, desinteresados, benévolos hacia sus semejantes; son tan moderados en sus pasiones, han abjurado del odio, de la envidia y de los celos; en fin, son tan perfectos que sería superfluo, de ahora en adelante, predicarles la caridad, la humildad, la abnegación, en suma, la moral?

Esa pretensión probaría por sí misma cuán necesarias son para ellos todavía esas lecciones elementales, que algunos consideran fastidiosas y pueriles; es, sin embargo, únicamente con la ayuda de esas instrucciones, si sacan provecho de ellas, como pueden elevarse suficientemente alto para ser dignos de recibir una enseñanza superior.

El Espiritismo tiende a la regeneración de la humanidad; eso es un hecho indudable; ahora bien, dado que esa regeneración solamente puede operarse por medio del progreso moral, resulta que el objetivo esencial, providencial del Espiritismo es el mejoramiento de cada uno; los misterios que puede revelarnos son el accesorio pues, si bien nos abre el santuario de todos los conocimientos, no seremos más avanzados por eso en nuestro estado futuro si no somos mejores.

Para admitir a uno al banquete de la suprema felicidad, Dios no pregunta qué se sabe ni qué se posee, sino cuánto se vale y qué se ha hecho de bien.

Por lo tanto, es para su mejoramiento individual que todo espírita sincero debe trabajar ante todo.

Únicamente aquel que ha domeñado sus malas inclinaciones ha aprovechado realmente del Espiritismo y recibirá la recompensa por eso; es por ello que los buenos Espíritus, por orden de Dios, multiplican sus instrucciones y las repiten hasta la saciedad; solamente un orgullo insensato puede decir: «Ya no tengo necesidad de ellas».

Únicamente Dios sabe cuándo serán inútiles y solamente a Él Le corresponde dirigir la enseñanza de Sus mensajeros y de proporcionarla para nuestro progreso.

Veamos, sin embargo, si, aparte de la enseñanza puramente moral, los resultados del Espiritismo son tan estériles como algunos lo afirman.

1.º Como todos lo saben, en primer lugar, el Espiritismo da la prueba patente de la existencia y de la inmortalidad del alma.

Es verdad que no es un descubrimiento, pero es por la falta de pruebas sobre ese punto que hay tantos incrédulos o indiferentes con relación al futuro; es al probar lo que solamente era una teoría que el Espiritismo triunfa sobre el materialismo y previene las funestas consecuencias de él para la sociedad.

Al cambiarse la duda sobre el futuro en certidumbre, se produce toda una revolución en las ideas, cuyas consecuencias son incalculables. Allí se limitaría exclusivamente el resultado de las manifestaciones: cuán inmenso es ese resultado.

2.º Por la firme creencia que desarrolla, el Espiritismo ejerce una poderosa acción sobre la moral de las personas; las conduce al bien, las consuela en sus aflicciones, les da fuerza y valor en las pruebas de la vida y las desvía del pensamiento del suicidio.

3.º El Espiritismo rectifica todas las ideas falsas que se habían hecho del futuro del alma, sobre el Cielo, el Infierno, las penas y las recompensas; destruye radicalmente, por la irresistible lógica de los hechos, los dogmas de las penas eternas y de los demonios; en suma, nos revela la vida futura y nos la muestra racional y conforme a la justicia de Dios. Es algo más que tiene mucho valor.

4.º Hace conocer lo que sucede en el momento de la muerte; ese fenómeno, hasta entonces insondable, ya no tiene misterios; las mínimas particularidades de esa transición tan temida son conocidas hoy en día; ahora bien, como todo el mundo muere, ese conocimiento le interesa a todo el mundo.

5.º Por la ley de la pluralidad de las existencias, el Espiritismo abre un nuevo campo a la filosofía; la persona sabe de donde viene, adonde va, su finalidad en la Tierra. Explica la causa de todas las miserias humanas, de todas las desigualdades sociales; presenta las propias leyes de la naturaleza como base de los principios de solidaridad universal, de fraternidad, de igualdad y de libertad, que solamente estaban asentados en la teoría. En fin, esclarece las cuestiones más arduas de la metafísica, de la psicología y de la moral.

6.º Por la teoría de los fluidos periespirituales, el Espiritismo hace conocer el mecanismo de las sensaciones y de las percepciones del alma; explica los fenómenos de la doble vista, de la visión a distancia, del sonambulismo, del éxtasis, de los sueños, de las visiones, de las apariciones, etc.; abre un nuevo campo a la fisiología y a la patología.

7.º Al probar las relaciones que existen entre el mundo corporal y el mundo espiritual, el Espiritismo muestra, en este último, una de las fuerzas activas de la naturaleza, una potencia inteligente, y da la razón de una multitud de efectos atribuidos a causas sobrenaturales y que han alimentado la mayoría de las ideas supersticiosas.

8.º Al revelar el hecho de las obsesiones, el Espiritismo hace conocer la causa, desconocida hasta aquí, de numerosas afecciones sobre las cuales la ciencia estaba equivocada en detrimento de los enfermos, y que el Espiritismo da los medios de curarlas.

9.º Al hacernos conocer las verdaderas condiciones de la oración y su modo de acción; al revelarnos la influencia recíproca de los Espíritus encarnados y desencarnados, el Espiritismo nos enseña el poder de las personas sobre los Espíritus imperfectos para moralizarlos y rescatarlos de los sufrimientos inherentes a su inferioridad.

10.º Al hacer conocer la magnetización espiritual, que no se conocía, el Espiritismo abre al Magnetismo una nueva vía y le proporciona un nuevo y poderoso elemento de curación.

El mérito de una invención no está en el descubrimiento de un principio, casi siempre conocido anteriormente, sino en la aplicación de ese principio.

La reencarnación no es una idea nueva, indiscutiblemente, no más que el periespíritu, descrito por San Pablo bajo el nombre de cuerpo espiritual, ni siquiera la comunicación con los Espíritus.

El Espiritismo, que no se vanagloria de haber descubierto la naturaleza, investiga con cuidado todos los indicios que puede encontrar de la anterioridad de sus ideas y, cuando los encuentra, se apresura a proclamarlos, como prueba en apoyo de lo que expone.

Por lo tanto, aquellos que alegan esa anterioridad para despreciar lo que el Espiritismo ha hecho van en contra de su objetivo y actúan inhábilmente, pues eso podría hacer suponer una segunda intención.

El descubrimiento de la reencarnación y del periespíritu no pertenece, pues, al Espiritismo, es algo reconocido; pero, hasta el Espiritismo, ¿qué provecho la ciencia, la moral, la religión habían sacado de esos dos principios, ignorados por las masas y que permanecían en estado de letras muertas?

No solamente los ha evidenciado, los ha probado y los ha hecho reconocer como leyes de la naturaleza, sino también los ha desarrollado y hecho fructificar; ya ha hecho producir innumerables y fecundos resultados, sin los cuales se estaría por comprender todavía una infinidad de cosas; cada día, esos resultados nos hacen comprender otras cosas nuevas y se está lejos de haber agotado esa mina.

Ya que esos dos principios eran conocidos, ¿por qué han permanecido tanto tiempo improductivos? ¿Por qué, durante tantos siglos, todas las filosofías han enfrentado tantos problemas insolubles? Es que eran diamantes en bruto que se necesitaban pulir: es lo que ha hecho el Espiritismo.

Ha abierto una nueva vía a la filosofía o, mejor dicho, ha creado una nueva filosofía, que gana su lugar, cada día, en el mundo.

¿Están, pues, allí los resultados tan nulos al punto de que se tenga que apresurarse para avanzar hacia descubrimientos más verdaderos y más sólidos?

En resumen, un cierto número de verdades fundamentales, esbozadas por algunos cerebros de élite y que permanecían para la mayoría en un estado por así decirlo latente, una vez que han sido estudiadas, elaboradas y probadas, de estériles que eran, se han vuelto una mina fecunda de la cual ha salido una multitud de principios secundarios y aplicaciones, y esas verdades han abierto un vasto campo a la explotación, nuevos horizontes a las ciencias, a la filosofía, a la moral, a la religión y a la economía social.

Tales son, hasta el presente, las principales conquistas debidas al Espiritismo y no hemos hecho sino indicar los puntos culminantes.

Suponiendo que esas conquistas debieran limitarse a eso, ya se podría uno darse por satisfecho y decir que una ciencia nueva que da tales resultados en menos de diez años no está maculada de nulidad, pues toca a todas las cuestiones vitales de la humanidad y proporciona a los conocimientos humanos un contingente que no es de desdeñarse.

Hasta el momento en el que esos únicos puntos hayan recibido todas las aplicaciones de las cuales son susceptibles y las personas hayan sacado provecho de ellas, pasará todavía mucho tiempo y a los espíritas que deseen ponerlos en práctica para sí mismos y para el bien de todos no les faltará ocupación.

Esos puntos son muchos focos desde donde se irradian innumerables verdades secundarias que se trata de desarrollar y de aplicar, lo que se hace cada día; pues cada día se revelan hechos que levantan una esquina del velo.

El Espiritismo ha dado sucesivamente y, en algunos años, todas las bases fundamentales del nuevo edificio; les corresponde a sus adeptos ahora poner en práctica ese material, antes de solicitar otro nuevo; Dios sabrá bien proveerles cuando hayan terminado su tarea.

Los espíritas, se dice, sólo saben el alfabeto del Espiritismo; que sea así; aprendamos, pues, primero a silabear ese alfabeto, lo que no es asunto de un día, pues, incluso reducido a esas únicas proporciones, transcurrirá un buen tiempo antes de que se hayan agotado todas las combinaciones y cosechado todos los frutos.

¿Ya no quedan hechos para explicar? ¿Además, los espíritas no tienen que enseñar ese alfabeto a aquellos que no lo saben?

¿Han lanzado la semilla por todos los lugares donde habrían podido hacerlo? ¿Ya no quedan incrédulos que convertir, obsesos que curar, consuelos que dar, lágrimas que secar? ¿Hay fundamento al decir que no se tiene nada más que hacer cuando no se ha acabado el trabajo, cuando quedan aún tantas llagas por cerrar?

Allí están nobles ocupaciones que hacen valer mucho la vana satisfacción de saber un poco más y un poco antes que los otros.

Sepamos, pues, deletrear nuestro alfabeto antes de querer leer fácilmente en el gran libro de la naturaleza; Dios sabrá bien abrírnoslo según avancemos, pero no depende de ningún mortal forzar Su voluntad anticipando el tiempo de cada cosa.

Si el árbol de la ciencia es demasiado alto para que lo podamos alcanzar, aguardemos a que, para volar hacia él, nuestras alas estén crecidas y sólidamente fijas, por miedo a tener la suerte de Ícaro.

Por Allan Kardec

Texto extraído de Revista Espírita – Periódico de Estudios Psicológicos, agosto de 1865

Escrito por Allan Kardec

Allan Kardec

Allan Kardec. (1804-1869) es el seudónimo utilizado por el pedagogo y escritor Hippolyte Léon Denizard Rivail, considerado el codificador de la doctrina llamada Espiritismo. Nota de ZonaEspirita.com : En este perfil se publican contenidos escritos por él. Las partes subrayadas y resaltadas han sido editadas por la web.

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