ÍCARO REDIMIDO: (10) “La bendición de recomenzar”

Gilson Teixeira Freire ha escrito / psicografiado:

“No te admires de haberte dicho yo: necesario os es nacer de nuevo.”Jesús (Juan 3:7)

           Nuestro servicio asistencial se intensificó con el recogimiento de Alberto en el vaso físico y pasamos a visitarlo frecuentemente, procurando sostenerle y esforzándonos, como podíamos, para auxiliar a la desventurada amiga que lo recibía. A través del Departamento de Embrioterapia, se estableció un canal de comunicación permanente entre nuestro plano y la casa de Catherine, facilitándonos el tránsito casi diario.

           En los primeros días nuestro trabajo se centró en la limpieza del aparato reproductor de nuestra hermana, preparándola de la mejor manera posible, para la buena marcha del proceso gestacional al que en breve se sometería. Era lastimoso observarle la precaria situación orgánica, debido a la práctica abusiva del sexo mundano. Energías groseras le inundaban los delicados órganos genésicos, inundándolos de emanaciones pestilentes. Necesitamos varios días de paciente trabajo en la barredura de los perniciosos efluvios, concreciones semi-carnales tan densas que podíamos casi tocarlas. Identificábamos, en cada capa de limpieza, variados bacilos patógenos, imantados de modo amenazador a sus tejidos, esperando la mejor ocasión para eclosionar bajo la forma de diversas enfermedades venéreas descritas por la medicina terrena.

           – Los estudiosos del mundo creen que son estos los agentes de las enfermedades infecciosas –consideraba,- sin embargo justo es observar que la presencia de ellos se debe a la atracción de naturaleza vibratoria que está en perfecta resonancia con las energías deterioradas, generadas y absorbidas por nuestra hermana, de las cuales se alimentan. En verdad, no sólo ahí, sino en cualquier departamento de la economía orgánica, todo proceso infeccioso guarda raíces en la esfera espiritual del hombre.

           En medio de vibriones, bacilos y virus diversos, notábamos que había un gran predominio de las espiroquetas sifilíticas.

           – Están perfectamente ambientados en su mundo energético –mostraba a Adelaide, impresionada.- En cualquier momento nuestra hermana irrumpirá en un cuadro de Mal de Lúes(1) de grave consideración. Vemos como la Providencia Divina actuó en su favor, debido a su consentimiento en el auxilio a Alberto.

Quien ayuda es ayudado, así es la Ley. Naturalmente que aquí se alojan en recurrencia del ambiente vibracional que los atrae. No podemos dejar de comprender que todo contagio sólo se establece mediante convite al agente infeccioso, coadyuvante de la enfermedad, Adelaide. Tratemos de evacuar la carga vibratoria que los mantiene, como nos sea posible, disminuyéndoles el potencial patógeno.

           Sin embargo, no podíamos apartar simplemente esas emanaciones deletéreas de la intimidad orgánica de nuestra amiga, al estar a ella imantadas por lazos de naturaleza periespiritual, que solamente podrían ser definitivamente rotos mediante la mudanza de su patrón vibratorio. Sólo nos era posible descolocarlas de los tejidos más internos, dirigiéndolas para el canal vaginal donde se acumulaban en gran cantidad.

           – Las células de la mucosa de la vagina, infatigables trabajadoras, iniciarán la producción de una abundante secreción, cargando estas impurezas energéticas para el exterior –decía a Adelaide, aún apabullada.- Nuestra hermana padecerá las molestias del incontenible derrame, perturbándole el bien estar por muchos días. Será, no obstante, un importante recurso defensivo para la sustentación de su equilibrio. La medicina terrenal no se dio cuenta todavía de esto y trata de inhibir, con insistencia, esas inoportunas leucorreas(2) , dificultando muchas veces el trabajo de drenaje de los miasmas infecciosos.

           De hecho, Catherine, al poco se sometía al tratamiento de duchas vaginales, debido al fenómeno que preveíamos. Un día los médicos comprenderán que tales enfermedades desempeñan tareas en el organismo, dejándolas de ver como meras e injustificables casualidades del mundo celular que deben ser detenidas a toda costa.

           Según recomendación médica, ante la providencial enfermedad, la amiga detuvo sus actividades sexuales, propiciándonos un oportuno período de trabajos asistenciales. Alberto se adaptaba cada día más en su organismo mientras su periespíritu se reducía a dimensiones unicelulares. Adelaide, admirándose del hecho, consideró:

           – Vemos que Alberto se retrae cada día que pasa. ¿No era eso lo que queríamos a toda costa evitar?

           – No te asustes, amiga mía, el proceso de miniaturización tan sólo prosiguió su ritmo y está finalmente llegando a su fin. Aquí él encontró su ambiente natural y en breve el útero desempeñará su función, actuando como un reflector para las energías psicosomáticas condensadas al máximo, haciéndolas estallar en nueva y vertiginosa reconstitución orgánica.

Observa atentamente la nueva forma de su periespíritu. Se asemeja a un embudo, una verdadera formación vortical, cuyo vértice termina en la dimensión unicelular. Éste punto tocará el óvulo fecundado, rodeándole y aspirándolo cual poderoso fuelle, estimulándole la sorprendente construcción orgánica, cuyo febril crecimiento supera el ritmo de todas las formas vivas existentes.

Estamos ante el mismo proceso que condensa el futuro árbol en una semilla para después, encontrando esta el ambiente adecuado a su desarrollo en el seno de la tierra, estallar en un irrefrenable crecimiento. El medio uterino, es para el espíritu, como el suelo fecundo que recibe y nutre la semilla con los recursos necesarios a su restitución. E ahí la maravilla del renacimiento, que funciona bajo el imperio de las fuerzas de condensación y expansión del periespíritu. La contracción máxima como la observamos, era ya esperada porque Alberto se encontró con el medio adecuado para eso, y la ejecutó convenientemente.

Si, en cambio, no hubiese él sido alojado en el seno uterino, ahí sí, el proceso le sería drástico, pues terminaría, como ya vimos, en la ovoidización. La expansión será provocada en el instante en que Alberto identifique la presencia del sustrato masculino, necesario a su desarrollo. Entretanto, es conveniente que este momento sea un poco atrasado, a fin de preparar de la mejor forma posible el ambiente orgánico de Catherine.

           Pronto notamos que el aura de Alberto lanzaba lazos fluídicos en dirección a uno de los ovarios de Catherine, abrazándolo ansiosamente.

           – Aunque haya participado por incontables veces de momentos como este, no me canso de extasiarme ante la maravilla del proceso reproductivo –comentaba, admirado, con Adelaide.- Alberto cuida, instintivamente, de madurar el óvulo más adecuado a sus necesidades neoformativas. Sin saberlo, traemos en la memoria espiritual minuciosos conocimientos de genética y podemos seleccionar, de modo automático, la carga hereditaria que más nos conviene al renacimiento. Aprendemos esto a lo largo de las interminables reencarnaciones de las que ya participamos.

           – En el caso de que Catherine decida valerse de métodos anticonceptivos, ¿cómo socorreremos a nuestro amigo, con su envoltorio periespiritual completamente contraído e inadecuado para sostenerse en el mundo espiritual? –interrogó, preocupada, Adelaide.

           – Las fuerzas implicadas en el proceso reproductivo, colocadas en funcionamiento de forma instintiva e inconsciente por el reencarnante, son mucho más poderosas de lo que podemos imaginar. Funcionan de forma victoriosa desde hace inconmensurables milenios y son capaces de hazañas inimaginables, superando muchos obstáculos que se les anteponen. Pueden adelantar la maduración del óvulo e interferir en el ritmo hormonal femenino.

Son capaces además de motivar los deseos humanos, haciéndolos meros juguetes de las energías sexuales, conducidas según sus ocultas intenciones. Si pudiésemos ver el reino invisible de las ondas donde se operan estas maravillas, quedaríamos admirados al conocer sus dilatados tentáculos, dirigidos con precisión por el espíritu y su voluntad.

En honor de la verdad, no obstante, tenemos que admitir que existen intrincados procesos, movidos por fuertes reacciones maternas o paternas, que imposibilitan completamente el proceso rencarnatorio, exigiendo esforzadas interferencias del mundo espiritual para ser superados. Y forzoso es admitir la existencia de esterilizaciones definitivas que no pueden ser superadas por la voluntad del espíritu, por poderosa que sea.

           – ¿Y no podría su futuro padre dificultarle el ingreso en la vida, negándose a recibirlo? –continuó indagando la querida estudiante.

           – Sin duda su padre será Abelardo, el joven militar que se fascinó con los dones físicos de nuestra francesa. Aunque no tenga ninguna intención de tener con ella un hijo, él no impone obstáculos a la aproximación, pues no identifica en su memoria espiritual los lazos que seguramente los unen en la trama del destino.

Aunque se presente con una actuación aparentemente neutra, su primera y espontánea intención será negar el hijo inesperado, con todo, su reacción no tiene fuerza suficiente para interferir en el proceso y por eso su participación nos parece ser meramente biológica, llevada a efecto por las circunstancias a que se expone. Ciertamente que la ley de causa y efecto nos mueve en la vida siempre rumbo al bien y a las oportunidades de renovación de los errores del pretérito, por eso le será, sin duda, una óptima ocasión para el ejercicio y el aprendizaje del amor, indispensable a la propia felicidad.

           Abelardo continuaba manteniendo intensos encuentros amorosos con su preferida, nutriéndole verdadera pasión. Catherine, a pesar de serle un poco más vieja y no estar, en verdad, aficionada a aquél amor fogoso e incomún, se dejaba llevar por los ruegos del joven apasionado, atendiéndole la exigencia de fidelidad.

Por lo menos por algún tiempo, pensaba, pues admitía la aventura como breve y pasajera. Y jugaba con los sentimientos del muchacho, proporcionando al corazón, roído por grandes decepciones del pasado, rehacerse en las fantasías de Eros, fingiendo ser aún una joven adolescente, estrenándose en el amor.

Además, sentía más equilibrada la pesada angustia que siempre le oprimía el pecho y la abandonaba sin explicación, y comenzaba a nutrir cierta aversión a los contactos sexuales movidos por meros intereses pecuniarios.

           Las entidades obsesoras que compartían con ella las aventuras sexuales permanecían en su ambiente psíquico, aunque medio disgustadas con las modificaciones que notaban en el campo mental de la compañera. Sin darse cuenta de lo que le pasaba, imputaban el cambio a la presencia del joven que halagaba los sentimientos femeninos.

Ajenas a nuestra actuación y a la presencia de Alberto, se resentían de los placeres de la promiscuidad en que se complacían, notándola comedida ante el comercio del sexo. A menudo las observábamos maquinando planes para apartar al mozo intrépido que les robaba la atención de la socia de placeres, obstaculizándoles el manejo de los intereses menos dignos.

           – Si nuestra amiga se dejase orientar por algún sentimiento religioso, cualquiera que fuese, que le frenase un poco los desarreglos morales, podía precaverse contra tal asedio de las Sombras –consideraba a Adelaide.- Necesitamos esforzarnos por mantener los propósitos que viene alimentando, a fin de proporcionarle una mejor salud física en el embarazo y un mínimo de paz para nuestro desventurado Alberto. El entrechocar de las energías sexuales viciosas de la promiscuidad puede perturbarle aún más la delicada situación periespiritual.

           El bien estar que Catherine pasó a disfrutar con la mejora de sus angustias, nos ayudaba a mantenerle los pensamientos en un nivel un poco más elevado. Durante el sueño físico, le sugeríamos los recuerdos de la niñez, cuando sus padres la llevaban para el catecismo, buscando traerle a la memoria física los valores religiosos cultivados en el pasado. Y le suscitábamos frecuentemente la oración, conscientes de su vivencia como monja en remota encarnación.

No obstante, no conseguimos inducirla al hábito de la oración, aunque la hubiésemos sorprendido, cierto día, leyendo la Biblia. Asistíamos su mente alimentando intereses hace mucho cultivados como un fuerte e inexplicable deseo de ir a misa. En tanto, la hipocresía de la sociedad de entonces, no permitía la presencia de meretrices en sus templos, por sentir que manchaban sus sagrados ambientes, aunque el Señor les haya dejado el ejemplo vivo de Magdalena.

No convenía, así pensaba Catherine, exponerse a este contratiempo, pues conocía la historia de muchas compañeras que habían sido duramente rechazadas de las iglesias y severamente reprendidas por el ultraje a Dios.

           Saneando un poco el hálito psíquico de nuestra amiga, promovimos cierta paz en su libertino ambiente, aunque, alrededor, la chusma de indecentes, encarnados y desencarnados, siguiese sus condenables rutinas de fechorías.

           No pasó mucho tiempo para que, al fin, nos deparásemos con un panorama diferente. Al efectuar nuestra acostumbrada visita a Catherine, en una noche, notamos que Alberto se agitaba febrilmente en su nicho uterino, motivado por la presencia de los elementos masculinos en el día de fertilidad de su futura madre.

Extendía delicados lazos fluídicos en dirección al óvulo maduro, ya desprendido del ovario, conduciéndolo apresuradamente por el tubo uterino, con el fin de atraerlo para el encuentro con los espermatozoides.

           – Llegamos a tiempo de presenciar el momento milagroso, Adelaide. Nuestra amiga, conocedora de su período fértil, fue atraída por la poderosa acción de las fuerzas periespirituales de Alberto que, abrazando uno de sus ovarios, maduró anticipadamente el óvulo que necesitaba, alterándole el habitual ciclo hormonal.

El fantástico instante de la fecundación no tardará, pues las contracciones uterinas están fuertemente activadas, elevando el semen hasta su objetivo. Nota como esto acelera la ascensión del líquido seminal. Sin la contribución de esos espasmos uterinos, el viaje de los espermatozoides demandaría un tiempo mucho mayor de lo que les permiten sus reducidos ciclos vitales.

           – Adamastor, se me ocurre la idea de que tenemos una conspiración  con Alberto, obligando a Catherine a quedar embarazada –consideró Adelaide, algo molesta y ensimismada.- ¿No estaremos participando de un engaño? ¿Será que realmente ella aceptó quedar en cinta o fue coaccionada por la presencia de la imagen del padre?

           – Mi buena amiga, Catherine aceptó recibir a Alberto encantada por el indecible ambiente de luces espirituales, vislumbrando alegrías nunca antes sentidas y tocada por la memoria del genitor, es bien cierto. Eso, entretanto, no invalida su libre disposición de servir a la vida. Todavía no sabemos como reaccionará en la conciencia de la carne, que no guarda reminiscencias tan nítidas de las resoluciones deliberadas en el plano del espíritu, pero los méritos de su consentimiento ya fueron computados por la Ley de Dios.

Si ella no hubiese aceptado recibir a Alberto de buena voluntad, estaríamos luchando con enormes dificultades para mantenerle la presencia en el nido uterino que lo rechazaría, y nuestras posibilidades de éxito serían muy reducidas. Aunque de forma inconsciente, ella sabe lo que le está pasando en este momento. Conociendo su personalidad y la vida que ha llevado, podemos tener una idea bien aproximada de cómo se irá a comportar cuando realmente se vea embarazada, pero no conviene generar expectativas que la podrían influir en el campo sutil de las sugestiones mentales.

Los dirigentes superiores de la vida ciertamente ya sellaron su pronóstico, pero en cuanto a nosotros, guardemos nuestros sentimientos a este respecto. Y no olvidemos que todo este proceso, aunque te parezca un engaño, está contribuyendo para reformarle el patético destino, antes que su alma se precipite en la caída, en los abismos de la aflicción, de donde sólo podrá salir con dolores muchísimo mayores.

No olvidemos que nuestros protagonistas crearon, a través de sus conductas las condiciones favorables al desencadenamiento de la situación que están viviendo. La vida no se construye tan sólo de placeres, sabemos eso y, tarde o temprano, nos cobra la cosecha de las acciones livianamente sembradas.

           Adelaide se dejó convencer de la realidad, persuadida de que el espíritu necesita de vicisitudes y sufrimientos, a veces saludables, como único lenguaje que la Ley dispone para que la evolución se haga victoriosa en el campo de las realizaciones más nobles del espíritu. Apartando de su delicada alma los sentimientos que la molestaban, volvimos nuestra atención para los maravillosos fenómenos en juego durante el precioso instante. Y, en breve, podíamos presenciar el óvulo envuelto por una agitada nube de espermatozoides.

           – Nota, Adelaide, que no es el primero que llega que tiene el derecho de fecundar el óvulo –observaba.- La unión de los gametos se establece mediante lazos vibratorios,  no comprendidos aún por la ciencia terrena. Mira como el aura de Alberto, en este momento, se dilata y rodea al óvulo con un halo energético, atrayendo con fuerza al espermatozoide más coincidente con sus necesidades.

El proceso se opera de forma completamente automática en base a los ensayos reencarnatorios multimilenarios del ser. Por eso no siempre es el gameto más hábil y perfecto, el escogido, sino aquél que se sintoniza con las exigencias provacionales del reencarnante, pudiendo ser un portador de graves deformidades genéticas. Aprendemos con esto, que, en verdad, heredamos siempre de nosotros mismos, y la hereditariedad del cuerpo es dominada completamente por la hereditariedad del espíritu.

           Catherine, parcialmente desligada del cuerpo por el sueño físico, permanecía a nuestro lado, ya habituada a nuestra presencia, aunque sin darse cuenta del campo divino en que se convirtiera su campo genésico en aquél momento.

Su mente, obnubilada, no detenía la suficiente claridad para enterarse del hecho, aunque inconscientemente se sentía poseída por una incontenible alegría, oriunda de la más deificante satisfacción del espíritu: la de ser partícipe del sagrado acto de crear. Pálida luz se encendió en su centro genésico, hace mucho obscurecido, denotando la presencia divina en medio de sus vilipendiadas energías sexuales.

           Era casi de mañana cuando dejamos su casa. Embebidos por el milagro de la fecundación, olvidamos hasta el surumbático ambiente de nuestras actividades y loamos a Dios y a Su amor, en medio de mesalinas imprudentes, adormecidas en los brazos de deshonestos complacidos, sujetos a sus viscerales placeres, urdidos en la más vulgar de las pasiones humanas.

           Elevándonos sobre la arboleda próxima, divisamos un sorprendente paisaje terreno. El sol despuntaba nivelado a la línea del horizonte, inflamando el mar de colores deslumbrantes y encendiendo fuego en las nubes incautas, mal repuestas del reposo nocturno.

El chillido de las gaviotas distantes y la caricia de la brisa matinal enmarcaban el artístico paisaje, conmoviéndonos delante de tanta exuberancia. Nos parecía que la naturaleza, deseosa de recompensarnos por los servicios, nos brindaba con admirable regalo.

Un sentimiento melancólico nos asaltaba el espíritu en aquél momento, pensando en la frivolidad del hombre encarnado, que se deja sumergir en la vileza de los engaños mundanos, todavía infantilizado ante las dádivas de la creación, incapaz de reconocerse heredero de la divinidad y partícipe del egregio milagro de la vida. Sólo la oración podía expresar las emociones que nos brotaban en profusión y, con las almas inclinadas ante el Altísimo, oramos, pidiendo luces para los inconsecuentes que ciertamente aún somos y para los hermanos que, no obstante, todavía insisten en caminar a nuestra retaguardia.

           Retornamos finalmente a nuestra colonia completamente aliviados por el buen éxito de la tarea. Satisfechos, corrimos hasta Fausto, dándole en primera mano la noticia de que Alberto se fijara definitivamente en el organismo materno. Al fin, podíamos descansar un poco, en la paz del deber cumplido.

FIN DEL CONTENIDO MEDIÚMNICO


(1) Sífilis, enfermedad venérea transmitida sexualmente.

(2) Derrame vaginal de naturaleza variada.


Publicado en el libro Ícaro Redimido: La vida de Santos Dumont en el Plano Espiritual“ (Obra mediúmnica) de Gilson Teixeira Freire y el Espíritu Adamastor.

Traductor “Khalil” usuario registrado en ZonaEspirita.com

¡Muy Importante leer este Anexo!
Información preliminar sobre el tema “Obsesión”

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Escrito por Khalil

Khalil

Traductor del libro “Ícaro Redimido”

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