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EL SUICIDIO. La visión espírita revisitada

Hace tiempo que quería escribir algo sobre el suicidio y aprovecho este mes, en el que hay una campaña nacional de prevención del suicidio, para exponerle al público algunas de las reflexiones que he realizado en torno a este tema de gran relevancia.

De acuerdo al excelente documento preparado por la Asociación Brasileña de Psiquiatría, con el título Suicidio, informando para prevenir http://www.flip3d.com.br/web/pub/cfm/index9/?numero=14

¡son más de 10,000 personas las que se matan anualmente en Brasil y casi un millón en el mundo!

¡Tenemos, por lo tanto, que hablar sobre esto y hacer algo al respecto! La escena más fuerte de una película que me encanta –Lutero– es cuando él toma en los brazos el cuerpo de un niño que se suicida y él mismo cava la tumba para enterrarlo.

Ese acto significó un gesto de empatía y compasión para con la criatura y para con su familia; además de ser una forma de resistencia a la inapelable condenación que la Iglesia siempre lanzó sobre los suicidas, al nunca permitírseles ser enterrados en el “campo santo”.

De hecho, el suicidio es fuertemente condenado por las religiones en general.

El Espiritismo, rompiendo en el Siglo XIX con la creencia de la condenación eterna y del infierno como un lugar de expiaciones, suavizó ese juicio inapelable, aunque no tanto.

Las reverberaciones atávicas de la Iglesia todavía resuenan en el movimiento espírita, como veremos.

Comencemos estudiando a Kardec.

En pleno Siglo XIX, cuando la iglesia católica todavía pregonaba un infierno material, Kardec proclamó que el cielo y el infierno son estados de conciencia y no estados fuera del alma humana.

Hoy en día, el Catecismo oficial de la Iglesia lo comprende así también.

Para mostrar los estados de conciencia de los Espíritus en las más variadas categorías Kardec realizó, como se lee en su libro El Cielo y el Infierno, minuciosas entrevistas a través de diferentes médiums, procurando escudriñar lo que sentían, lo que veían, cómo estaban…

Las entrevistas son sobrias. Los suicidas se mostraban en sufrimiento, sí, y afirmaban que el suicidio era una infracción a las leyes divinas.

Aparece, según el lenguaje de la época, aunque hoy nos parezca incómoda, así como en otras obras de Kardec, la palabra castigo.

Aunque, claramente comprendida como la consecuencia natural de los actos realizados.

Entre los motivos del suicidio de los entrevistados se nombraba la soledad, el abandono, el alcoholismo aliado a la mendicidad, la pérdida de seres queridos, las pérdidas económicas, el amor no correspondido y el hastío existencial… esos motivos todavía están presentes entre las causas del suicido en la actualidad.

Las condiciones de conciencia presentadas por los entrevistados eran de decepción, angustia, oscuridad y algunos se veían todavía junto al cuerpo – aunque no como vía de regla.

El suicidio es un tema recurrente en la mayoría de los 12 volúmenes de la Revista Espírita, demostrando que Kardec tenía una gran preocupación con el asunto.

En julio de 1862 escribió un artículo tituladoEstadística de los Suicidios, haciendo un análisis sobre el aumento de los suicidios en Francia y procurando señalar las causas, lamentando que no existían investigaciones al respecto.

Hoy hay investigaciones por todo el mundo.

Entre las que Kardec reconoce en su tiempo están las dolencias mentales, los problemas sociales y, sobre todo, el avance del materialismo y la falta de perspectiva existencial.

El artículo continúa muy actualizado y revela cómo Kardec procuraba abordar las cuestiones, abundando en todos sus aspectos y procurando soluciones educativas y preventivas.

Para él, la mayor prevención posible contra el suicidio sería el conocimiento seguro y pormenorizado de la vida después de la muerte, que el Espiritismo nos ofrece.

Demostrada la inmortalidad, de manera clara y racional, el suicidio pierde su razón de ser.

En Brasil, como sabemos – e incluso es hoy día objeto de tesis académicas realizados por investigadores no-espíritas, aunque era la opinión de un Herculano Pires, por ejemplo – el Espiritismo se desarrolló en un caldo cultural eminentemente católico y por esto acentuó aquello que no leíamos con agrado en Kardec – con palabras como castigo, por ejemplo, lo que puede inducir a una idea antropomórfica de Dios – pero dejaron a un lado aquella racionalidad sobria y crítica de aquel espíritu de observación científica, que le da su originalidad y hacen que el Maestro conserve su actualidad.

En el caso del suicidio, tenemos el clásico de nuestra querida médium Yvonne Pereira ‘Memorias de un Suicida’, el cual estoy actualmente releyendo, años después de mis primeras lecturas. El tono del libro, en algunos aspectos, me parece un tanto excesivo hoy día.

Tiene cosas interesantes, como la Universidad que frecuentan los personajes. Pero los suicidas son todo el tiempo señalados como criminales, réprobos, condenados… y causa pavor aquella descripción del valle de las tinieblas profundas, hacia donde fueran arrastrados y aprisionados – como si fuese un tipo de campo de concentración para los suicidas.

Yo misma, en mis 40 años practicando la mediumnidad, he conversado con innumerable cantidad de suicidas que no estaban en valle alguno.

Un caso de suicidio está relatado en el libro ‘Misioneros de la Luz’ de Chico Xavier, el cual no describe al espíritu en valle alguno y mucho menos veremos dicho valle entre los entrevistados por Kardec.

Otras narrativas, de otros médiums brasileños, siguen los mismos rumbos que el libro de Yvonne.

Todo es muy pesado, determinista, condenatorio.

No se ven las consideraciones del pensamiento Kardeciano,

  • que a toda hora advierte que cada caso es distinto,
  • que existen atenuantes,
  • que hay causas psíquicas, sociales y filosóficas de los suicidios
  • y que lo que necesitamos es prevenirlos.

¿Significa esto que dichos “valles” no existen?

¿Que son ilusiones de los médiums?

Sí, existen aglomeraciones en el Plano Espiritual (aunque Kardec no abundó en el asunto hay innumerables relatos al respecto y hasta yo misma he visitado algunas). Pero no son lugares a los que necesariamente las personas irán.

Son espíritus reunidos en una misma afinidad de pensamientos, que proyectan el ambiente consciente o inconscientemente y conviven en la misma onda vibratoria y podrán salir de ahí a partir del momento en que cambien su vector vibratorio.

Hay muchos espíritas que piensan que, al desencarnar, pasarán un período por el “Umbral”, como los católicos que pensaban que pasarían obligatoriamente por el purgatorio.

Esto es materializar y generalizar en exceso las circunstancias espirituales de cada conciencia.

Kardec fue más bien sutil. La posición de Kardec en relación al suicidio, más analítica, más preocupada con las causas y con la prevención que con aterrorizar a los vivos con los horrores del valle de los suicidas, es mucho más cercana a la perspectiva contemporánea.

Hoy se sabe que la depresión (y otras condiciones mentales) es la causa de muchos suicidios – ahora, la depresión es una dolencia psíquica que requiere cuidados, amparo, terapias y a veces (creo que con menos frecuencia de lo que se dan) medicamentos. De hecho, los fármacos deberían entrar justamente, a mi modo de ver, específicamente cuando la persona corre el riesgo de suicidarse.

El propio Kardec avisaba, en el Siglo XIX cuando la Psiquiatría estaba apenas naciendo, que si el individuo estuviese enfermo mentalmente, esto lo colocaría en una posición de exención o por lo menos de gran atenuación por su responsabilidad ante el suicidio.

Hoy se sabe que el suicidio casi nunca es realizado por personas que están psíquicamente equilibradas. Esto ya descriminaliza a gran parte de los suicidas, según los criterios de Kardec.

Hoy estudiamos los factores de riesgo del suicidio y más allá de las condiciones mentales, están los abusos sufridos en la infancia, la falta de sentido existencial, los tipos de personalidad impulsiva y otros.

En todos los casos, identificados los riesgos, dándole seguimiento continuo a la persona que los presente, con atención, cuidados psicológicos y médicos, el suicidio se puede evitar.

Entonces, algo así que puede ser prevenido no es simplemente un problema individual, sino una cuestión social, colectiva.

Todos somos responsables.

Recuerdo un fantástico libro, escrito por Pestalozzi, al cambiar del siglo XVIII al XIX. Se titula Legislación e Infanticidio y es considerado el primer libro de sociología, escrito antes del advenimiento de esa ciencia.

En dicha obra, Pestalozzi examina una gran problemática criminal que estaba ocurriendo en la Suiza de su tiempo.

Había mujeres que estaban siendo condenadas a prisión por asesinar a sus hijos recién nacidos.

Cualquier persona de la época y aún hoy día diría: mujeres monstruosas, criminales, se merecen todos los castigos.

Pues Pestalozzi no se conformó con esa respuesta simplista, ya que el matar a su propio retoño no es algo tan natural (así como el suicidio, que contraría el instinto de supervivencia, tampoco es natural).

Se dirigió hacia los juicios de esas mujeres, para conocer sus historias y pudo constatar que la sociedad era la responsable, sobre todo los hombres.

Todas ellas eran mujeres que venían del campo para la ciudad y al llegar eran seducidas por hombres (¡Si, eso también se daba hace 200 años!) quienes después las abandonaban. Embarazadas y solteras, ellas se veían sin opciones.

Al contrario de las sociedades católicas, que aunque fuese daban algún medio para remediar el “pecado”, ya fuese con la prostitución, con las Casas de Misericordia, o los Conventos, en el universo protestante, calvinista, no tenía válvulas de escape. Las mujeres o se mataban o mataban a sus hijos.

Nadie se casaría con una madre soltera; las mujeres no podían tener profesión e independencia y, en el caso de la vieja Suiza calvinista, no podían ser ni prostitutas ni monjas…

Pestalozzi entonces responsabilizó a la moral rígida, intransigente y a los hombres que las abusaban y huían a la responsabilidad…

Este es un ejemplo para demostrar que aquello que consideramos crímenes monstruosos siempre deben ser analizados dentro de sus contextos, con miradas abarcadoras y preferiblemente siguiendo aquella recomendación de Jesús: “no juzgues para que no seáis juzgado” y “quien esté libre de falta, que arroje la primera piedra”.

Nuestra visión contemporánea de comprender el suicidio como una cuestión de salud pública es mucho más cristiana que la de los arrebatos condenatorios, implacables e inapelables.

El suicida es un espíritu en sufrimiento, sí. Pero él ya estaba en sufrimiento en la Tierra. No fue lo suficientemente visible para ser socorrido, amparado.

Cuando él practica ese acto, se está hiriendo a sí mismo.

Ahora, ¿qué especie de Padre sería Dios si castigara ese acto, cuando nosotros, padres terrenales, imperfectos, al ver a una criatura caerse y herirse, ya sea por descuido, testarudez o inexperiencia, corremos a socorrerle trayendo el remedio, enjugando las lágrimas y cercándolo de consuelos?

¿No señalaríamos y denunciaríamos a un padre o una madre que castigase físicamente a esa criatura herida, o que lo dejara llorar sin consuelo o que se sintiese personalmente ofendido por la pequeña caída?

¡Ahora, hay gente que indica que el suicido es una ofensa a Dios! ¿Y Dios puede ser ofendido?

El suicidio es el acto de un espíritu inmaduro, inconsciente, desesperado y hasta temeroso de herirse a sí mismo.

Él tendrá que curar la herida auto infligida. Porque la misericordia de Dios es infinita.

En dicho caso, me gusta la idea que se presenta en el libro Memorias de un Suicida, en el que se cuenta que María de Nazaret es un Espíritu que dirige a un grupo que socorre a los suicidas.

Debido a que es así: el suicida es una criatura herida, que necesita de un cuidado maternal.

Es parte de nuestra evolución psíquica, social, espiritual, el dejar al lado esas visiones tan trágicas de culpa y castigo; debemos movilizarnos hacia una visión de que todo el universo es educativo.

Hay sufrimiento, pero es transitorio.

Cábenos trabajar para minimizarlo y extinguirlo, como propone Buda.

Para eso, necesitamos perdonarnos siempre a nosotros mismos, perdonar al otro y saber que Dios no necesita perdonarnos, porque sabe que estamos aprendiendo.

En una de las más impresionantes manifestaciones, que he tenido, de un espíritu suicida, observé que él estaba en un lugar muy bonito, amparado por almas amigas, pero sufría intensamente: no conseguía perdonarse por haber hecho lo que hizo, haberse herido a sí mismo y a su familia.

Entonces, así podemos leer un relato como el de Camilo Castelo Blanco en el libro de Yvonne: él mismo se clasificaba como un criminal, réprobo, etc. Así es que actúa la conciencia acostumbrada a tratarse a sí mismo y a los demás, de forma dura e implacable.

Precisamos superar eso y caminar hacia la misericordia, al perdón y sobre todo al amor, que cubre la multitud de faltas, como decía Jesús.

¿Y qué podemos hacer concretamente para prevenir los suicidios a nuestro alrededor?

No puedo dejar de mencionar la educación, como la prevención más eficaz en relación al suicidio.

¿Pero cuál educación?

Ciertamente no es la que se da en las escuelas, que ni siquiera está siendo bien hecha.

Pero sí una educación que procure rodear al individuo de afectos sólidos y fuertes, de modo que nunca se sienta solo y desamparado.

Una educación que trabaje con sentido existencial, resiliencia ante el dolor, con un proyecto de vida…

Sobre todo, una educación que cuide desde la cuna nuestra espiritualidad y que abra una perspectiva de eternidad y trascendencia.

Por Dora Incontri. La autora es periodista, educadora y escritora. Sus áreas de especialización son Educación, Filosofía, Espiritualidad, Artes y Espiritismo. Tiene una maestría, doctorado y post doctorado en Filosofía de la Educación por la Universidad de Sao Paolo, Brasil. Es coordinadora general de la Asociación Brasileña de Pedagogía Espírita. Tiene sobre 40 libros publicados entre los temas de Educación, Filosofía, Espiritualidad, Libros Didácticos y Libros Psicografiados.

Traducido libremente del portugués por José E. Arroyo y obtenido de http://doraincontri.com/

Traducción al español publicada originalmente en la revista A la Luz del Espiritismo. Publicación Oficial de la Escuela Espírita Allan Kardec. Puerto Rico. Año 2. Nº6. Enero 2016 https://www.educacionespirita.com/

Escrito por Dora Incontri

Dora Incontri

Dora Incontri es educadora, periodista, poetisa y escritora brasileña; autora de más de 40 obras publicadas, entre ellas libros didácticos de filosofía. Doctora y post-doctora en Historia y Filosofía de la Educación por la Universidad de São Paulo. También es coordinadora de la Asociación Brasileña de Pedagogía Espírita.
Estudiosa del educador Johann Heinrich Pestalozzi en Brasil y también una notoria estudiosa de su discípulo Allan Kardec, fundador del Espiritismo.

Dora Incontri es educadora, periodista, poetisa y escritora brasileña; autora de más de 40 obras publicadas, entre ellas libros didácticos de filosofía. Doctora y post-doctora en Historia y Filosofía de la Educación por la Universidad de São Paulo. También es coordinadora de la Asociación Brasileña de Pedagogía Espírita. Estudiosa del educador Johann Heinrich Pestalozzi en Brasil y también una notoria estudiosa de su discípulo Allan Kardec, fundador del Espiritismo.

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EL SUICIDIO. La visión espírita revisitada

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