¿Se debe publicar todo lo que dicen los Espíritus?

Esta pregunta nos es dirigida por una de las personas con quienes mantenemos correspondencia. La contestaremos por medio de la siguiente pregunta: ¿sería bueno publicar todo lo que dicen y piensan las personas?

Quienquiera que posea una noción del Espiritismo, por poco profunda que sea, sabe que el mundo invisible está compuesto de todos aquellos que dejaron, en la Tierra, su envoltorio visible.

Pero, al despojarse del hombre carnal, no todos, por eso, se han revestido de la túnica de los ángeles.

Hay, pues, todos los grados de saber y de ignorancia, de moralidad y de inmoralidad; he aquí lo que no se debe perder de vista.

No nos olvidemos de que, entre los Espíritus, hay, como en la Tierra, seres frívolos, aturdidos y burlones; pseudosabios, vanidosos y orgullosos de un saber incompleto; hipócritas, malos y, lo que nos parecería inexplicable si no conociéramos, de alguna manera, la fisiología de ese mundo, hay seres sensuales, viles, indecentes, que se arrastran en el fango.

Al lado de eso, tenéis, siempre como en la Tierra, a seres buenos, humanos, benevolentes, esclarecidos, sublimes de virtudes.

Sin embargo, como nuestro mundo no está ni en el primer rango ni en el último, aunque está más próximo al último que al primero, resulta que el mundo de los Espíritus encierra a seres más avanzados intelectual y moralmente que nuestras personas más esclarecidas y otros que todavía están por debajo de las personas más inferiores.

Al tener esos seres un medio patente de comunicarse con las personas, de expresar sus pensamientos por señales inteligibles, sus comunicaciones deben ser el reflejo de sus sentimientos, de sus cualidades o de sus vicios.

Esas comunicaciones serán frívolas, vulgares, groseras, obscenas incluso, o sabias, sensatas, sublimes, según el carácter y la elevación de los Espíritus que se comunican.

Esos seres se revelan por su lenguaje; de donde se deduce la necesidad de no aceptar ciegamente todo lo que viene del mundo oculto y de someterlo a un control severo.

Con las comunicaciones de ciertos Espíritus, se podría, como con los discursos de ciertas personas, realizar una selección muy poco edificante.

Tenemos, ante nuestra vista, una pequeña obra inglesa, publicada en América, que es la prueba de eso, y cuya lectura, se puede decir, una madre no recomendaría a su hija; es por eso que no la recomendamos a nuestros lectores.

Hay personas que piensan que eso es gracioso, divertido; que se deleiten en la intimidad, que sea así, pero que guarden eso para sí mismas.

Lo que concebimos aún menos es que alguien se vanaglorie de obtener él mismo comunicaciones inconvenientes; es siempre un indicio de afinidades de las que no hay motivo para sentir vanidad, sobre todo cuando esas comunicaciones son espontáneas y persistentes, como sucede con ciertas personas.

Sin duda, eso nada prejuzga sobre la moralidad actual de esas personas, pues conocemos a algunas que son afligidas por ese tipo de obsesión, al que su carácter no puede prestarse de ninguna manera.

Sin embargo, ese efecto debe tener una causa, como todos los efectos.

Si no se la encuentra en la existencia presente, se la debe buscar en una situación anterior; si no está en nosotros, está fuera de nosotros, pero estamos con esa causa siempre por algo, aunque sea por debilidad de carácter.

Una vez conocida la causa, depende de nosotros hacerla cesar.

Al lado de esas comunicaciones indiscutiblemente malas y que chocan todo oído un poco delicado, hay aquellas que son simplemente triviales o ridículas.

¿Hay inconveniente en publicarlas?

Si son ofrecidas por lo que valen, hay un mal relativo.

Si son ofrecidas como estudio del género, con las advertencias, los comentarios y las atenuantes necesarias, pueden ser incluso instructivas, porque hacen conocer el mundo espírita bajo todos sus aspectos.

Con prudencia y miramientos, se puede decir todo; pero lo malo está en ofrecer, como serias, cosas que chocan al buen sentido, a la razón o a las reglas de urbanidad; el peligro, en ese caso, es más grande de lo que se piensa.

En primer lugar, esas publicaciones tienen como inconveniente inducir a error a las personas que no tienen condiciones de profundizar y de discernir lo verdadero de lo falso, sobre todo en una cuestión tan nueva como el Espiritismo.

En segundo lugar, son armas ofrecidas a los adversarios, que no dejan de sacar, de eso, argumentos contrarios a la alta moralidad de la enseñanza Espírita, pues, una vez más, lo malo está en ofrecer, como serias, cosas notoriamente absurdas.

Algunos pueden incluso ver una profanación en el papel ridículo que se presta a ciertos personajes justamente venerados y a los que se hace sostener un lenguaje indigno de ellos.

Aquellos que han estudiado a fondo la Ciencia Espírita saben a qué atenerse bajo ese aspecto.

Saben que los Espíritus burlones no se abstienen de adornarse de nombres respetables.

Pero saben también que esos Espíritus sólo engañan a aquellos que se dejan engañar y que no saben, o no desean, desbaratar sus estratagemas por los medios de control que conocemos.

El público, que no sabe eso, sólo ve una cosa: un absurdo ofrecido gravemente a la admiración, y se dice: «Si todos los espíritas son así, no han robado el epíteto con el que se los gratifica».

Ese juicio es precipitado, sin ninguna duda; los acusáis con razón de ligereza y les decís: «Estudiad la cosa, sólo veis un lado de la moneda»; pero hay tantas personas que juzgan a priori, y sin darse el trabajo de virar la página, sobre todo cuando no hay buena voluntad, que se debe evitar lo que les puede dar demasiada cabida; porque si se junta la mala voluntad con la malevolencia, lo que es muy común, a esas personas les encantará encontrar algo que atacar.

Más tarde, cuando el Espiritismo sea difundido, más conocido y comprendido por las masas, esas publicaciones no tendrán más influencia de la que tendría, hoy en día, un libro que contiene herejías científicas.

Hasta allá, se debería tener demasiada circunspección, pues hay publicaciones que pueden perjudicar esencialmente la causa que desean defender, mucho más incluso que los ataques groseros y las injurias de ciertos adversarios: algunas de esas publicaciones no habrían tenido más éxito en perjudicar el Espiritismo si hubieran sido hechas con ese objetivo.

El error de ciertos autores es el de escribir sobre un asunto antes de haberlo profundizado suficientemente y, con esto, dar lugar a una crítica fundada.

Se quejan del juicio temerario de sus antagonistas; no tienen cuidado y muestran frecuentemente, ellos mismos, el punto débil.

Además, a pesar de todas las precauciones, sería pretensioso creerse a cubierto de toda crítica: en primer lugar, porque es imposible contentar a todo el mundo; en segundo lugar, porque hay personas que se ríen de todo, incluso de las cosas más serias, algunas por su situación, otras por su carácter.

Se ríen mucho de la religión; no es sorprendente que se rían de los Espíritus, que no conocen.

Si, por lo menos, sus bromas fueran ingeniosas, habría compensación; desafortunadamente, ellas no brillan, en general, ni por la fineza, ni por el buen gusto, ni por la urbanidad y mucho menos por la lógica.

Hagamos, pues, mejor; al poner de nuestro lado la razón y las reglas de urbanidad, pondremos también a los burlones.

Esas consideraciones serán fácilmente comprendidas por todo el mundo; pero hay una no menos esencial que está relacionada con la propia naturaleza de las comunicaciones Espíritas y que no debemos omitir: los Espíritus van adonde encuentran afinidad y adonde saben que serán escuchados.

Las comunicaciones groseras e inconvenientes, o simplemente falsas, absurdas y ridículas, sólo pueden emanar de Espíritus inferiores: el simple buen sentido lo indica.

Esos Espíritus hacen lo que hacen las personas que se ven escuchadas con complacencia: se apegan a aquellos que admiran sus tonterías y frecuentemente se adueñan de ellos y los dominan al punto de fascinarlos y subyugarlos.

La importancia que se concede a sus comunicaciones, por la publicidad, los atrae, los estimula y los incentiva.

El único, el verdadero medio de alejarlos es demostrarles que no se será engañado, al rechazar de manera severa, como apócrifo y sospechoso, todo lo que no es racional, todo lo que desmiente la superioridad que se atribuye al Espíritu que se manifiesta y el nombre con el que se disfraza: entonces, cuando él ve que pierde su tiempo, se retira.

Creemos haber contestado suficientemente a la pregunta de la persona con quien mantenemos correspondencia sobre la conveniencia y la oportunidad de ciertas publicaciones Espíritas.

Publicar sin examen, o sin atenuante, todo lo que viene de esa fuente sería dar prueba, según nosotros, de poco discernimiento.

Tal es, por lo menos, nuestra opinión personal, que dejamos a la apreciación de aquellos que, al estar desinteresados en la cuestión, pueden juzgar con imparcialidad, dejando de lado toda consideración individual.

Como todo el mundo, tenemos el derecho de decir nuestra manera de pensar sobre la Ciencia que es el objeto de nuestros estudios y de tratarla a nuestra manera, sin pretender imponer nuestras ideas a quien sea, ni darlas como leyes.

Aquellos que comparten nuestra manera de ver es porque creen, como nosotros, estar en lo verdadero; el porvenir mostrará quién está equivocado y quién tiene razón.

Por Allan Kardec

Extraído de Revista Espírita – Periódico de Estudios Psicológicos, noviembre de 1859

Escrito por Allan Kardec

Allan Kardec

Allan Kardec. (1804-1869) es el seudónimo utilizado por el pedagogo y escritor Hippolyte Léon Denizard Rivail, considerado el codificador de la doctrina llamada Espiritismo. Nota de ZonaEspirita.com : En este perfil se publican contenidos escritos por él. Las partes subrayadas y resaltadas han sido editadas por la web.

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