En torno a la Angustia

Dicen que ser feliz es una actitud que podemos controlar; una decisión que podemos proclamar.

La felicidad está en venta. Vemos cómo se promueve cual si fuera un producto más.

Se nos urge a adquirirla como si fuera esta vida la única oportunidad de alcanzarla, con garantía para una felicidad eterna.

Se busca la felicidad como el fin, no como la consecuencia.

Es decir, se busca estar feliz, por el placer de la emoción y no por el efecto que causa hacer algo de bien, edificante, en servicio a los demás.

Estar feliz es la meta y cualquier cosa que provoque tal sensación, será efectiva.

Y si su vida es miserable, debe identificar qué puede hacer para olvidar la tristeza, ya sea su entrega a la religión o cualquier grupo que le estimule las endorfinas, o el uso de sustancias que le alteren su estado emocional.

Se consigue a cualquier precio, aunque sea sin entender las causas.

En el sector religioso, la búsqueda de la felicidad se asegura con la entrega de sus pensamientos y actos a la visión dogmática que predomine.

Para muchos de estos grupos, el vivir angustiado es sinónimo de que el individuo está apartado de Dios, y le provocan sentir culpa, como motivante para entregarse.

Estar feliz es estar en gracia y si no lo está, le muestran el único camino: el de ellos.

Pero, ¿quién no se ha sentido angustiado alguna vez?

“¡Yo no soy feliz! ¡La felicidad no se ha hecho para mí! exclama generalmente el hombre en todas las posiciones sociales. Esto, hijos míos, prueba mejor que todos los razonamientos posibles, la verdad de esta máxima del Eclesiastés: ‘La felicidad no es de este mundo’”.

Así consuela el desencarnado Arzobispo de París, Francisco Nicolás Madelaine Morlot, en mensaje que recoge El Evangelio según el Espiritismo, a meses de su muerte.

La angustia parece acompañar cada momento del humano en este planeta.

Por eso la creciente oferta de felicidad enlatada. Libros de autoayuda, talleres, grupos de apoyo, religiones, fórmulas simplonas, drogas… sin duda, un mercado lucrativo.

Pero siendo la angustia algo tan común, es bastante difícil de tipificar.

Se define en el diccionario de la Real Academia Española como aflicción, congoja, ansiedad, temor opresivo sin causa, aprieto, situación apurada, sofoco, sensación de opresión en el pecho o el abdomen, dolor o sufrimiento, y hasta ganas de vomitar.

Pero como vemos, la definición se enfoca en los síntomas, tanto físicos como psicológicos, pero poco nos dice de su origen y consecuencias.

¿Será como dice la Biblia en Eclesiastés 1:18: ‘Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor.’?

De eso se han encargado filósofos, religiosos, médicos, legalistas, psicólogos y, por supuesto, los espiritistas.

En la Antigüedad, la denominaban melancolía y se atribuía a uno de los cuatro humores; modelo teórico temprano que combinaba los fluidos del cuerpo humano y las emociones.

El propio Allan Kardec, codificador del Espiritismo, usa dicho término al recoger en su Evangelio según el Espiritismo la constante preocupación del hombre por su estado de infelicidad.

Los clásicos decían que los que padecían de angustia sentían “un silbido” en su oreja izquierda. ¿Estaría relacionado con mensajes del mundo espiritual que susurraban al oído de médiums?

Para la Edad Media, llamada también el Oscurantismo por la visión dogmática dominada férreamente por la jerarquía católica, se asociaba la angustia con hombres religiosos perezosos, que pasaban el día en contemplación, y los representaban con su cabeza apoyada en el brazo izquierdo, tal vez por la influencia de las imágenes de la Antigüedad.

Entonces se consideraba esta actitud un pecado, pues se decía que le llevaba a la “muerte del alma”.

No fue hasta que Santo Tomás de Aquino, que creía que la fe católica era compatible con las enseñanzas del clásico Aristóteles, planteara una forma distinta de evaluar dicho comportamiento.

El religioso explicó que dicho retraimiento era una manifestación de la insatisfacción de llegar a Dios por las vías tradicionales que el dogma y estructuras religiosas imponían.

Podemos afirmar que, según el dolor físico es el síntoma que nos alerta de que algo necesita atención en nuestro cuerpo biológico, la angustia es el principal síntoma que nos alerta que existe algún desajuste en nuestro espíritu.

La angustia es el dolor del alma.

A continuación, comparto algunas reflexiones sobre la angustia, sus definiciones y enfoques filosóficos, sus clasificaciones, posibles causas y efectos, su relación con los contextos sociales, concluyendo con algunas recomendaciones de cómo manejar dicha emoción a la luz de las enseñanzas del Espiritismo.

A través de la Historia, el humano ha estado afectado por fuerzas físicas, sociales, emocionales y espirituales que, en su interacción, permiten el aprendizaje continuo que facilita la evolución del espíritu encarnado.

Cada visita de regreso al planeta, nos permite acumular conocimientos y sentimientos, además de fortalecer nuestra voluntad mediante el ejercicio del libre albedrío.

O sea, encarnamos para, en nuestra relación con otros y con el ambiente, experimentar lo necesario para crecer como espíritu.

Pero en ese proceso, aunque siempre es guiado por el mundo invisible, no cuenta con un manual único y particular que defina los objetivos a seguir, cosa que debemos ir aprendiendo en el camino.

La incertidumbre, fundamentada en la ignorancia, es una de las causas de la ansiedad que experimenta el individuo.

Pero la clave para comprender esta reacción humana está en el reconocimiento de que tenemos pluralidad de vidas, cosa que no todas las brillantes mentes que la han querido definir, reconocen.

El filósofo cristiano danés Søren Kierkegaard, en su intento por definirla, atina en explicar la relación entre la angustia y el conocimiento, mas sus fundamentos religiosos limitan su comprensión trascendental.

No obstante, lega un importante modelo filosófico que describe a la inocencia como un estado de ignorancia a superar, afirmando que la toma de conciencia y el asumir responsabilidad es el fundamento de la angustia.

Explica que la angustia surge ante la incertidumbre, pero a su vez, ocurre al darse cuenta de que, como hombre, tiene posibilidades, potencial de poder hacer, de llegar a ser libre.

Kierkegaard ve que el hombre no puede huir de la angustia aunque esta sea un sentimiento del cual desea huir, o sea, lo ve como algo inevitable en la experiencia humana.

Por su parte, el teólogo y filósofo alemán Martin Heidegger, autor de ¿Qué es metafísica? propuso un modelo de la angustia provocada por la capacidad del hombre de reconocer y cuestionar su existencia, más allá de las circunstancias que lo rodean.

Éste reconoce el aporte de la metodología científica pero la considera insuficiente para comprender la dimensión del pensamiento humano.

Continúa los trabajos sobre el concepto de “la nada” y la angustia que dicho concepto puede provocar en el individuo, en cuanto a lo que le da sentido a lo que hace.

Explica la existencia como una constante búsqueda de algo que no conocemos y plantea que la angustia es el estado anímico ideal para ese proceso, y este estado emocional puede surgir en cualquier momento.

Ya en el siglo veinte, el filósofo francés Jean Paul Sartre, máximo exponente del Existencialismo, propone que la angustia no ocurre por ningún motivo concreto, ni de ningún objeto externo.

La define como el miedo de uno mismo, de nuestras decisiones, de las consecuencias de nuestras acciones.

Siguiendo trabajos anteriores, relaciona directamente la angustia con el conocimiento y plantea que todo lo que hacemos tiene una dimensión social, por lo cual dicho sentimiento está atado al nivel de responsabilidad del ser humano.

Según Sartre, la angustia acompaña siempre al hombre pero la mayoría de las veces no nos percatamos porque no nos hacemos responsables de nuestras acciones.

La sentimos, pero no somos capaces de definir su causa.

Mientras los filósofos trataban de explicar las emociones, surge de la ciencia quien será fundamental en la historia del comportamiento humano.

Un médico austriaco revolucionará con el psicoanálisis el estudio de lo que eventualmente se llamará psicología, el estudio de la psiquis, que aunque para los clásicos era el alma, para los científicos como Sigmund Freud sería el pensamiento y las emociones.

Freud, que apenas tenía 13 años cuando Kardec desencarnó, no reconocía que los humanos pudieran tener rastros de algún tipo de vidas anteriores.

Estaba influenciado por un paradigma positivista por lo que en sus inicios creía que la angustia siempre tenía origen en la realidad concreta.

Tuvo varias etapas de desarrollo de su modelo teórico sobre la angustia, y en ocasiones presentaba nuevos enfoques que contradecían los anteriores.

Ató su explicación a sus modelos psicoanalíticos donde plasmaba la libido, o energía sexual, como la génesis de los desajustes emocionales.

Reprimir impulsos, era causa de la angustia.

Freud clasificó los síntomas y causales de la angustia en tres categorías.

La angustia realista se fundamentaba en amenazas reales que la persona percibía.

La angustia neurótica se fundamentaba en aspectos emocionales, sin causa concreta identificable, mientras que la angustia social era definida como una condición que provocaba temores, en la cual la persona era incapaz de tomar control en sus relaciones, afectándole su interacción social.

Este modelo fue evolucionando en la psicología, que actualmente clasifica en tres tipos el comportamiento angustioso: existencial, neurótico y psicótico.

Estos van desde la sensación de angustia provocado por la creencia de que tiene un potencial mayor que el que está ejecutando, pasando por el sentirse incapaz de alcanzarlo, lo que lo deprime, hasta alcanzar tal nivel de depresión que pierde contacto con su realidad.

Pero ya desde la segunda mitad del siglo diecinueve, a la par con filósofos y científicos, Kardec incluía en su interrogatorio al mundo espiritual el tema de la angustia.

En la pregunta 471 del capítulo 9 de El Libro de los Espíritus, cuestiona: “Cuando experimentamos un sentimiento de angustia, de ansiedad indefinible, o de satisfacción interior sin causa conocida, ¿se debe esto únicamente a una disposición física?”

A lo que los espíritus responden “Casi siempre se trata de un efecto de comunicaciones que, sin saberlo, tenéis con los Espíritus, o que habéis mantenido con ellos durante el sueño”.

Será Kardec quien por primera vez trae a la discusión de forma concreta, dos temas fundamentales para comprender el estado de angustia, la pluralidad de encarnaciones y la comunicación con el mundo espiritual.

En sus obras principales, fundamentadas en extensos interrogatorios con espíritus, algunos identificados con nombres de gran reputación en la Humanidad, el Espiritismo reconoce el estado de angustia de los seres humanos como condición directamente relacionada a los sentimientos, conocimiento, decisiones y comportamientos del ser en sus múltiples existencias y a su capacidad de interacción con un mundo invisible para la mayoría.

Sin descartar las otras explicaciones propuestas por filósofos y científicos, el Espiritismo, que tiene de ambas disciplinas, enfoca la angustia a la experiencia evolutiva del espíritu, viviendo de forma consecutiva en un planeta inferior donde tendrá múltiples oportunidades de aprender e identificar las causas y efectos de sus circunstancias.

Por lo tanto, lo asocia con el concepto de angustia provocado por la incertidumbre existencial que provoca la ignorancia.

Nos dice en El Evangelio según el Espiritismo, Capítulo 5, bajo el título Bienaventurados los afligidos: “Las vicisitudes de la vida son de dos clases, o si se quiere, tienen dos orígenes muy diferentes que conviene distinguir: las unas tienen la causa en la vida presente, y las otras fuera de esta vida”.

Propone que la angustia está relacionada tanto con lo que venimos arrastrando y lo que podemos mejorar en la actual encarnación, pero reconoce que algunas vicisitudes están planificadas por el propio espíritu, cuando este alcanza un nivel evolutivo que le permite ejercer su voluntad para adelantar en su proceso, sometiéndose a obstáculos que aceleran su aprendizaje.

Documenta Kardec: “Los espíritus no pueden aspirar a la perfecta felicidad, sino cuando son puros; toda mancha les cierra la entrada de los mundos dichosos. … Los espíritus se despojan poco a poco de sus imperfecciones en sus diversas existencias corporales”.

Podemos ver cómo los modelos religiosos que se enfocan en el pecado, el castigo y la búsqueda de una salvación divina, crean angustia por cumplir con mandatos dogmáticos, en vez de reconocer el libre albedrío y el error como proceso de aprendizaje.

Estos se fundamentan en una visión de la vida única, que no permite al ser humano reconocer su angustia como un síntoma de crecimiento, de guía, a veces provocado por el susurro de la intuición, y por lo tanto, le dificulta salir de ese estado, al no reconocer la reencarnación ni la comunicación entre mundos.

Más aún, el hombre experimenta angustia ante la presión de que tiene solo esta vida para alcanzar la felicidad.

Por otra parte, los modelos materialistas, que no reconocen la trascendencia ni la reencarnación, provocan angustia en el ser por la falta de sentido en la vida, falta de propósito de lo que se hace, o el miedo de caer en la nada, de no trascender, de no tener una meta, más allá de esta vida, para aprender y crecer.

El proceso de encarnar somete al espíritu a interaccionar en unas circunstancias en las cuales se le permitirá ejercer su voluntad.

Su vida social en un ecosistema particular va creando diversos niveles de angustia según van ganando conciencia y conocimiento, mediante la experimentación.

No solo se trata de su experiencia existencial, de encontrar sentido a su vida, sino de la angustia que puede generar los afectos y niveles de conciencia y empatía que va desarrollando hacia los demás.

Siente angustia por su existencia, sus aspiraciones, pero igual por las expectativas de él hacia los otros y de los demás hacia él.

A mayor conocimiento, mayor responsabilidad, por sí, por su familia, por su sociedad, por su planeta.

La angustia puede surgir por varios factores básicos que, en la medida en que no podamos identificarlos temprana y adecuadamente, pueden degenerar en depresión.

El desconocimiento sobre los fundamentos que nos enseña el Espiritismo, aumenta la angustia en la medida en que no comprendemos el propósito evolutivo de la multiplicidad de existencias.

Cuando aprendemos que podemos convivir con recuerdos subconscientes de existencias pasadas o confiamos en la trascendencia a la muerte física, o reconocemos que existen influencias del mundo espiritual en cada momento de nuestra vida, se hace más comprensible la causa de los momentos angustiosos y el potencial que tenemos para superarlos.

Por eso, los espiritistas, tenemos la responsabilidad de observar y auxiliar en aquellos casos que desconocen la Verdad de la vida y guiarlos con compasión y misericordia hasta que estén listos para aceptar dicho conocimiento.

La educación espírita es una responsabilidad de todos.

Circunstancias en nuestra vida, como el miedo o el dolor ante la pérdida o la separación, ya sea de seres queridos o de cosas que apreciamos, que son significativas para nosotros, pueden provocar angustia en la medida en que no reconozcamos lo efímero de lo material y lo natural de la desencarnación.

Mientras más desarrollamos nuestros sentimientos y aprendemos a tener empatía con otros, inevitablemente sentiremos angustia por el dolor ajeno.

Debemos aprender a manejar ese sentimiento para que no nos paralice y por el contrario, se convierta en el motor que estimule un comportamiento pro activo, generoso y valeroso.

Debemos resistir el sentimiento de impotencia porque siempre se puede hacer algo.

Sentir desaliento ante el cambio es natural, cuando vivimos en un planeta inferior.

Sin embargo, debe ser identificado en sus orígenes para evitar que llegue a ser paralizante, y por el contrario, se convierta en motivante para actuar y lograr dichos cambios.

Hay que reconocer que la angustia puede ser provocada por el sentimiento y acción de espíritus obsesores, en cuyo caso, es importante diferenciar entre nuestra propia angustia y aquella proyectada en un proceso subyugante.

En estos casos, el pedir auxilio y participar de sesiones controladas y bien intencionadas en un centro espírita con un ambiente adecuado y un equipo mediúmnico educado, debe ser la acción a tomar.

Las personas con facultades mediúmnicas reprimidas, son propensas tanto a la angustia por la ignorancia, como por la intuición de que tienen un potencial que no están desarrollando en su capacidad.

Pero igualmente pueden estar recibiendo mensajes del mundo espiritual que están alterando, sin ser conscientes de ello, sus propios pensamientos y conducta.

No debemos descartar tampoco que puede haber trastornos psicológicos y/o fisiológicos que provoquen la angustia, en cuyo caso, no se trata solo de un asunto existencial, sino de uno clínico que debe ser atendido por profesionales del campo de la psicología, psiquiatría y medicina.

Kardec, quien había sido católico, escribió junto a los espíritus El Evangelio según el Espiritismo dirigido a educar a otros católicos a quienes le haría sentido releer las enseñanzas de Jesús codificadas en un nuevo contexto.

Es una estrategia que todavía los comunicadores utilizamos, la de adaptar el mensaje a la audiencia.

Por esa razón, muchas de las explicaciones sobre la siempre presente angustia entre los religiosos necesitaban una visión trascendental que les permitiera comprender las parábolas del Maestro Jesús.

Así, Kardec nos deleita con su documentación de mensajes de San Agustín como estos: “Cuando Cristo dijo: ‘Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados’, no entendía decirlo por los que sufren en general, porque todos los que están en la Tierra sufren, ya habiten el palacio, ya la cabaña; pero ¡ah! pocos sufren bien, pocos comprenden que sólo las pruebas que se sobrellevan bien son las que conducen al reino de Dios”.

“Vuestra Tierra, ¿es acaso un lugar de alegría o un paraíso de delicias? ¿No resuena aún en vuestros oídos la voz del profeta? ¿No exclamó diciendo, que habría lágrimas y crujimiento de dientes, para los que nacieran en este valle de dolores? …. ¡Felices los que sufren y los que lloran! que sus almas estén alegres, porque serán premiados por Dios”.

Los estados de angustia pueden resultar en beneficio o perjudicar, según la manera en que podamos manejarlos y cómo aprovechemos la señal, ya sea en nosotros mismos, u observando personas a las que damos auxilio.

La angustia puede

  • ser paralizante,
  • provocar sentimientos negativos,
  • somatizar,
  • desenfocar a la persona de sus objetivos evolutivos,
  • provocar sentimientos de impotencia e incapacidad,
  • convertirse en un comportamiento enfermizo y obsesivo, que puede trascender la desencarnación.

Pero igualmente, si la reconocemos como señal de oportunidad para aprender, la angustia

  • nos mueve a la acción,
  • reconociendo errores del pasado,
  • buscando empatía con otros que sufren,
  • reconociendo las posibilidades que tenemos de crecimiento.

Nos avisa que es momento de cambio, de reconocer que somos libres.

Pero también implica que debemos ser responsables, y reconocer que el conocimiento nos permitirá superarnos.

A mayor conocimiento y empatía con personas y otros seres vivientes de todo el planeta, más responsabilidad asumimos y mayor angustia sentimos.

Inevitablemente el conocimiento abre puertas a mayor comprensión, y en un planeta inferior como el nuestro, siempre hay de qué preocuparse y ocuparse.

Mientras más experiencia de vida, más oportunidad de conocer y comprender la razón de nuestras angustias.

Debe ser meta de cada cual, que al momento de desencarnar, hayamos aprendido y reparado lo más que estuvo a nuestro alcance.

Eso nos permitirá tener mayor conciencia, voluntad y madurez para planificar futuras encarnaciones.

La angustia provocada por la ignorancia ante la muerte, no debe ser una que afecte a ningún conocedor del Espiritismo.

En conclusión, el estado de angustia es inevitable en los seres encarnados en este planeta, mas debemos reconocer que es manejable en la medida en que podamos comprender que se trata de una señal que nos guíe hacia lo que podríamos aprender.

Debemos tener la precaución de saber identificarla antes de alcanzar estados depresivos que puedan tener efectos en la salud mental y física.

Hay que reconocer sobre la melancolía en El Evangelio según el Espiritismo: “Pensad que tenéis que cumplir durante vuestra prueba en la Tierra una misión que no sabéis, ya consagrados a vuestra familia, ya llenando diversos deberes que Dios os ha confiado”.

Por Vivien E. Mattei Colón. La autora es comunicadora, Publicista, Conferenciante, Columnista y Coordinadora del Departamento de Comunicaciones y Profesora en la Universidad Interamericana de Puerto Rico en Ponce. Esta conferencia fue presentada en la pasada 4ta Reunión Fraternal Espiritista. (Puerto Rico)

Publicado en la revista A la Luz del Espiritismo. Publicación Oficial de la Escuela Espírita Allan Kardec. Puerto Rico. Año 2. Nº7. Julio 2016 https://www.educacionespirita.com/

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