Rivalidad entre las sociedades

Los grupos que se ocupan exclusivamente de las manifestaciones inteligentes, así como los que se entregan al estudio de las manifestaciones físicas, tienen cada uno su misión.

Ni unos ni otros respetarían el verdadero carácter del espiritismo si no se miraran con buenos ojos, y aquel que arrojase piedras al otro pondría en evidencia, por ese simple hecho, la mala influencia que lo domina.

Todos deben concurrir, aunque por vías diferentes, al objetivo común, que es la investigación y la propagación de la verdad.

Las rivalidades internas, que son un efecto del orgullo exacerbado, proporcionan armas a los detractores y no hacen más que perjudicar a la causa, que tanto unos como otros pretenden defender.

Estas últimas reflexiones se aplican también a todos los grupos que podrían discrepar de algunos puntos de la doctrina.

Conforme hemos dicho en el capítulo sobre las “Contradicciones” , esas divergencias casi siempre se basan en cuestiones secundarias e incluso, muchas veces, en simples palabras.

Por consiguiente, sería pueril que el grupo se dividiera porque no todos sus miembros piensan exactamente del mismo modo.

Peor aún sería que los diversos grupos o sociedades de la misma ciudad se tuvieran envidia.

Se comprende la envidia entre personas que compiten entre sí, y que pueden causarse perjuicios materiales.

En cambio, cuando no hay especulación, la envidia no es más que una mezquina rivalidad alimentada por el amor propio.

Como, en definitiva, no existe una sociedad que pueda reunir en su seno a todos los adeptos, las que se encuentran animadas del sincero deseo de propagar la verdad, y cuyo objetivo es exclusivamente moral, deben ver con agrado la multiplicación de los grupos.

Además, en caso de que haya alguna competencia entre ellas, será sólo la de saber cuál es capaz de hacer la mayor suma de bien.

Las que pretendan ser dueñas exclusivas de la verdad tendrán que probarlo adoptando esta divisa: amor y caridad, que es la del verdadero espírita.

¿Pretenden vanagloriarse de la superioridad de los Espíritus que las asisten?

Que lo demuestren con la superioridad de las enseñanzas que reciben, aplicándolas a sí mismas.

Este es un criterio infalible para reconocer a las sociedades que están en el mejor camino.

Algunos Espíritus, más presuntuosos que lógicos, intentan en ocasiones imponer sistemas extraños e impracticables, al amparo de nombres venerables con los cuales se adornan.

El buen sentido pronto hace justicia a tales utopías, aunque en el ínterin esos Espíritus pueden sembrar la duda y la incertidumbre entre los adeptos.

De ahí deriva, con frecuencia, una causa de desavenencias pasajeras.

Al margen de los medios que hemos señalado para evaluar esos sistemas, hay otro criterio que da la medida exacta de su valor: la cantidad de partidarios que hayan reunido.

La razón dice que el sistema que conquista mayor receptividad en las masas debe estar más próximo de la verdad que el que recibe el rechazo de la mayoría y ve que sus adeptos disminuyen.

Así pues, tened por cierto que cuando los Espíritus se niegan a discutir sus propias enseñanzas es porque reconocen que estas tienen puntos débiles.

Si el espiritismo, conforme ha sido anunciado, debe promover la transformación de la humanidad, es evidente que sólo podrá hacerlo mediante el mejoramiento de las masas; y eso se logrará en forma gradual, poco a poco, como consecuencia del perfeccionamiento de los individuos.

¿Qué importancia tendrá que se crea en la existencia de los Espíritus, si esa creencia no contribuye a que el hombre sea mejor, más benévolo y más indulgente para con sus semejantes, más humilde y más paciente en la adversidad?

¿De qué sirve al avaro ser espírita, si sigue siendo avaro; al orgulloso, si continúa creído de sí mismo; al envidioso, si permanece dominado por la envidia?

De ese modo, aunque todos los hombres creyeran en las manifestaciones de los Espíritus, la humanidad quedaría estacionaria. Pero no son esos los designios de Dios.

Todas las sociedades espíritas serias deben tender a cumplir con su objetivo providencial, agrupando alrededor suyo a los hombres que estén animados de los mismos sentimientos.

Entonces, entre ellas habrá unión, simpatía y fraternidad, en lugar de un vano y pueril antagonismo nacido del amor propio, fundado más en las palabras que en los hechos.

Entonces serán fuertes y poderosas, porque se apoyarán en una base inquebrantable: el bien de todos.

Entonces serán respetadas e impondrán silencio a las burlas tontas, porque hablarán en nombre de la moral evangélica, que todos respetan.

Ese es el camino en el que nos hemos esforzado por hacer que ingrese el espiritismo.

La bandera que enarbolamos bien alto es la del espiritismo cristiano y humanitario, en torno al cual ya tenemos la satisfacción de ver reunidos a tantos hombres en todos los puntos del globo, pues comprenden que él es su ancla de salvación, la salvaguardia del orden público, la señal de una nueva era para la humanidad.

Invitamos a todas las sociedades espíritas a que cooperen en esta obra grandiosa, y que de un extremo al otro del mundo se tiendan fraternalmente las manos y aprisionen al mal en redes inextricables.

Por Allan Kardec

Extraído de El Libro de los Médiums

Escrito por Allan Kardec

Allan Kardec

Allan Kardec. (1804-1869) es el seudónimo utilizado por el pedagogo y escritor Hippolyte Léon Denizard Rivail, considerado el codificador de la doctrina llamada Espiritismo. Nota de ZonaEspirita.com : En este perfil se publican contenidos escritos por él. Las partes subrayadas y resaltadas han sido editadas por la web.

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