Reflexiones ante el cadáver de un amigo

¿Dónde estás? ¡Oh mi buen amigo! ¿Dónde estás que no te veo? Porque tú no permaneces ya en ese cuerpo que yace ante mí yerto y rígido; no, tú no estás ya ahí, tú estás quizá a mi alrededor, contemplándome, asombrado de mi indiferencia para contigo, en tanto que mis pobres ojos físicos faltos de videncia espiritual no pueden verte.

Mil pensamientos acuden a mí ante la que fue tu envoltura carnal. ¡Ah, si en estos instantes mi presencia junto a tu cadáver evocara en ti el recuerdo de las frecuentes pláticas que sobre el Más Allá sosteníamos y en las que tú solías asentir a mis explicaciones! ¡Cuánto bien te causaría ahora ese recuerdo! Y si no lo rememoras, ¿qué pensarás al verte a ti mismo, considerándote en plena vida, y ver también, al mismo tiempo en el lecho mortuorio a tu propio cuerpo frío y hierático? ¿Cómo te explicarás esa misteriosa dualidad?

Sin embargo, no te acongojes, ten presentes mis explicaciones; ese cuerpo hasta ahora tuyo y que creías constituía tu mismo «yo», no era en realidad más que el instrumento que durante algún tiempo has utilizado para actuar en la vida terrena, y que una vez descompuesto o inservible has abandonado para volver a tu prístina individualidad fluídica e imperecedera.

Tranquilízate, pues, ya ves que la muerte no existe y que por lo tanto el hecho de separarte del cuerpo no debe causarte horror ni espanto alguno. Observa, estudia lo que a tu alrededor pase y te darás prontamente cuenta de que la vida continúa para ti quizá más dichosa, más fácil que cuando podías disponer de tu cuerpo material.

Dentro de poco tiempo, cuando te hayas acostumbrado a esta nueva modalidad de tu existencia, todo te parecerá lógico, natural y sobre todo justo.

Sobre el pecho de tu cadáver brilla un crucifijo de cobre que una mano piadosa ¡piadosa e ignorante! ha colocado allí como signo de tu religiosidad. ¡Qué paradoja! i Tú, que aprovechabas cuantas ocasiones se te presentaban para zaherir y ridiculizar las religiones conocidas! ¡Tú, que tanto blasonabas de independencia de pensamiento, de no estar supeditado a dogma alguno, de liberal, de escéptico!

Dicen que antes de exhalar el último suspiro, «has recibido los Santos Sacramentos» y que lo has hecho «con toda unción»… Es posible ; más, como es muy cierto que la convicción religiosa no penetra en el ánimo sino lenta y trabajosamente, no puedo admitir que tú, el blasfemo constante, el impío impenitente y el escéptico irreductible, hayas renunciado durante el curso de una enfermedad al ideario que más consistencia tenía en tu idiosincrasia, al que siempre te atuviste y al que, por asaz arraigado, no podías renunciar. Claro está que una dolencia pertinaz y dolorosa, que acaba con las fuerzas físicas y morales, puede hacer de un hombre fuerte y entero, un ser débil de carácter, abúlico y expuesto a todas las sugestiones. Y este es, en verdad, tu caso, que yo disculpo…

Pero, eso pasó y no debe dejar rastro alguno en ti. Ahora al nacer a una nueva vida, debes ante todo reconocerte, observando las nuevas condiciones de tu existencia, los nuevos elementos y circunstancias de tu presente naturaleza, y, en fin, todo cuanto te rodee hasta adquirir la costumbre de vivir en el medio ambiente en que ahora permaneces.

Y procura olvidar la tierra; déjanos aquí con nuestras pequeneces, con nuestras pesadumbres, en el yunque, en el lagrimadero, esperando a nuestra vez el momento de nuestra desintegración de la carne, de nuestra liberación.

¡Oh, tú, alma hermana! Ante ti se ha abierto el libro de la Vida; si aciertas a leer en él, tu evolución hacia el progreso se verificará de un modo constante y seguro.

Escrito por C. Vilar de la Tejera

Reflexión publicada en la revista La Luz del Porvenir de enero de 1925

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