Reflexión: La muerte, esa misteriosa

“La muerte es bella, es nuestra amiga; sin embargo no la reconocemos, porque se nos presenta enmascarada y su máscara  nos asusta”.Chateubriand

¿Quién es la muerte? Ella que ha sido estigmatizada con una larga túnica negra, con una capucha que esconde su esqueleto y una amenazadora guadaña en la mano.

 ¿Quién es ella, la muerte, a la que muchas personas temen y no se  atreven a cuestionar? Vamos a hablar de ella para comprenderla mejor, vamos a evocarla para comprenderla mejor.

Esta desconocida siempre produce temor, pero cuando uno la examina mejor comprueba que nos ha permitido levantar ese velo de misterio que la hacía tan aterradora, pues es bien sabido que lo que nos asusta es lo que no se comprende.

La muerte según los filósofos

Los ritos alrededor de la muerte comenzaron cuando los hombres de la prehistoria se preguntaron qué debían hacer con el cuerpo.

Es sorprendente comprobar que el hombre de Neandertal enterraba a sus muertos con los objetos que le habían pertenecido, así como con alimento.

¿Pensaban que sus muertos podían volver a la vida? Es cierto que su primera relación con la muerte ha sido el temor; debían estar horrorizados ante el cuerpo inmóvil, sin vida del ser querido.

El primer gesto ha debido ser el de sacudir el cuerpo, aferrarse a él, un instinto primario frente a lo que no se comprende y no se acepta.

En el transcurso de las civilizaciones, los hombres han hecho de la muerte una cuestión filosófica; se han formado diferentes corrientes, los espiritualistas y los materialistas.

Es evidente que los discípulos de Sócrates tenían un enfoque espiritualista de la muerte, contrariamente a los de Epicuro que tenían de ella una concepción materialista.

Según Epicuro la muerte no es nada, nosotros no somos sino un agregado de materia destinada a ser destruida por ese flagelo.

Según él, lo que podía curarnos del miedo a la muerte era saber que después de la muerte, no seremos más nada.

Es esta idea misma de la muerte la que, en la filosofía moderna, ha dado nacimiento al nadaísmo así como al existencialismo, que afirman que el hombre nace sin objetivo y sin valor, y que por sus acciones puede dar un sentido a su vida y con la muerte, ya no existe más.

Como espíritas, no podemos avalar esta visión pues contribuye a alentar el individualismo.

Efectivamente, por qué preocuparse por el futuro del planeta ya que hay una terminación de la vida.

Algunos  objetarán que Sartre era un gran humanista; efectivamente, pero era su conciencia la que le insuflaba su  combate por el prójimo, y no esa visión nadaísta de la muerte que ha impulsado a más de uno hacia el cada uno para sí.

El propio Epicuro le decía en una carta a su discípulo Meneceo: “El conocimiento de esta verdad, de que la muerte no es nada para nosotros, nos hace capaces de gozar de esta vida mortal”.

Entonces el individualismo se convierte en legítimo; como Sade, gocemos de todos los placeres pues un día hay un final de los regocijos.

Según Sade, igualmente, somos sólo un componente de la naturaleza y al morir, no hacemos sino devolver lo que la naturaleza nos da por un tiempo limitado y “las pasiones del hombre sólo son medios que la naturaleza emplea para alcanzar sus fines”.

Esta visión materialista de la muerte, ha hecho surgir imágenes horripilantes de ella en la cabeza de ciertos filósofos contemporáneos como Michel Onfray: “Autista, silenciosa, ignora todo lo que no es ella: toma, engulle, se nutre de todo lo que se  le ofrece, pero no regurgita nada; incapaz de reconocimiento, tomaría el universo entero antes de su hora si por  ventura uno no se le resistiera”.

Al contrario de Epicuro que rechaza la muerte, Sócrates se ubica en una total aceptación de ella.

En Fedón, Platón nos narra el día del deceso de su Maestro.

El día de su ejecución, Sócrates despoja a la muerte de sus atavíos y de su máscara macabra para entregarnos sus convicciones sobre la inmortalidad del alma.

Todavía enseña a sus discípulos, y les dice con convicción que sabe que va a encontrar a otros muertos “que valen más que los de aquí”.

Explica que no se rebela frente a su muerte próxima porque para los muertos hay otra cosa.

Sócrates, que siempre vivió sin preocuparse nunca por su apariencia, dijo también a sus discípulos que los verdaderos filósofos no tienen que preocuparse de su cuerpo que sólo es una prisión para el alma.

A pesar de los riesgos que corre, Sócrates no puede decidirse  a callar porque sabe que enseña la verdad.

Para él, filosofar es aprender a morir y el filósofo tiende a la elevación de su alma para separarse mejor de su cuerpo.

Esta  escena puede parecer extraña a muchas personas: un condenado a muerte que filosofa sobre la muerte con sus últimos visitantes.

Nietzsche reprochó a Sócrates haber pronunciado esta última frase antes de morir: “Critón, le debemos un gallo a Esculapio. Paga esta deuda, no seas negligente”.

Siempre según Nietzsche, al querer dar una ofrenda a Esculapio (Dios de la medicina) Sócrates prueba que es un pesimista que considera la vida como una terrible enfermedad de la que el Dios Esculapio lo habría curado.

Es muy fácil para Nietzsche decir eso cuando se sabe que, según él, pensar en la muerte ya significa no amar la vida.

Así, la última frase de Sócrates podría ser interpretada por la idea de que la muerte es una verdadera liberación y que él sabe que al morir seguirá viviendo pero sin las cadenas de la materia.

Ha vivido su vida siendo fiel a sus ideas y no como un pesimista.

Innegablemente Sócrates plantó los jalones de la filosofía moderna; él es el que cuestiona para incitar al otro a elevar siempre su alma; él llevó la filosofía al camino de la espiritualidad.

Las religiones deberían tener ese mismo papel: reconciliar al hombre con la muerte.

Los profetas venían con un mensaje consolador, mensajero de una vida más allá de la muerte.

¿No evocaba Jesús en su sermón de la montaña un reino en los cielos?

La muerte según las religiones

Camille Flammarion lo expresó en La muerte y su misterio: “La muerte es el asunto más grande que ha ocupado jamás el pensamiento de los hombres, el problema supremo de todos los tiempos y de todos los pueblos”.

Muchas personas enfrentadas a la muerte de un ser querido se han refugiado en la religión, esperando encontrar respuestas allí.

Pero, como dice Camille Flammarion, la fe no se controla.

Es evidente que no todos encontrarán en los dogmas religiosos las respuestas que buscan; algunos, como el apóstol Tomás, necesitan ver para creer.

En la antigüedad, la civilización egipcia fue la que más se asomó al misterio de la muerte.

A través de los estudios y los ritos iniciáticos, quería vencer a la muerte y  regir a toda la sociedad con ella como telón de fondo.

Desgraciadamente, como entre los druidas y los griegos  de la antigüedad, los ritos y los secretos sólo eran revelados a una élite.

En el antiguo Egipto, el cuerpo estaba  compuesto de dos partes: el djet, es decir el cuerpo terrenal y el ka que corresponde al doble espiritual, lo que en espiritismo denominamos periespíritu.

Para que el muerto llegara al reino del más allá, era necesario obligatoriamente que su cuerpo fuera embalsamado.

Al principio, ese privilegio de levantar el velo que daba a la muerte todos sus atavíos misteriosos, correspondía a los reyes y, hacia el fin del antiguo Imperio, una suerte de revolución permitió a todos acceder a los secretos del más allá.

Las palabras mágicas que permitían franquear “el pórtico de la muerte” están transcritas en diferentes lugares de la dinastía y ya no solamente a los ojos de los privilegiados.

Antes de llegar al reino del más allá, el difunto es juzgado por Osiris, el Dios de la muerte, cuyo nombre es traducido por un egiptólogo como “el que se beneficia de la actividad ritual”.

Efectivamente, es gracias a los poderes mágicos de sus hermanas Neftis e Isis (que es también su esposa) que Osiris recobra la vida.

Osiris se convierte entonces en el soberano del más allá.

La civilización griega es la única que heredó los secretos acerca del soberano Osiris que, por otra parte entre los griegos, se convirtió en Dioniso.

En el hinduismo, encontramos múltiples dioses como entre los egipcios y los griegos.

Los hindúes creen en una vida después de la muerte.

Según ellos, el cuerpo es sólo una envoltura temporal, pero tenemos un alma que está destinada a migrar de vida en vida.

Nuestra reencarnación dependerá de las buenas o malas acciones (karma) que hayamos hecho.

Así, para ellos, la muerte no es un tabú, pues allí no hay fin, la vida y la muerte se mezclan perpetuamente una con la otra.

Si miramos la concepción de la muerte según los budistas, observamos que para ellos el nacimiento es un acontecimiento tan natural como la muerte.

Es en el momento de los últimos instantes de la vida cuando vemos en imagen fugaz el lugar donde renaceremos para padecer sufrimientos extremos o tener una vida bienaventurada según los actos que hayamos cometido en nuestra última vida.

La muerte es pues un perpetuo renacimiento porque de la muerte volvemos a la vida, es la rueda de la existencia kármica.

Hace 2.000 años, el Cristo habló a sus apóstoles de la  muerte como Sócrates habló de la muerte con sus discípulos.

En el evangelio de Juan, se expresa así: “No estéis  inquietos, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi padre, hay muchos lugares para habitar”.

Diferentes frases de Jesús, aunque estén en parábolas, ponen en exergo la idea de que más allá de la muerte existe otro mundo.

Desgraciadamente, con el paso del tiempo, sus palabras han sido deformadas.

El paraíso y el infierno (como en el islam y el judaísmo) siguen siendo los dos mundos donde acabaríamos más allá de la muerte según que hayamos seguido los preceptos de la religión o desobedecido las leyes divinas.

Para la mayoría de los humanos, que tienen cosas que reprocharse, la muerte  se convertía en una fuente de pesadillas, la condenación eterna.

El siglo de las Luces ha querido que, a los ojos del mundo, la ciencia supere a la religión.

Los intelectuales del siglo XVIII deseaban el fin del oscurantismo y que los cambios de orden intelectual y las investigaciones  científicas prevalecieran sobre la superstición y la intolerancia.

Los espíritas del siglo XIX han hecho de la ciencia  una herramienta para que de la fe ciega nazca la “razón revelada” por pruebas concretas.

La muerte según el espiritismo

“Morir es abandonar la sombra para entrar en la luz”

Mientras que los materialistas ven la muerte únicamente como un estado clínico, una interrupción definitiva de  los procesos vitales que se caracteriza por un electrocardiograma plano, nosotros los espíritas, consideremos que la muerte no es un término.

Nuestro cuerpo es sólo un traje del cual nos despojamos al final de cada vida; es perecedero al contrario del periespíritu, vehículo de nuestro Espíritu que es inmortal.

Nosotros creemos en la pluralidad de las existencias, la palingenesia que tiene como objetivo ayudarnos a progresar, y así como vamos a los bancos de la escuela para profundizar nuestros conocimientos, existe la escuela de la vida para depurar nuestra alma.

Algunos se preguntan por qué preocuparse por la muerte que parece ser un problema insondable.

Se dicen que llegado el momento ya tendrán  tiempo suficiente para pensar en ella.

Otros afirman que hace falta no amar la vida para interrogarse tanto sobre la muerte, o tener un espíritu muy morboso.

No se trata de escapar de la vida sino de interesarse por una cuestión tan fundamental.

La muerte es un evento que debería parecernos tan importante como el nacimiento.

En ciertos países, el muerto es tan celebrado como el recién nacido.

La muerte no debería ser un tabú pues es un camino que todo vamos a recorrer.

El espiritismo le quita todo su cortejo macabro; con esta ciencia, esta filosofía, cae la máscara aterradora y detrás de la máscara se descubre otra vida.

En La muerte y su misterio, Camille Flammarion recoge una cita muy pertinente del naturalista y explorador alemán Alexander von Humboldt: “Un presuntuoso escepticismo, que rechaza los hechos sin examinar si son reales es, en  ciertos aspectos, más censurable que la credulidad automática”.

Efectivamente, se le puede reprochar a ciertos  científicos contemporáneos que rechacen categórica- mente la existencia de una vida después de la muerte  sin haberse abierto a los numerosos trabajos de los científicos del siglo XIX y a las pruebas que atestiguan esta realidad, como los moldeados ectoplásmicos, las fotografías de ectoplasmas, los numerosos testimonios y procesos verbales firmados por la mano de grandes científicos como Camille Flammarion, Gabriel Delanne, Gustave Geley, Pierre y Marie Curie.

Las pruebas que dan testimonio de la realidad de una vida después de la muerte están dadas.

El propio William Crookes decía, después de numerosas investigaciones sobre el fenómeno espírita: “No digo que eso es posible, digo que es”.

Los que como William Crookes se atrevieron a  afirmar que la muerte no existía, han sido señalados con el dedo, criticados, ridiculizados y calumniados.

La comunicación con los Espíritus que era, para algunos, un motivo de entretenimiento, para divertirse haciendo girar las mesas, se convertía para otros en un tema de reflexión.

Allan Kardec, codificador del espiritismo, fue primero escéptico respecto a las mesas giratorias.

Un día, fue invitado a una sesión y ante el fenómeno decidió descubrir su causa y estudiarla, pues, según él: “Todo efecto tiene una causa, todo efecto inteligente tiene una causa inteligente, el poder de la causa está en razón del tamaño del efecto”.

Meticulosamente, fría y rigurosamente, como el pedagogo que era, analizó los hechos.

De sus investigaciones resultaron El Libro de los Espíritus, El Libro de los Médiums y algunas otras obras más que revelan la realidad de una vida después de la muerte y la belleza de una filosofía que ofrece las claves para la evolución de nuestras sociedades.

Así, podemos comprobar que el espírita no huye de la vida volcándose sobre la muerte, sino que, muy por el contrario,  la muerte lo lleva hacia el verdadero sentido de la vida.

Al interesarse por la muerte, busca tomar el camino de la libertad: el estado espiritual.

Como decía Spinoza: “Sentimos y experimentamos que somos eternos”.

La muerte pues, según el espiritismo, es sólo un estado y no un final.

Lecturas aconsejadas:

  • La muerte de Patrick Dupouey
  • Libro de los muertos de los antiguos egipcios de Gregoire Kolpaktchy
  • La muerte y su misterio de Camille Flammarion
  • Fedón de Platón
  • El libro tibetano de los muertos de Robert A. Thurman

Por Kadia Hamadou – Traducción de Ruth Neumann

Publicado en la revista Le Journal Spirite en Español. La Revista del Círculo Espírita Allan Kardec de Nancy (Francia). Nº 98. Octubre – Diciembre de 2014

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