El Druidismo

Más que una religión, en el sentido en que la conocemos hoy, el druidismo es el fundamento mismo de una civilización, un testimonio de la evolución humana.

La sociedad celta estaba organizada sobre principios religiosos, pero descansaba también en un conjunto de concepciones espirituales, intelectuales, científicas, artísticas y sociales bajo el control de los druidas.

LA HISTORIA DEL DRUIDISMO

La historia conoce pocas cosas sobre esta avanzada civilización, pues se trataba de un pueblo que transmitía su saber oralmente y no por escrito.

No por eso estaba prohibida la escritura, pero se privilegiaba la expresión verbal.

Sin duda la filosofía druídica habría permanecido completamente desconocida en la historia, sin las tríadas y los cantos bárdicos, vestigios de la enseñanza oral de los druidas.

Los signos y los símbolos encontrados grabados en piedra han proporcionado algunas indicaciones sobre sus doctrinas y sus rituales.

Desde hace mucho tiempo, la Armórica, en la Galia, ha sido el refugio de los druidas que encontraban allí toda la fuerza de la naturaleza con paisajes de excepción, bosques profundos, landas inmensas y costas destrozadas y roídas por los flujos del océano.

En efecto, el nacimiento de la civilización druídica tiene su origen en Bretaña, en Carnac, llamado antes Karnagan, hace cerca de 12.000 años.

Fue el resultado de una migración de población venida de comarcas lejanas del Este y del Norte (Noruega, Suecia, Renania…) en busca de una energía benéfica llamada teluria desprendida del suelo granítico.

Por la misma época, los países de Irlanda, Escocia y Gales, pero también del oeste africano conocieron la misma situación.

La práctica druídica se desarrolló igualmente en el Bajo Egipto, en el interior del valle del Nilo.

LAS CREENCIAS Y LA ORGANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD CELTA

Parece que, como otros pueblos de la protohistoria o antigüedad de Europa, la cultura de los celtas se basaba en los cuatro elementos, tierra, aire, agua y fuego, que permiten a la energía transformarse y regenerarse.

Si bien en su origen su sistema religioso era politeísta, la fórmula druídica devolvía a los hombres la esperanza de un Dios vivo, de un Dios despojado de toda forma de definiciones, de un Dios fuerza del cosmos que habita el universo entero, sin límites.

Describía a un Dios que se encuentra en todos los lugares de su manifestación, ya sea que se tratara de la roca, el océano, el viento, el cielo y sus estrellas, la llama y el calor del fuego, el límpido sabor de las fuentes, el beneficio de las plantas.

En la organización social que regía la antigua sociedad céltica, la clase intelectual se subdividía en tres categorías: los bardos que se dedicaban a la poesía y la música, los ovates que presidían y que estaban encargados más particularmente de la adivinación, y una clase sacerdotal, en el seno de la cual oficiaban los druidas calificados de teólogos.

Los druidas no eran solamente sacerdotes y filósofos, sino también sabios y educadores.

Eran los guardianes del saber y la sabiduría.

LOS GRANDES PRINCIPIOS DEL DRUIDISMO

El druidismo enseñaba ante todo la penetración del infinito y el universo en su inmensidad, a partir de los elementos presentes y físicos a disposición de los hombres.

El valor y el prestigio del druidismo reposaban sobre una enseñanza práctica basada en la comprensión y la inteligencia que desarrollaban, al más alto nivel, el sentimiento del derecho, la independencia y la libertad.

Uno de los caracteres distintivos del druidismo se encontraba en su conocimiento anticipado y profundizado del mundo invisible: la naturaleza del espíritu, la presencia y la manifestación del más allá, así como las fuerzas ocultas de la naturaleza, esos poderes secretos por los cuales se revelaba el dinamismo divino.

Los druidas enseñaron la unidad y la eternidad de Dios.

Pero mientras que la Biblia presentaba a un Dios antropomórfico, es decir semejante al hombre en ciertas imperfecciones, el Dios de los druidas se ubicaba mucho más allá de las miserias humanas.

El mundo de los druidas conocía la fórmula telepática y la fuerza del pensamiento, que se podía desplazar por el espacio sin ningún límite.

Es así como las enseñanzas pudieron ser transmitidas de un continente a otro, como la presencia de una fuerte teluria y sus beneficios para el hombre en la Armórica granítica, así como el aprendizaje de la levitación o los mantras.

La observación de la bóveda celeste y sus figuras geométricas fue la primera enseñanza dada.

La geografía del cielo era el reflejo de la geografía energética del suelo bretón y de todo el oeste europeo.

El firmamento se reflejaba en el limo granítico de la Tierra que se abrazaba al océano.

Pero la perpetuidad del universo era igualmente, a los ojos de los druidas, un vasto campo donde se desplegaba el destino de los seres.

La pluralidad de los mundos era el complemento necesario para la sucesión de las existencias según una escala de ascensión que se elevaba hasta Dios.

Los druidas enseñaban muchas cosas respecto a la forma y la dimensión de la Tierra, al tamaño y disposición de las diversas partes del cielo y a los movimientos de los astros.

Agregaban que la inmortalidad derivaba de esta idea, que la grandeza inherente al individuo estaba sobre todos los poderes materiales.

En su enseñanza, los druidas se dedicaban a enseñar sobre todo que el espíritu era la herramienta esencial que se transformaría por el trabajo y la inteligencia.

Buscaban desarrollar la personalidad humana y todo lo que permitía enfrentar las pruebas con seguridad, la adversidad y la muerte, dentro del sentido de la evolución que le era asignada.

No separaban la noción de evolución espiritual y de inmortalidad del alma, de la reencarnación según el principio de las vidas sucesivas siguiendo una marcha ascendente, a través diferentes grados de evolución, tal como nos enseña el espiritismo.

Entre los druidas, no existía el infierno, la caridad era recomendada igual que la ciencia y la fuerza moral.

LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS

La escuela de los druidas obedecía a una organización muy estructurada y demandaba muchas exigencias para cultivar las cualidades activas, el espíritu de iniciativa, la energía, el coraje, la emancipación y la humildad.

No eran sino los niños de sexo masculino los llamados a conocer esta enseñanza y la iniciación era larga y difícil.

Para el niño, la primera etapa desde los diez años, era atravesar, acompañado por el druida, la infranqueable pared magnética que constituía la entrada al dominio de los druidas, apartado de la aldea, en las alineaciones de los megalitos.

Desde ese momento ya no pertenecía más a los suyos, sino a la naturaleza.

No dejaba a su familia para encontrar nuevos padres, pero crecía y se transformaba para encontrar su verdadera naturaleza; esa era la ley.

Estudiaba matemáticas y geometría por el estudio de los astros y el movimiento perpetuo.

Aprendía y recibía la teluria de los movimientos estelares y lunares, conocía la naturaleza de la roca y su natural capacidad para registrar la energía, descubría la comunicación con los Espíritus y la telepatía como lenguaje universal, el diálogo interior.

Escuchaba el silencio, hablaba a la piedra, y recibía todas las imágenes dadas por los invisibles que, ya, se dedicaban al bienestar de todos y les enseñaban a vivir mejor para vislumbrar, comprender y sentir a Dios.

El conocimiento de la energía ondulatoria, la naturaleza radiestésica y las corrientes telúricas constituían las disciplinas que el niño  comprendería progresivamente por la observación en contacto  con la naturaleza.

Aprendía también a compenetrarse con el espíritu de las plantas, a comprenderlas, así como a todas las fuerzas  de la naturaleza y las radiaciones emitidas por los minerales y por ciertos lugares, para aumentar siempre su fuerza psíquica.

De adolescente, descubriría cómo dominar su espíritu y la levitación, siendo los megalitos el resultado de un trabajo colectivo de levitación.

Por medio de la observación de la naturaleza en sus menores detalles, vislumbraría la existencia y la presencia de Dios y desarrollaría el sentimiento de amor entre los seres humanos.

La versificación, la composición y la narración, así como el canto, no faltaban en ese aprendizaje.

ALGUNOS RITOS DE LA ANTIGUA TRADICIÓN DRUÍDICA

Los druidas iban vestidos con un sayal de lana blanca con un cinturón.

Llevaban zapatos con correas.

Se les representaba con el cabello blanco y una barba blanca.

Veneraban a los árboles y en particular a la encina sobre la que cosechaban el muérdago que, para ellos, era una planta sagrada que curaba numerosos males.

Los druidas utilizaban la naturaleza y la fuerza del pensamiento en provecho de la salud de los cuerpos.

Eran guiados por el mundo invisible del más allá, a través de médiums llamados kermors.

Con frecuencia practicaban por la noche para utilizar los rayos estelares, la luna llena y la luna creciente.

Practicaban la cirugía a mano limpia.

Sabían elegir y cosechar los vegetales y las plantas del mar para curar diversas enfermedades.

También utilizaban el granito y otros minerales.

Con la ayuda de una piedra provista de un hilo (péndulo), localizaban con precisión el lugar buscado.

La radiestesia era una práctica corriente.

La música era considerada igualmente como un excelente remedio, por tener las sonoridades una gran importancia en el comportamiento de las almas, cualquiera que sea su estado.

Porque el mantra era una vibración, y en esencia un ritmo y el medio para llegar a captar la fuerza del cosmos, también era utilizado muy a menudo en refuerzo del pensamiento para permitir, por ejemplo, la transformación de la estructura molecular de la materia (levitación, psicoquinesia…).

Numerosas fiestas rituales y ceremonias druídicas, tanto bajo su aspecto profano como sagrado, se desarrollaban según la posición de los astros en el cielo, para reunir a la población, honrar a los ancestros y establecer contacto con ellos, pero también para retejer el vínculo con Dios.

Celebraban colectivamente el tiempo y el ritmo de las estaciones, la naturaleza y la fecundidad…

No había dogma, ni credo o jerarquía institucionalizados, aun cuando la filiación y la transmisión oral e iniciática tuvieran un lugar preponderante en la vida del pueblo celta.

Entre los druidas, el círculo era una figura principal, símbolo de energía, símbolo de eternidad.

Cualquiera que fuera el punto elegido sobre su circunferencia, para quien recorría esa circunferencia, significaba regresar al mismo punto y recomenzar el círculo, rehacer el recorrido, reencarnar.

El círculo era también una rueda que gira, que hace avanzar.

El dolmen era la tumba del druida.

Allí era enterrado con su familia, sus alhajas y sus efectos personales.

Los túmulos eran los cementerios celtas y eran objeto de un rito particular, pues cada solsticio los druidas se dirigían allí para recitar un mantra que permitía liberar a las almas de los muertos.

Estos lugares también permitían a las familias reunirse, recordar la memoria de los muertos, el sentido de su eternidad y comunicarse directamente con ellos.

Y contrariamente a lo que se dice con frecuencia, estas sepulturas de granito no eran lugares de ofrenda y sacrificios humanos.

Los megalitos (dólmenes, menhires, cromlechs) son los testigos de ese pasado druídico para perpetuar el recuerdo de una civilización muy elevada y consciente de su eternidad en el reconocimiento de Dios y del más allá.

Es la revelación de un trabajo cumplido a partir de la fuerza del pensamiento: la levitación.

Es una obra personal, pero sobre todo colectiva, realizada por los druidas y aquellos por venir.

Estos monumentos representan, aún hoy, tomas telúricas donde todos pueden recargarse todavía.

El genio celta, que en su tiempo supo recorrer varios territorios durante más de diez siglos, vio debilitarse su poder a partir de la conquista romana.

El papel político que ejercían los druidas y que aseguraba la cohesión del mundo celta, representó una fuerza de resistencia a la autoridad de los emperadores romanos.

Sin embargo, éstos permanecieron tolerantes en el plano religioso y no combatieron las creencias de los pueblos galos.

En cambio, para los primeros cristianos, que intentaron convertir la Galia  desde el siglo II, el druidismo representó un serio obstáculo.

Se ensañaron pues en combatirlo, hasta que los druidas fueron prohibidos oficialmente cuando el imperio romano adoptó el cristianismo como religión oficial.

Todos los emblemas del druidismo, todos los nombres sagrados de los antiguos celtas, fueron sustituidos por símbolos católicos y nombres de santos.

Los más mínimos recuerdos del culto ancestral fueron expurgados.

Desde entonces, el druidismo trató de sobrevivir en total clandestinidad.

Algunos grupos contemporáneos intentan respetar la mitología celta e inspirarse en las antiguas prácticas para hacer revivir esta espiritualidad.

En conclusión podemos decir que todas estas observaciones no nos dejan ninguna duda acerca de la antigüedad y la universalidad de la doctrina druídica que es la que nos enseñan los Espíritus.

Esta similitud entre lo que ellos nos enseñan hoy y las creencias de los tiempos más lejanos, es un hecho significativo de alto alcance.

Desgraciadamente, la ignorancia y el temor a lo desconocido han desfigurado considerablemente esta doctrina cuyos principios fundamentales son mezclados con frecuencia con prácticas absurdas, incluso supersticiosas y a veces hasta mercantiles, explotadas desde siempre, para ahogar la razón.

Fuentes: El genio celta y el mundo invisible de Léon Denis, La civilización celta, de F. Le Roux y C-J Guyonvarch, Los Druidas, ciencias y filosofía de P., R. y Cl Bouchet; La Revue Spirite fundada por Allan Kardec Nº58 y los mensajes recibidos por el Círculo Espírita Allan Kardec (Nancy – Francia).

Por Michèle Bourgeois – Traducción de Ruth Neumann

Publicado en la revista Le Journal Spirite en Español. La Revista del Círculo Espírita Allan Kardec de Nancy (Francia). Nº 104 Abril – Junio de 2016.

Escrito por Colaboraciones

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