Espiritismo,  Visión Espírita

Reencarnación. Por Jaci Regis

¿Cómo puedo yo, un hombre viejo, regresar al vientre de mi madre? Preguntó el doctor de la ley judaica, Nicodemo, cuando Jesús de Nazaret le indicó que era necesario nacer de nuevo, del “agua y del Espíritu”.

Esa pregunta continúa siendo realizada hoy día, ante la ley de las vidas sucesivas, reencarnación o palingenesia.

Como hemos dicho previamente, el hombre apenas aprecia su aspecto orgánico.

Por eso, no entiende cómo ese complejo celular, ese telar de nervios, huesos y tejidos pueda, como en el mito del Fénix, resurgir de las cenizas para constituir un nuevo ser.

De ahí el mito de la resurrección, que sería el vivir otra vez, después de muerto, con el mismo cuerpo; milagrosamente reconstituido, después de descompuesto, reestructurado, vivificado y vitalizado, después de la diseminación de los elementos.

Tal vez esto esté relacionado con una reminiscencia profunda que garantiza al Espíritu, en su inconsciente profundo, la certeza de que vivió y vivirá muchas veces en la Tierra.

Reafirmamos que esa visión estática, identificando al Ser con el cuerpo, ha sido divulgada como condición natural para la mayoría.

Por eso el sentir espiritual, la extrapolación del Espíritu, ha sido lenta y arduamente conquistada por la inteligencia y por la observación de los hechos.

La ley de reencarnación es generosamente presentada, por algunos, como la panacea para las inquietantes cuestiones humanas.

Es vista por otros como el instrumento punitivo por excelencia, sea porque la simple encarnación es un ultraje para el Espíritu, sea porque en el sufrimiento de la carne, el mal sería expurgado, la expiación se completaría.

Para otros, en fin, no pasa de un argumento teórico engendrado para ajustar las realidades y desigualdades a un modelo de Justicia Divina.

Si la comunicación de los Espíritus, a través de la mediumnidad en las pesquisas psíquicas, lleva inexorablemente a la comprobación de la Inmortalidad, resolviendo el problema del “después”, ¿cómo encontrar pruebas aceptables para la preexistencia, el “antes”?

Las dificultades para una investigación convencional son muy grandes.

Una de las formas es, sin dudas, el propio testimonio de los Espíritus.

Pero lo que se ha hecho en ese campo es investigar las informaciones de niños que, en condiciones específicas, afirman recordar otras vidas, dando detalles precisos sobre el modo de vivir, familiares, lugares y demás datos.

Algunos investigadores, y es bueno que esto se diga, han mezclado las cosas y presentado hipótesis que no encajan con las percepciones espíritas.

Algunos parecen establecer una dicotomía completa entre el cuerpo y el Espíritu afirmando, por ejemplo, que un Espíritu recién desencarnado podría apropiarse de un cadáver reciente, “reencarnando” en este.

Esa operación es, para el Espiritismo, imposible y no puede ser confundida con la reencarnación.

En verdad es una fantasía, una completa ficción.

La ligación sinérgica cuerpo-Espíritu es única y la desencarnación ocurre siempre por la desagregación del cuerpo, lo que haría ficticia la posibilidad de la utilización de un organismo muerto por otro Espíritu.

Sin embargo las pruebas de la evidencia reencarnatoria son muchas, sea por la antigüedad del concepto, sea por las ideas innatas, por el carácter personal, único, que cada uno posee, como marca individual, por encima de los acondicionamientos del ambiente, de la herencia biológica y de las presiones educativas.

Aquello que los materialistas llaman constitución y los religiosos dicen ser designios de Dios, modelando el carácter de las personas en cada vida terrena, no es otra cosa que, en la concepción Espírita de la reencarnación, mas que la expresión de la individualidad del Espíritu vivido, al expresarse en su regreso a las agitaciones de la vida corporal.

Es cierto que las corrientes religiosas y espiritualistas creen que el hombre posee un alma y aceptan la inmortalidad. Sin embargo, la mayoría se rehúsa a aceptar la reencarnación.

Probablemente juzgan que sería añadir complicaciones excesivas a su frágil estructura. Además, están aferradas al modelo punitivo y fatalista.

Retrotraer la existencia del Espíritu hacia antes de la cuna, sería promover profundos cambios en todo el edificio conceptual que han levantado.

Se les hace más fácil decir que todo comienza en la cuna. En este punto se unen religiosos y materialistas.

Los primeros creen en algo espiritual. Los segundos sólo creen en el organismo.

Pero ambas hipótesis hacen silencio ante las evidencias que determinan las diferencias entre los individuos.

Las iglesias son reticentes al examen de esas diferencias en las cualidades personales.

Se las atribuyen a los misteriosos designios de Dios, aunque los sacerdotes más sensibles bajen la cabeza, apenados por la impotencia de obtener respuestas satisfactorias y muchos se enfocan en las cuestiones de asistencia social como compensación.

Por lo menos ayudan a resolver algunos aspectos de la injusticia humana.

Los materialistas se contentan con inventar condiciones de “constitución”, esto es, las personas son así, nacen así, reaccionan así, porque son constituidas por mecanismos que las hacen de esa forma. En otras palabras, se tiene suerte si están bien constituidas. Si no la tuviesen, si tuviesen mala suerte…

Conforme avanzan las investigaciones genéticas, la ciencia penetra en un área extraordinaria.

Si es cierto que esa incursión en el centro vital lleva a controles y alteraciones, por obra de técnicas quirúrgicas o medicamentos, también es real que crece la certeza de que los prodigiosos mecanismos de transmisión de la herencia biológica no descansan exclusivamente en elementos del acaso, en la mecánica celular.

Se revela claramente la existencia de un elemento conductor, de una voluntad que controla los flujos y reflujos genéticos, dando dirección, estableciendo caminos específicos.

El modelo psíquico, extracorpóreo, es, en última instancia, el Espíritu que a través de los conductos mentales interfiere, espontáneamente, en el proceso para marcar su individualidad.

El rol modelador del Espíritu en el proceso reencarnatorio no significa que él lo desencadene. La reencarnación es una actividad biopsíquica.

Por un lado tenemos toda la estructura de la herencia física, siguiendo sus propias leyes. Del otro lado, la interferencia de un elemento inteligente, autónomo, que se inserta en el proceso, ya sea para sufrirlo como para modificarlo.

Por otra parte, la simple presencia del Ser Inteligente es, por sí misma, un elemento de modificación del medio.

Se descubrirá que las células no son inmunes a la influencia mental. Todo lo contrario, ciertas combinaciones cromosómicas se derivan, en cuanto a su especificidad, de esa dirección consciente o inconsciente.

La pregunta de cómo puede un cuerpo viejo regresar al vientre materno centraliza al Ser en el organismo y hace de éste el centro de la vida.

No obstante la concepción Espírita nos muestra que el cuerpo físico es un accidente, un segmento transitorio en la vida del Espíritu. El cuerpo muere, se disipa, se disgrega. El Espíritu permanece, vive, continúa. Esta simple proposición resuelve la cuestión.

En cada nacimiento se desencadena un proceso totalmente nuevo, el Espíritu se inserta, como el comandante que asume su puesto en la dirección del navío. Él no es el navío, pero lo ordena, lo dirige. Dirá: “es mi navío” y como en las viejas tradiciones marítimas, se hundirá con él.

El Espíritu es externo al cuerpo, pero se integra, se relaciona, vive en simbiosis con él y completa un juego sinérgico total, a través del Periespíritu.

Muchos podrían decir que esa explicación complica el asunto y parece fantástica. ¿Pero qué tiene de fantástico?

Dicen eso porque desconocen las múltiples relaciones que acontecen a cada instante en nuestro complejo orgánico.

Si todo lo que compone el cosmos cerebral, por ejemplo, le fuese explicado a una persona, para justificar desde simplemente levantar un dedo hasta las actividades superiores del pensar, del sentir, quedaría anonadada con la complejidad y la velocidad de las respuestas y el funcionamiento del sistema nervioso en general; naturalmente, si todo pudiese ser explicado, ya que muchas de las acciones inteligentes permanecen aún vedadas al conocimiento científico.

Ante esa maraña de estímulos, respuestas, acción y reacción, la explicación Espírita no es solo clara, sino la más simple.

Ella contempla la unión de un Ser integral, con inteligencia y sentimiento, capaz de crear, construir, hacer, hablar, de pensar y, simultáneamente, con un cuerpo físico estructurado según leyes biológicas más o menos conocidas.

Entre estos, un cuerpo sutil, el Periespíritu. Todo esto compone al hombre.

El cuerpo somático pasa a través de una inevitable transformación: nace, crece, madura, entra en decadencia y muere. Es un ciclo vital conocido, vivido, sentido. Es el binomio nacimiento-muerte.

Empero, aunque claramente vivenciado en el día a día, permanece un sentimiento de continuidad, una importante distinción entre el Espíritu y el cuerpo, aun durante toda la encarnación.

El cuerpo envejece; el Espíritu percibe esto a través de la presión social, por un lado y por el debilitamiento físico por el otro.

No obstante, la mente se desvincula de ese proceso; ella lo contempla y sufre, pero permanece íntegra en sí misma.

Se percata que la carne del cuerpo se marchita y, curiosamente, se percibe ella misma manteniendo el mismo hilo de individualidad y las mismas aspiraciones de personalidad creada en la vivencia actual.

Eso prueba que la vida corpórea es un medio, un instrumento temporero, necesario el desarrollo del Espíritu.

Sería trillado preguntar por qué es así y no de otra manera, ya que se trata de un hecho concreto. No obstante, si analizáramos la vivencia de ese Ser, en el tiempo y en el espacio, convendríamos en que ese mecanismo de nacimiento-muerte, desde el punto de vista de la Inmortalidad, se hace indispensable.

Esto quedó evidenciado cuando analizamos el progreso del Espíritu en los reinos inferiores de la naturaleza.

Vimos que la unión del Principio Espiritual al elemento material, para la formación de organismos unicelulares, inicialmente, y después para la formación de organismos cada vez más complejos, fue la vía natural para el aprendizaje, la formación de reflejos y automatización de funciones.

Acompañamos al Principio Espiritual, paso a paso, naciendo, muriendo y renaciendo automáticamente, sin vida moral, sin una conciencia de sí, sino viviendo bajo el imperio de los impulsos de la vida.

En eso se configura el principio de la reencarnación en sí mismo, esto es, un proceso biológico, de ascendientes psíquicos o espirituales.

Es un instrumento perteneciente a los mecanismos de la vida.

Compone el cuadro vivencial como parte importante, fundamental, porque es el propulsor de la evolución.

Es a través de ese choque traumático que el Principio Espiritual pierde, digámosle así, su ignorancia y simplicidad inicial, comenzando el aprendizaje, el adiestramiento, para posteriormente asumir la razón, establecer la primacía de la voluntad y, como consecuencia, la responsabilidad moral.

Con esto queremos decir que la reencarnación no guarda en sí misma un sentido de punición moral, no está ligada invariablemente a necesidades de rescate, lo cual es una concepción común en algunos lugares.

Esa concepción se deriva, como se deduce, de la visión teológica inculcada en el pensamiento en general según la cual todos estamos pagando el pecado de vivir.

En otras palabras, según el Espiritismo, el Espíritu reencarna porque vive y no porque pecó.

Esa premisa es de gran alcance por abrir una perspectiva sana para el entendimiento del proceso de la vida y de la presencia de Dios en el Universo.

Como sabemos, las teologías son, de modo general, ordenaciones punitivas, autoritarias y arbitrarias reflejando una visión cruel de la vida.

Además de establecer una corte celestial de privilegiados, masacran al hombre con el peso de pecados originales, condenaciones irremediables, rótulos de pecador innato, como persona esencialmente corrupta.

Toda la prédica de la salvación parte, pues, de la idea de que la mayoría es pecadora y está perdida. Las ideas del pecado y las condenaciones moralistas son un fuerte discurso autoritario, una manipulación de poder y una confesión de impotencia frente a las realidades de la existencia.

No ha sido posible para las teologías entender por qué el hombre yerra. Ellas siempre se mostraron irritables y descontroladas frente a los errores humanos.

Sin tener las condiciones o aislándose de un análisis de la realidad, sobre fundamentos no orgánicos e inmediatistas, se mostraron impotentes para penetrar la naturaleza espiritual del hombre, fuera del panorama limitado de una visión temporal.

Si, según piensan los teólogos, el hombre nace como un alma creada por Dios en el momento de la concepción, si ese Dios es perfecto, si la sociedad siempre fue, por lo menos nominalmente, dirigida por sacerdotes e iglesias, todo error, desvío y actitudes pecadoras serían el fruto de seducciones externas, de entidades demoníacas, debido a la caída en el orgullo y otros factores.

Luego, sería lícito condenar a los infieles al fuego terreno de las hogueras inquisitoriales y al fuego eterno del infierno. Tarea cumplida, las iglesias y sacerdotes pensaron tener el dominio de las mentes y de los corazones…

Desde el punto de vista de la Inmortalidad dinámica, se comprende la razón de los errores humanos. Casi siempre se trata de una condición resultante del grado de crecimiento de cada uno. No es, como podría aparentar a primera vista, una sanción general del mal.

El mal es siempre el mal y es definido por el Espiritismo como una condición pasajera, superable.

El errar es una variable común, de acuerdo con el nivel alcanzado, pero no elimina la responsabilidad de cada uno en su práctica.

Según el Espiritismo, la Ley de Dios, de equilibrio y amor, está inscrita en el Espíritu y esto es así por la vivencia de la ley de causa y efecto, desde el período pre-humano.

De un modo general el individuo sabe, aunque inconscientemente, los límites de lo cierto y lo errado y de su derecho en relación a los derechos del otro.

De ahí resulta la responsabilidad. El individuo tiene la posibilidad de errar, pero es responsable.

Hablamos de error y responsabilidad porque, como hemos dicho previamente, a partir del nivel hominal, con el uso de la razón, el Espíritu percibe que ya no puede simplemente actuar por impulsos.

Frente a él y con los mismos derechos naturales se encuentra otra persona.

Esa relación establece límites, impone dignidad. Al romper esos límites y despreciar esa dignidad se accionan mecanismos de causa y efecto, acción y reacción, inaugurando la vida moral.

Tomado del libro “Una Nueva Visión del Hombre y del Mundo” del autor brasileño Jaci Regis. Traducido al español por José E. Arroyo, con la aprobación del Instituto Cultural Kardecista de Santos, Brasil.

Traducción publicada en la revista A la Luz del Espiritismo. Publicación Oficial de la Escuela Espírita Allan Kardec. Puerto Rico. Año 2. Nº8. Octubre 2016

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Reencarnación. Por Jaci Regis

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