Prácticas y Peligros de la Mediumnidad

Después de negar por mucho tiempo la realidad de los fenómenos espíritas, algunos de sus detractores, vencidos por la evidencia, cambian ahora de táctica y nos dicen: Sí, el Espiritismo es verdad, pero la práctica está llena de peligros.

No se puede negar que el Espiritismo presenta ciertos obstáculos para los imprudentes que, sin estudios previos, sin preparación, sin método y sin protección efectiva, se dedican a las investigaciones ocultas. Haciendo de la investigación un juego, una diversión frívola que atrae a los elementos inferiores del mundo invisible, que inevitablemente sufren su influencia.

No obstante, esos peligros han sido muy exagerados.
Para hacer cualquier cosa hay que tomar precauciones.

La física, la química y la medicina exigen un prolongado estudio, y si algún ignorante pretendiese manipular sustancias químicas, explosivos o venenos, expondría su salud y su vida.

No hay una sola cosa que no sea buena o mala, según el uso que hagamos de ella.

En todo caso, es injusto resaltar el lado malo de las prácticas espíritas, sin indicar al mismo tiempo, los beneficios que de éstas se derivan y que son mucho más importantes que los abusos y las decepciones.

No hay progreso ni descubrimiento que no se realice sin riesgos. Si se hubiese negado el hombre, desde el principio de los tiempos, a cruzar los mares porque la navegación comporta grandes peligros, ¿qué hubiera sucedido? La humanidad, fragmentada en diversas familias, estaría confinada en los continentes, perdiendo los beneficios que se obtienen con los viajes y el comercio.

El mundo invisible es también un vasto y profundo océano repleto de escollos, pero lleno de riquezas y de vida.

Tras el velo del Más Allá se mueve una multitud innumerable de seres que nosotros tenemos interés en conocer, pues ellos son los custodios del secreto de nuestro propio futuro.

De ahí la necesidad de estudiar y explorar ese mundo invisible, valorando las fuerzas y los recursos inagotables que contiene, recursos que comparándolos con los de la tierra, éstos nos parecerán un día muy limitados.

Por otra parte, aunque nos desinteresemos del mundo invisible, éste no se desinteresaría de nosotros. Su acción sobre la humanidad es constante, estamos sometidos a su influencia y sugerencias. Querer ignorarlo es quedarnos desarmados ante él.

Mientras que, con un estudio metódico, aprenderemos a atraer hasta nosotros las fuerzas benéficas que contiene; aprenderemos a descartar las malas influencias, a reaccionar contra ellas por la voluntad y la oración.

Todo depende del modo en que se empleen y la dirección que infundamos a nuestras fuerzas mentales.

¡Cuántos males cuya causa no sabemos, porque ignoramos todas estas cosas, podrían evitarse con un estudio profundo y concienzudo del mundo de los espíritus!

La mayoría de neuróticos y locos que son tratados sin éxito por la medicina oficial, no son más que obsesados, susceptibles de ser curados con las prácticas espíritas y magnéticas(1).

Dios ha colocado al hombre en medio de un océano de vida, una reserva inagotable de fuerzas y poderes. Le ha dado la inteligencia, la razón, la conciencia para que aprenda a conocer esas fuerzas, conseguirlas y utilizarlas. Con el ejercicio constante es como nos desarrollaremos y llegaremos a dominar la naturaleza, el dominio del pensamiento sobre la materia, el reino del espíritu sobre el mundo.

Este es el fin más sublime que podemos dar a nuestra existencia. En lugar de apartar de él al hombre, enseñémosle a seguirlo sin titubeos. Vamos a estudiar y escudriñar el Universo en todos sus aspectos, en todas sus formas. Saber es el bien supremo; de la ignorancia vienen todos los males.


Las dificultades a la hora de experimentar se producen porque, en general, nuestros contemporáneos no tienen ni la menor idea de las leyes psíquicas, y además son incapaces de estudiarlas sacándoles provecho, como consecuencia de las inclinaciones de su espíritu derivadas de una mala educación. Por sus prejuicios, sus presunciones y su irónico escepticismo, alejan de ellos todas las influencias favorables.

En estas condiciones, puede ser que la experimentación espírita pueda estar llena de obstáculos; mucho más para los médiums que para los observadores.

El médium es un ser nervioso, sensible, impresionable; tiene necesidad de sentirse arropado por una atmósfera de paz, calma y benevolencia que tan solo se puede crear con la presencia de espíritus elevados.

La acción fluídica prolongada de espíritus inferiores le puede ser nefasta, arruinando su salud y provocando fenómenos de obsesión y posesión de los que ya hemos hablado.

Estos casos son bastante numerosos, y Allan Kardec los estudió y destacó(2). Después de él, también Eug. Nus ha hablado de esto, relatando otros casos(3).

Nosotros citaremos los más recientes. Algunos llegan hasta la locura.
De esto se han sacado argumentos contra el Espiritismo. En realidad, son simplemente el resultado de la ligereza y falta de precaución de los investigadores y nada prueban contra sus principios.

En todas partes, en el Espiritismo, al lado del mal yace el remedio.
Es necesario, decimos nosotros, rodearse de precauciones para practicar la mediumnidad.

Los caminos que el Espiritismo abre entre el mundo oculto y el nuestro pueden ser invadidos por almas perversas que flotan en nuestra atmósfera, sino sabemos cómo conseguir una protección segura. Muchas almas delicadas y sensibles, encarnadas en la tierra, han sufrido por tratar con espíritus dañinos, cuyos deseos, apetitos y lamentos, llegan sin cesar hasta nosotros.

Las almas elevadas saben, con sus consejos, protegernos contra toda clase de abusos y peligros, guiándonos por los caminos de la sabiduría; mas su protección sería insuficiente si nosotros no nos esforzáramos en ser mejores.

El destino del hombre es precisamente desarrollar sus propias fuerzas, construir él mismo su inteligencia y su conciencia. Es preciso que sepamos alcanzar un estado moral que nos evite ser presa de espíritus inferiores. Sin esto, la presencia de nuestros guías será incapaz de salvaguardarnos.

Por el contrario, la luz que derraman a nuestro alrededor atraerá a los espíritus de los abismos, como una lámpara encendida en la noche atrae las polillas y las aves nocturnas, a todos los seres voladores de las sombras.

Hemos hablado de las obsesiones, citamos a continuación algunos ejemplos:

El médium Philippe Randone dice La Médianita, de Roma(4), se ve asediado por el ataque de un espíritu, llamado uomo fui, quien disfruta por la noche, echando muebles sobre la cama cuando él está durmiendo, para sepultarle bajo ellos. En plena sesión, se apoderó violentamente de Randone, y le tiró al suelo, a riesgo de matarle. Hasta hoy, no ha podido librarse el médium de un huésped tan peligroso.

Por otro lado, la revista Luz y Unión, de Barcelona (diciembre, 1902), cuenta que una infeliz madre de familia, inducida a matar a su marido y sus hijos por una influencia oculta, víctima de arrebatos de ira que los medios ordinarios no podían evitar, se curó completamente al cabo de dos meses, como resultado de la evocación y la conversión del espíritu obsesor mediante la persuasión y la oración. Es cierto que resultados análogos se obtendrían, en muchos casos, utilizando los mismos medios.

La mayoría de los espíritus que intervienen en los fenómenos inquietantes pueden ser clasificados como obsesores.

El fantasma de Valence-en-Brie (1896), que cambiaba de sitio los muebles en casa del Sr. Lebègue, y cuya voz se oía desde el sótano hasta la buhardilla, insultando a los habitantes de la casa, con palabras groseras y expresiones soeces, es el tipo de manifestantes de bajo nivel.

La revista Psychische Studien, de agosto de 1891, publicaba un caso análogo.
Una pobre mujer de Goepingen, de 50 años, era perseguida por el espíritu de su marido, que después de abandonarla para irse a América con otra mujer, había matado a su amante y más tarde se suicidó. Producía en la habitación de la viuda ruidos continuos y variados, no dejando dormir a los inquilinos de al lado. Ella reconocía su voz, y se vio obligada a cambiar varias veces de domicilio, pero inútilmente. El espíritu la seguía a todas partes. Se metía por la noche en su cama, la empujaba violentamente y le ti-raba del cabello. Una vez le apretó tan fuerte que durante quince días conservó la marca en la piel.

Estos malos espíritus son, generalmente, ignorantes, y se puede lograr que vuelvan al camino del bien a través de la dulzura, la paciencia y la persuasión. Los hay tan malos, endurecidos y hasta temibles, que no se les podría desafiar impunemente, si no se está bien armado de voluntad, fe y moralidad.

Es bueno repetirlo: la ley de correspondencia es la que regula todo en el mundo de lo invisible.

Nuestros contactos con el mundo ultraterrestre varían hasta lo infinito, según la naturaleza de nuestros pensamientos y fluidos. Éstos son imanes muy poderosos, lo mismo para el bien que para el mal. Por medio de ellos nos podemos asociar a lo que hay mejor o peor en el Más Allá, provocando a nuestro alrededor las manifestaciones más sublimes o los fenómenos más repugnantes.

Vamos a citar dos casos de obsesión interesantes que se pudieron solucionar de formas diversas.

Los Annales des Sciences Psychiques de enero de 1911 publicó el siguiente caso, atestiguado por el Sr. E. Magnin, profesor de la Escuela de Magnetismo:

Una joven, aquejada de dolores de cabeza de origen neurasténico, a los que se había añadido desde hacía unos años una obsesión suicida, vino a consultarme.
Un profundo examen me reveló un organismo sin ningún defecto físico.
El lado psíquico, por el contrario, dejaba mucho que desear: emotivo, caprichoso, fácilmente sugestionable.
La enferma insistía en tener una ansiedad aterradora.
Decía tener una sensación de pesadez en la nuca, a veces insoportable en los hombros; y en esos momentos sentía un impulso casi irresistible de suicidarse.

Mantuvimos una larga conversación, en la que la enferma me dijo que antes de casarse había sido cortejada por un oficial al que amaba pero que razones familiares impidieron el matrimonio.
Él había muerto, y poco tiempo después, se apoderó de ella esa sensación de poner fin a su vida.
Ese era sin duda el origen de la idea obsesiva y necesitaba un tratamiento psicoterapéutico.
Se le dieron muchas sesiones en estado de vigilia sin éxito; yo procedí a continuación a probar la reeducación por medio de la hipnosis magnética y no obtuve ninguna mejoría; las sugestiones imperativas durante el sueño hipnótico no dieron resultados apreciables.

Decidí con el consentimiento del marido, sin que lo supiera la paciente, utilizar una médium a la que yo había estudiado durante algún tiempo y que a menudo me había dejado estupefacto por la claridad de clichés visuales que su don de vidente le permitía describir.
No hablé una palabra de la situación a la médium.
Ni permití que viera a la paciente hasta que estuvo dormida.
Le advertí que yo no le preguntaría y que ella no tendría más que describirme lo más claramente posible lo que viera con su don de visión psíquica.

Apenas entró tras la enferma, dormida en un sillón, me describió a un ser que parecía estar aferrado a la espalda de la paciente.
Sin demostrarle mi sorpresa ni el gran interés que despertó esta constatación, yo le rogué a la vidente que me indicara la posición exacta de ese ser invisible.
—Con su mano derecha –dijo ella– él rodea el cuello de la paciente y con la izquierda esconde su propia frente.

Después, sofocada por la emoción, gritó —¡él se suicidó y quiere que ella le haga compañía!
Le pedí que me describiera su cara y su expresión:
—Tiene una mirada muy extraña –dijo ella.

La médium y yo, pudimos hablar con ese ser.
Mi conversación fue larga e incómoda; sentí un alivio y una verdadera satisfacción cuando escuché al médium decir que mis argumentos habían convencido al fantasma y que tuvo piedad, prometió dejar a su víctima en paz.

Desperté a la paciente dos horas después de irse la médium.
Yo no le dije ni una palabra de aquella experiencia que ella debía ignorar.
Al despedirse me dijo:
—Me siento hoy más aliviada.

A los dos días, ella volvió a verme; estaba transformada.
Su expresión, su actitud, su ropa, todo denotaba un cambio radical en sus pensamientos; su naturalidad, su alegría, su gusto por las artes habían vuelto de un día a otro; su marido no la reconocía, con un cambio tan brusco.

Después del experimento, esta joven no ha vuelto a sentir el agobio en el cuello, ni la sensación física de tener un peso en la espalda, ni la obsesión psíquica del suicidio; su salud es en todos los aspectos perfecta hasta hoy.

Una discreta investigación me demostró que este oficial no murió de una fiebre infecciosa, como se creía en su entorno, sino que se había suicidado de un disparo en la cabeza.
La naturaleza de su carácter era la descrita por la médium y su mirada extraña era consecuencia de un ligero estrabismo.

En Luce e Ombra, de enero de 1905, Enrico Carreras informa sobre las luchas por la influencia que se produce en las sesiones celebradas por el médium Politi, entre el espíritu protector Ranuzzi y el observador Spavento:

Me acuerdo que una tarde, en medio de la oscuridad, encontrándome solo frente a él porque mis dos compañeros de estudio habían huido aterrados, tuve que apoyar al médium, pues Spavento había entablado con él, una lucha encarnizada, en la que yo tuve que hacer uso de toda la fuerza de la que fui capaz.

He querido contar esto para demostrar a los principiantes que el Espiritismo no es cosa que se deba tomar a broma, pues puede acarrear graves consecuencias y también para demostrar a los profesores de la escuela materialista lo lejos que están de las inofensivas personalidades segundas de Binet y de P. Janet. Estas personalidades mediúmnicas o, mejor dicho, espíritas, capaces de producir los fenómenos descritos anteriormente, por no mencionar otros tantos, como animales aullando escuchados hasta en la calle y repetidos silbidos agudos, violentas explosiones, que se producían en una casa contigua a la nuestra que estaba deshabitada, etc.

El sistema que adoptamos y la colaboración diligente de Ranuzzi, que se esforzaba en calmar a Spavento por una parte, y por la otra en apoyar al médium, materializándose por la noche en su habitación y hablando con él para darle ánimos, aconsejándole, transmitiéndole buenos fluidos.
Esta táctica, pensamos nosotros, no tardó en producir sus buenos efectos.

Poco a poco, Spavento cambió, tanto en sus manifestaciones físicas como en su moral. Renunció a su primer nombre para tomar el de César y se convirtió, para nuestra gran satisfacción, en uno de nuestros más queridos amigos invisibles. Quizás tenga pronto la ocasión de contar a mis fieles lectores como se produjo esa lenta transformación, que nos costó mucho trabajo, pero que ha sido ampliamente recompensado.

¿Por qué medios se puede proteger a los médiums de los peligros de la obsesión? Pues, rodeándoles de una atmósfera de paz, recogimiento, seguridad moral, uniendo todas las voluntades para formar un haz de fuerzas magnéticas.

El médium se ha de sentir apoyado y protegido. No debemos pasar por alto la oración. Los pensamientos son fuerzas, tanto más potentes cuanto más puros y elevados sean. La oración, añadida a la unión de voluntades, forma una barrera fluídica infranqueable para las entidades inferiores.

El médium, por su parte, ha de resistir también, con el pensamiento y la voluntad a todo intento de obsesión y librarse de dominaciones sospechosas. Es más fácil prevenir que curar.

Los casos de incorporación son los que ofrecen mayor peligro.
Tampoco el médium debe entregar su cuerpo a otras almas si no es bajo la vigilancia y control de un guía iluminado.

Es un error y un abuso creer que el médium ha de ser siempre pasivo y someterse sin reservas a las influencias ambientales. El médium no es un sujeto servil, como esos enfermos sensitivos sometidos a los experimentos de ciertos especialistas. Es un misionero cuya conciencia y voluntad nunca deben ser aniquiladas, debe ejercitarse sabiamente y doblegarse juiciosamente, después de examinar la dirección oculta impresa en la influencia. Cuando los influjos sentidos le parezcan malos y degeneren en una obsesión, el médium no ha de dudar en cambiar de ambiente, o al menos alejarse de las personas que puedan favorecer o atraer las malas influencias.

Al eliminar las causas de la obsesión, las causas de la enfermedad se eliminan simultáneamente. Son los fluidos impuros los que alteran la salud de los médiums, perturbando y disminuyendo sus más hermosas facultades.

En los fenómenos de incorporación, se abusa con frecuencia del magnetismo humano. Solamente puede ser aceptada la acción fluídica de un hombre de bien, de costumbres puras y de elevados pensamientos.

El médium, en cualquier circunstancia, debe ponerse bajo la protección de su guía espiritual, que si es elevado y enérgico, sabrá alejarle de todos los elementos perturbadores y de todas las causas de sufrimiento.

En resumen, los malos espíritus no pueden influir en nosotros más que en la medida que nosotros les dejemos. Cuando la razón es recta, el corazón puro y la voluntad firme, sus esfuerzos son vanos.


Una protección oculta eficaz, hemos dicho que es la condición esencial del éxito en el campo de la experimentación. No hay grupo que pueda prescindir de ella. Los hechos lo demuestran y todos los médiums que han publicado sus recuerdos o sus impresiones dan testimonio de ello.

Madame d’Espérance, dedicó su libro: Au Pays de l’ombre, a su guía espiritual, Hummur Stafford, «cuya mano principal, aunque invisible, y cuyos sabios consejos, han sido su fuerza y su consuelo durante el viaje de la vida».

La Sra. Piper, debilitada y enferma por el contacto con espíritus inferiores, debió su restablecimiento y la buena orientación de sus trabajos a la firme y enérgica intervención de los espíritus Imperator, Doctor y Rector, según hemos explicado con anterioridad. Gracias a ellos, sus experimentos, antes confusos, se volvieron en poco tiempo, claros, precisos y convincentes(5).

Se podrían multiplicar estos ejemplos.

Allan Kardec constituyó la doctrina espírita con la ayuda de las revelaciones procedentes de espíritus superiores. En nuestro propio grupo, gracias a la influencia de espíritus elevados, obtuvimos los bellos fenómenos que hemos relatado antes. Es verdad que esa ayuda se nos concedió después de esperar mucho tiempo y ser perseverantes en los ensayos.

En este orden de cosas, se obtiene lo que se merece, con una paciencia puesta a prueba durante mucho tiempo y un desinterés absoluto.

Cuando investigamos nos encontramos con inteligencias extrañas y voluntades que, a menudo, superan las nuestras y les importan poco nuestras exigencias y nuestros caprichos. Leen nuestra mente y hay que saber ganarse su confianza y su apoyo con nobles intenciones y objetivos generosos.

Esta protección, que planeaba sobre nuestro grupo y se mantenía tanto tiempo como permanecíamos unidos con la mente y el corazón, no me abandonó a lo largo de mi carrera de conferenciante, y me alegro de poder dar testimonio de ello aquí, en señal de agradecimiento, de un alma sincera y sensible, a esos nobles amigos del espacio, cuya asistencia ha sido tan valiosa en mis horas difíciles.

Más de una vez, al tener que enfrentarme a un público escéptico, incluso hostil, y tratar en salas repletas temas muy controvertidos, me encontraba en condiciones físicas muy adversas. Y cada vez que eso sucedía, ante mi llamamiento urgente, mis guías invisibles venían a darme las fuerzas necesarias para que cumpliera mi tarea.

Se ve cuán necesaria es en las sesiones la protección de un guía serio, enérgico e instruido. Cuando el guía es insuficiente, se multiplican las dificultades y abundan las mistificaciones. Los espíritus ligeros se mezclan con los de nuestra familia y perturban sus manifestaciones.

A veces se deslizan en las reuniones intrusos de una obscenidad indignante.
El profesor Falcomer, en su Phènomènographie(6), habla de un caso en que «a piadosas manifestaciones les siguió un lenguaje irreverente, dictado por los golpes en el velador, dirigido a tres señoras y una jovencita. El lenguaje era el de un ser insolente y horrible y no se puede transcribir. La madre del profesor y los demás asistentes sintieron un gran disgusto».

La acción de los espíritus malignos y envilecidos no solo pone en ridículo y desacredita nuestra causa, alejando a personas escrupulosas y bien educadas, sino que también empuja a los médiums al engaño y destruye a la larga su buen juicio y su dignidad.

Se comienza por reírse y burlarse de las respuestas cínicas o disparatadas de estos espíritus; eso les atrae, y estos visitantes incómodos a quienes se les abre así la puerta, vuelven, se acercan a vosotros y se convierten a veces en temibles obsesores.


El Espiritismo, considerado peligroso por unos y pueril y vulgar por otros, no es conocido por la mayoría de la gente más que en sus aspectos más triviales. Son los fenómenos más materiales los que llaman su atención especialmente, originando juicios desfavorables.

Este estado de cosas se debe a los puristas y propagandistas que, viendo en el Espiritismo una ciencia puramente experimental, descuidan o descartan por sistema, algunas veces con desdén, los medios de entrenamiento y elevación mental indispensables para producir manifestaciones realmente impresionantes.

No se tiene muy en cuenta las considerables diferencias que existen entre la vibración psíquica de los investigadores y la de los espíritus susceptibles de producir fenómenos de gran alcance, y no se hace nada para atenuar estas diferencias. Este es el motivo de que haya más manifestaciones vulgares que elevadas.

En consecuencia, numerosos críticos, sin conocer más que el aspecto práctico de la cuestión, nos acusan diariamente de querer elaborar con hechos mezquinos una magna doctrina. Si estuvieran más familiarizados con el aspecto trascendental del Espiritismo, reconocerían que no hemos exagerado nada; por el contrario, nos hemos quedado por debajo de la realidad.

Cualesquiera que sean las reticencias de los teóricos positivistas y «antimísticos», les vendría bien tener en cuenta las indicaciones de los hombres competentes, sin hacer del Espiritismo una precaria ciencia llena de oscuridades y peligros para los investigadores.

El amor a la ciencia no basta –ha dicho el profesor Falcomer– se necesita también la ciencia del amor.

En los fenómenos, nosotros no solo tenemos relación con elementos físicos, sino también con agentes espirituales, seres morales, que como nosotros piensan, aman y sufren. En las profundidades del mundo invisible, las almas se distribuyen en una enorme cadena jerárquica que va de las más oscuras a las más luminosas; y depende de nosotros atraer a unas y alejar a otras.

La única forma de conseguirlo es crear en nosotros, a través de nuestros pensamientos y actos, un punto que irradie pureza y luz.

Toda comunicación es producto del pensamiento. Esta es la esencia de la vida espiritual; es una fuerza que vibra con una intensidad creciente, a medida que el alma va subiendo, desde el ser inferior al espíritu puro y del espíritu puro a Dios.

Las vibraciones del pensamiento se propagan a través del espacio y atraen pensamientos y vibraciones similares. Si comprendiésemos la naturaleza y el alcance de esta fuerza, solo tendríamos elevados y nobles pensamientos. Pero el hombre aún no se conoce a sí mismo, al igual que desconoce la capacidad inmensa de las facultades creativas y productivas que subyacen en él, con ayuda de la cuales, podría renovar el mundo.

En nuestra inconsciencia y debilidad, a menudo, atraemos seres malos, cuyas sugerencias nos perturban. Así es como la conexión espiritual se altera, se oscurece por nuestra inferioridad. Fluidos envenenados se extienden por la tierra, y la lucha entre el bien y el mal se desarrolla tanto en el mundo oculto como en el mundo material.

La atracción de los pensamientos y las almas es toda la ley de las manifestaciones psíquicas. Todo es afinidad y analogía en el mundo invisible.

Investigadores, que buscáis el secreto de las tinieblas, elevad muy alto vuestros pensamientos, a fin de atraer a los genios inspiradores, las fuerzas del bien y lo bello. Elevaos no solo durante el estudio y la experimentación, sino frecuentemente, a todas las horas del día, como si fuera un ejercicio sano y regenerador. No olvidad que son estos pensamientos los que lentamente, refinan y depuran nuestro ser, amplían nuestras facultades y nos hacen aptos para sentir las más delicadas sensaciones, que originarán nuestra felicidad futura.



El problema de la mediumnidad permanece oscuro e incomprendido para la mayoría de los psicólogos y teólogos de nuestra época. En el pasado se tenían sobre este punto conocimientos más intensos, e incluso en la Edad Media, algunos hombres, herederos de la sabiduría antigua, han visto bien la cuestión. En el siglo XII, Maimónides, el sabio rabino judío de Córdoba, discípulo de Averroes, se inspiró en las doctrinas de la Kábala que resumía en los siguientes términos la ley de la mediumnidad:

El espíritu planea sobre la humanidad hasta encontrar el lugar de su morada; no toda la naturaleza le conviene; su luz no se halla a gusto sino con el hombre sabio, sano, instruido entre sus semejantes. Quien aspire a los honores de tan sublime comercio ha de aplicarse en perfeccionar su naturaleza tanto por dentro como por fuera. Ame la soledad, se acompañe de los libros sagrados, prolongue sus meditaciones y vigilias, llenando su alma de conocimientos y virtud. Sus alimentos están asentados, elige sus manjares y sus bebidas, para que en su cuerpo sano y en su carne renovada, circule la sangre generosamente. Entonces, todo estará dispuesto: la fuerza, la sabiduría, la prudencia, le harán profeta o vidente cuando el espíritu le encuentre en su camino(7).

El hombre pues, ha de someterse a una preparación complicada y observar ciertas reglas de conducta para desarrollar en él el precioso don de la mediumnidad.

Hace falta para esto conseguir simultáneamente la cultura de la inteligencia, del alma y del cuerpo. Es necesario la ciencia, la meditación, el recogimiento y el desprendimiento de las cosas humanas.

El espíritu inspirador detesta el ruido: «Dios no habita en la perturbación», dicen las Escrituras, y un proverbio árabe lo repite: «El ruido es para los hombres, el silencio es para Dios».

«Es preciso perfeccionarse por dentro y por fuera», dijo el sabio judío. En efecto, las relaciones vulgares perjudican la mediumnidad, a causa de los fluidos impuros que se desprenden de las personas viciosas que se unen a los nuestros para neutralizarlos. Hace falta también tener cuidado del cuerpo: Mens sana in corpore sano. Las pasiones carnales atraen a los espíritus lujuriosos; el médium que se entrega a ellas degrada su poder y acaba por perderlo.

Nada debilita las elevadas facultades como entregarse al amor sensual; perjudica al cuerpo y enturbia las fuentes limpias de la inspiración. Así como el lago más puro y profundo, cuando lo agita la tempestad y hace subir a la superficie el fango que yacía en el fondo, deja de reflejar el azul del cielo y el esplendor de las estrellas; así el alma del médium, perturbada por actos impuros, se vuelve inapropiada para reproducir las visiones del Más Allá.

Hay en lo más hondo, en los recovecos ocultos de toda conciencia, un punto misterioso por donde cada uno de nosotros está confinado a lo invisible, a lo divino. Ésta es la zona que necesitamos descubrir, ampliar y dilatar. Es la ultra conciencia la que se despierta en el trance, como un mundo dormido, y revela los secretos de anteriores existencias del alma.

Es la gran ley de la psicología espírita, uniendo y conciliando, en el fenómeno mediúmnico, la acción del espíritu y la libertad del hombre.

Es el beso misterioso que resulta de la fusión de dos mundos en este ser frágil y fugaz que somos.

Es uno de los más nobles privilegios, una de las mayores grandezas de nuestra naturaleza.

La mediumnidad superior conlleva grandes deberes y responsabilidades.
«Mucho se les pedirá al que mucho ha recibido». Los médiums están aquí incluidos. Su certeza es más grande que la de los demás hombres, puesto que por anticipado viven en el mundo invisible, al que les unen lazos cada vez más estrechos.

Un sabio ejercicio de sus facultades les eleva hacia las esferas luminosas del Más Allá y les prepara un sitio en ellas. Desde el punto de vista físico, estos ejercicios son sanos. El médium se baña, se templa en un océano de efluvios magnéticos que le dan fuerza y poder.

En cambio, tiene deberes imperiosos que cumplir, y no debe olvidar que sus poderes no le son otorgados para sí mismo, sino para el bien de sus semejantes y el servicio a la verdad. Es una de las más nobles tareas que le puede corresponder a un alma en este mundo. Para cumplirla, el médium debe aceptar todas las pruebas, saber perdonar todas las ofensas y olvidar todas las injurias. Su destino quizá será doloroso, pero es también el más bello, pues conduce a las alturas de la espiritualidad. En el largo camino de la historia, la vida de los más grandes médiums y profetas, le dan el ejemplo de abnegación y sacrificio.


Escrito por Léon Denis. Publicado en su libro En lo Invisible: Espiritismo y Mediumnidad. Tratado de Espiritismo Experimental. Hechos y Leyes”. Puedes descargarte gratuitamente una copia para leer en PDF desde este enlace: En lo Invisible | Curso Espírita (cursoespirita.com). También puedes escuchar el audio libro, o ver el vídeo libro desde este otro: Audiolibro En lo Invisible (Primera Parte) – YouTube

Referencias___

(1) Th. Darei, La Folie, obra entera.

(2) Allan Kardec, El Libro de los Médiums, pág.307 a 326.

(3) Ver Choses del’autre monde, pág.139, se cuenta el caso de Víctor Hennequin, quien se obstinó en experimentar solo y sin control y se volvió loco. Por medio dela mesa recibía comunicaciones de «el alma de la tierra» y se creyó elevado al rango de «semidiós» de este planeta. Puede ser, sin embargo, que no fuese más que un caso de autosugestión inconsciente.

(4) Reproducido por el Spiritualisme moderne, París, abril de 1903, pág.
57.

(5) Ver capítulo XIX de En lo Invisible por Léon Denis.

(6) Reproducido por la Revue Spirite, 1902, pág. 747.

(7) Dux dubitantium et director perplexorum (Guía de los extraviados).Trad. Münck. Tomo I,pág.328.

Imagen de la película norteamericana de terror Ouija, dirigida por Stiles White. (Nota sobre la imagen que ilustra ese artículo)

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