La Vida y la Muerte

¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?

Muchas definiciones se han dado, varias son las que se pueden dar y muchísimas las interpretaciones que de ellas se pueden hacer; sin embargo, preciso nos es el explanar una pobre definición, para seguir el curso de nuestro escrito.

Vida, es aquel período mediante el cual, el cuerpo está animado por el fluido vital y contiene en sí al espíritu, el que obra sin cesar sobre la materia, dirigiendo sus acciones.

Muerte, es aquel estado en que ya nuestros órganos materiales no pueden desempeñar sus funciones por haberlos abandonado el fluido vital, a cuyo abandono sigue el del espíritu.

¿Para qué la vida? dice el hombre que cubierta su inteligencia por la venda de la ignorancia camina por cimas y precipicios. Si para esto nos hizo Dios… dice el que cruzando la inmensidad de los mares tropieza en insuperables escollos, ¿para qué la vida?

Si no puedo alimentar mi cuerpo dice el que fatigado por el trabajo se dirige con vacilante paso hacia el hogar doméstico ¿para qué la vida?

Y una voz incesantemente les grita, maldita sea la vida, ¡maldita! y un eco repite en lontananza, bendita sea mil veces, ¡bendito!

¿Para qué la muerte? dicen muchos hombres, que los apetitos materiales son su norte.

¿Para qué la muerte? exclaman los hombres que cifrando su bienestar en este mundo no reconocen un ser infinito, un lugar de bienestar eterno, un más allá de este mundo material.

¿Para qué la muerte? exclaman en fin los que no se conocen así mismos; y a estos como a los otros les contesta su materia embrutecida, maldita sea la muerte, ¡maldita! y el eco repite en el espacio, bendita sea mil veces ¡bendita!

Cegado por la materia camina el hombre y a cada paso maldice su existencia como el avaro maldice su vida cada momento, cuando ve que su prefijado día se acerca y enloquece maldiciéndolo.


¿A qué se deben estos extravíos de la inteligencia? ¿Quién hace blasfemar a estos hombres contra las inmutables leyes del Creador?

Su ceguedad espiritual, la oscuridad que les rodea, el abismo en que habitan.

De seguro que si ellos supiesen que se vive para gozar y se muere para vivir, no hay duda que el marine cruzaría el Océano bendiciendo al Padre, lo mismo que el que viese la muerte cerca moriría bendiciéndola.

Si supiesen que el Espíritu encarnado se purifica y purga sus faltas para un día gozar de las delicias infinitas, no maldecirían la vida, como no maldecirían la muerte si supiesen que nuestro Espíritu al abandonar la materia, da un paso más hacia nuestro Dios y Padre.

No se puede dudar que

  • si el hombre prestase atención a reflexiones razonadas,
  • si no ignorase que al encarnar tiene una misión que cumplir o una prueba que pasar,
  • si supiese que en el trascurso de su vida había de realizar su misión con fidelidad o sufrir su prueba con resignación,
  • en ninguno de los dos casos le faltaría fuerza moral: no aborrecería, no maldeciría.

Si la extraviada mente del hombre alcanzase a comprender que

  • la muerte da libertad al Espíritu, el cual, según sus obras, tiene que rendir cuentas ante el tribunal de Dios;
  • si supiera que de esto depende el encarnarse en otro mundo menos material o quedarse estacionario,
  • nadie, absolutamente nadie, dudaría de su infinita misericordia.

Y esto sentado, se desprende: que la doctrina Espiritista da resignación al hombre en los trances más crueles de su vida, fortalece su alma y la ayuda a hacer frente a sus sufrimientos y penalidades; ella da a entender que si nosotros venimos a la tierra, es con el sagrado deber de cumplir santos preceptos, y que si de aquí nos separa la muerte, damos un paso más hacia la gloria; ella nos explica y prueba con razón, que los sufrimientos hacen adelantar al Espíritu; ella da luz al entendimiento del hombre y fortalece su inteligencia, y ella; en fin con voz atronadora grita a la conciencia humana: la vida es hoy para sufrir, mañana para gozar.

¿A quién pues, toca propagar esta doctrina? ¿A quién corresponde su enseñanza? corresponde y toca a los que mecen su imaginación en el tranquilo mar Espiritista.

Es menester hermanos,

  • que los que en la vida ven un martirio, vean un camino que les conduce hacia Dios,
  • que los que a la muerte temen, la contemplen con dulzura,
  • que los que la miran con horror, vean en ella el camino que les conduce más pronto a las celestes regiones.

No nos atemoricemos al contemplar su temperatura fría, sus ojos hundidos y extremadamente abiertos, su mirada fija, su cabello en desorden, su boca abierta, sus labios cárdenos, su agrisada espuma; no hemos de mirar su estado físico.

Dejemos a la materia inerte en el mundo material y dirijamos nuestros ojos al mundo Espiritual.

Allí el Espíritu es recibido por unos con dulzura, por otros llorando de alegría, otros llamándole ¡hijo mío! ¡padre mío! ¡madre mía! mientras que en este mundo es recibido con un silencio sepulcral y una pesada losa cubre sus cenizas eternamente.

¿Por qué, pues, atemorizarnos ante el camino del progreso? no dejemos que la muerte nos impida con su descarnado cuerpo vislumbrar la Espiritual.

No diremos a Dios; ¡dadnos la muerte! porque sería contrarrestar su voluntad que son sus leyes, pero con la sonrisa en los labios y la tranquilidad en nuestro Espíritu, esperaremos que la guadaña benéfica nos arrebate del mundo material y nos traslade al Espiritual; esperaremos estremecidos de alegría que llegue nuestra hora y mientras tanto repetiremos la voz de nuestra doctrina.

La vida es hoy para sufrir, mañana para gozar; la muerte murió, la muerte es la vida más ligera.

Por E.S.

Artículo publicado originalmente en La Revelación: Revista Espiritista Alicantina. Año I. Nº5. Marzo de 1872

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