La revolución cósmica

A mediados del siglo XIX se inició para el hombre una apertura cósmica en todo sentido.

Tres siglos posteriores a la revolución copernicana -que comenzó a demoler el geocentrismo de Ptolomeo-, Kardec rompía el órgano centrismo de la concepción científica del hombre, que contaba con el apoyo de la tradición judeocristiana.

Nicolás Copérnico había escrito en latín su tratado De revolucionibus orbium celestium -De las revoluciones de los orbes celestes- que solo fue publicado en 1543, después de su muerte, y condenado por el papa Paulo V.

Kardec publicó El Libro de los Espíritus en 1857, el cual tampoco escapó a la doble condena de la Iglesia y de la ciencia.

La concepción de la vida como inherente a las estructuras orgánicas fue el último refugio del geocentrismo.

Ya que la Tierra no era el centro del Universo, el hombre sustentaba su vanidad y su orgullo considerándose el centro de la vida.

Eso es evidente todavía hoy, pues se trasluce a través de la lucha desesperada de las religiones contra la concepción espirita del hombre y en la empecinada resistencia de las ciencias ante la evidencia resultante de sus propias conquistas.

En la América y la Europa de hoy las declaraciones positivas de Rhine, Soal, Carington y otros más, sobre la existencia de un contenido extrafísico en los seres humanos y de su supervivencia a la muerte orgánica, son combatidas tenazmente y calificadas de ridículas.

Es un curioso espectáculo en la arena intelectual, en que vemos al hombre luchando, con orgullo, por el afán de demostrar que no es más que polvo y ceniza.

Podrán los clérigos argumentar que en las religiones no ocurre lo mismo, dado que los principios religiosos sustentan la concepción metafísica del hombre.

Sin embargo, se puede aplicar a las religiones la advertencia de Descartes en cuanto al peligro de hacerse confusión con respecto al alma y el cuerpo.

Mientras para el Espiritismo el alma es el Espíritu que anima al cuerpo, existiendo una nítida distinción entre uno y otro, las religiones admiten la unidad sustancial del alma y el cuerpo, de tal manera que la resurrección se verifica en el propio cuerpo.

La compleja teoría de materia y forma, de Aristóteles, dio mucho paño para la manga en la teología medieval, resultando en la doctrina de la forma sustancial, en qué forma es sustancia y sustancia es forma.

En consecuencia, materia y forma se confunden y no se logra saber cómo explicar al hombre sin su estructura orgánica de materia, pues se llega incluso a sustentar que el hombre es polvo y en polvo se revertirá con la muerte.

Oponiéndose a esa posición restringida, que reduce al hombre a la condición de bicho de la tierra – según la expresión de Camoens-, el Espiritismo lo reintegra a la dignidad de su naturaleza espiritual y ubica su imagen dentro del panorama cósmico.

La manifestación de los muertos, demostrando que continúan vivos y actuantes en otra dimensión de la vida, y siguen siendo lo que eran a pesar de no poseer más el cuerpo material, no deja ninguna posibilidad de duda sobre la diferencia entre el cuerpo y el Espíritu.

La confusión entre forma y sustancia se resuelve con la demostración de la estructura trina del hombre: el Espíritu es la sustancia, la esencia necesaria, el ser del primado óntico de Heidegger; el periespíritu -cuerpo espiritual o bioplasmático- es la forma de la hipótesis aristotélica, el padrón estructural de los biólogos soviéticos; y el cuerpo es la materia que nos da el ser existencial.

Esa es la tesis espirita de los dos seres del hombre: El ser del Espíritu y el ser del cuerpo.

Y el no-ser -como quería Hegel-, no es un ente específico y autónomo, opuesto al ser, sino que es inherente al ser de relación o existencial, ligado a él en la existencia como una imitación, determinado por la oposición de la existencia al ser.

Es lo que vemos en el problema de la relación Dios-Diablo, en que la figura del Diablo sólo es tomada en sentido mitológico, nunca como real, sino como personificación de las fuerzas del pasado que pesan sobre el ser existencial, embarazando su desenvolvimiento.

El no-ser es lo que no quiere ser, no quiere actualizarse en la existencia, sino permanecer en lo que era, apegado a los residuos de las fases anteriores al ser.

Una de las funciones del ser es la de absorber al no-ser para llevarlo al ser, según la tesis de la transición del inconsciente al consciente, del doctor Gustave Geley.

Es así como el hombre se reintegra, por la concepción espirita, a la realidad cósmica.

No es más un ser aislado en la Creación, privilegiado por la inteligencia y despreciable por la muerte; no es más aquella pasión inútil de Sartre que el tiempo consume y conduce a la nada.

El hombre es la síntesis superior producida por la dialéctica de la evolución creadora de Bergson en los reinos inferiores de la Naturaleza, partiendo de las entrañas de la misma Tierra.

En el curso de millones y millones de años, a partir de la mónada oculta en la materia cósmica, impulsado en la ascensión filogenética de las cosas y de los seres y pasando por la metamorfosis de una ontogenia asombrosa, él alcanzó la conciencia y descubrió la marca de Dios en sí mismo.

Heredero de Dios y coheredero de Cristo -según la expresión del apóstol Pablo-, el hombre no está condenado a la frustración de la muerte, sino destinado a la vida en abundancia en la plenitud de su Espíritu.

No es fácil a la mentalidad necrófila -desarrollada por las religiones de la muerte bajo el peso agobiador de la escatología judaica y de la tragedia griega- comprender esa visión nueva del hombre como ser cósmico.

Por esa razón se acusa al Espiritismo de reactivar antiguas supersticiones y volver a la concepción de la metempsicosis egipcia concebida por el genio de Pitágoras.

Pero no percibe esa mentalidad que la teoría pitagórica de la metempsicosis se imponía en el sistema del filósofo por una intuición de su propio genio y por la necesidad lógica.

El hombre pitagórico anticipó al hombre del Espiritismo en la medida posible de las grandes anticipaciones históricas.

Era un hombre cósmico por ante visión, tan integrado y entrañado en la realidad universal que no podía escaparse del circulo vicioso de las formas si no despertase en su intimo los poderes secretos de la monada.

El concepto del hombre en Pitágoras es infinitamente superior al de las religiones actuales y al de las filosofías de la desesperanza y de la muerte de nuestro siglo.

Cuando Pitágoras hablaba de la música de las esferas no se sumergía en las supersticiones, sino abría la mente de sus discípulos hacia una visión real del Cosmos, que solo en nuestro tiempo habría de mostrarse accesible para todos.

Más tarde, Jesús también anunciaría las muchas moradas que hay en el infinito y enseñaría el principio de la resurrección y de las vidas sucesivas, asustando con ello a un maestro de Israel –Nicodemo– que no sabía de tales cosas.

Ya en una fase más adelantada de la evolución humana, Jesús no se refería a la metempsicosis, sino a la palingenesia del pensamiento griego, a la transformación constante de los seres y de las cosas en el desenvolvimiento del plan divino.

En ese mismo tiempo, en las antiguas Galias, los celtas, quienes para Aristóteles eran un pueblo de filósofos, divulgaban esos mismos principios por la voz de sus bardos, poetas-cantores de las tríadas sagradas.

Y entre ellas, como un druida, Kardec se preparaba para su misión futura en la Francia del sigloXIX.

Vemos, de tal manera, dos ideas paralelas en la filogenética humana:

De un lado tenemos la evolución del principio inteligente a partir de los reinos inferiores de la Naturaleza en los cuales la monada, la simiente espiritual depositada por el pensamiento divino, desarrolla sus potencialidades en una secuencia natural en que podemos distinguir las siguientes etapas: El poder estructurado en el reino mineral, la sensibilidad en el vegetal, la motilidad en el animal y el pensamiento creador en el hombre.

A este esquema lineal tenemos que unir la idea del desenvolvimiento simultáneo de todas esas potencialidades, en un crecimiento incesante y en un proceso dialéctico de un dinamismo tan intenso, y complejo que mal podemos imaginarlo.

Fue eso que llevó, al doctor Gustave Geley -el grande sucesor de Richet- a considerar la existencia en todas las cosas de un dinamismo-psíquico-inconsciente que rige en toda la evolución.

Que abismo entre esa concepción de la génesis universal que el Espiritismo ofrece y la génesis alegórica de las religiones e incluso en relación con la génesis científica, podemos observar la superioridad de la concepción espirita, que no se limita a la idea de un proceso dinámico de las fuerzas que actúan en el plano superficial de la materia, sino que penetra en las entrañas del fenómeno para descubrir el noúmeno, la esencia determinante del proceso y los objetivos graduales y conscientes que son accesibles a nuestra percepción y comprensión.

La creación del hombre, su naturaleza y su destino se nos muestran, de esta manera, inteligibles.

Edipo descifra los misterios de la esfinge.

Con todo, existen personas que acusan al Espiritismo de doctrina simplona, de burdo abecé del espiritualismo, de curso primario de iniciación en los conocimientos superiores de la realidad universal.

Se engañan con el lenguaje sencillo de las obras de Kardec, por medio de las cuales el maestro francés colocó al alcance de todos -gracias a un proceso didáctico dificilísimo de lograr y aplicar-, los más graves problemas que los sabios del futuro tendrán que enfrentar, como ya los están enfrentando en estos momentos. La sencillez de Kardec es tan engañosa como la de Descartes.

Al igual que el Discurso del Método, El Libro de los Espíritus es un desafío permanente a la agudeza intelectual y el buen sentido de los sabios del mundo.

Esos dos libros nos recuerdan la sencillez aparente de las enseñanzas de Jesús, que los teólogos enmarañaron con interpretaciones confusas, no comprendiendo su sentido profundo e impidiendo a los simples comprenderlas.

Mas volvamos a las dos líneas paralelas de la filogénesis humana, para tratar de la segunda.

En la primera tuvimos el proceso natural del desenvolvimiento de las potencialidades del principio inteligente, que podemos comparar con el crecimiento del niño, con los primeros cuidados y con su educación.

Tenemos que aguardar el desarrollo orgánico de la criatura para que sus posibilidades mentales se manifiesten.

Tratamos entonces de orientar sus disposiciones naturales para la etapa escolar.

Lo que observamos en la primera línea paralela fue exactamente ese proceso.

Cuando las potencias de la monada lograron el desarrollo necesario a su individualización definitiva como criatura humana y la conciencia se mostró estructurada, comenzó entonces su proceso de maduración y aprendizaje.

El clan, la tribu, la horda, la familia y las formas sucesivas de civilización representan las etapas de la segunda línea paralela, en la que se realiza el desarrollo cultural.

La inteligencia, ya formada, será cultivada en un largo lapso a través de sucesivas generaciones.

Las diferenciaciones monádicas intuidas por Leibniz, como las diferenciaciones en la constitución atómica verificadas por la Física actual, responden por las características diversas y diversificadoras de las criaturas humanas en sustancia y forma.

Esas diferenciaciones no son solo individuales, sino también grupales, determinando por afinidad los grupos familiares y raciales.

Los elementos de la Naturaleza, del medio físico, y las miscigenias, las mezclas raciales y culturales, contribuirán a acentuar las diversificaciones durante el transcurso del tiempo.

Se nota la existencia de un dispositivo protector de las razas y las culturas en desarrollo, en las primeras fases del proceso, mediante el aislamiento de los grupos afines en los continentes.

Pero ese dispositivo no es artificial, pues encaja naturalmente en el proceso evolutivo, en el que todas las condiciones necesarias devienen de las variantes evolutivas. Son propias del proceso.

Cuando los diversos grupos maduraron suficientemente y lograron un grado relativamente elevado de civilización, se inicia la etapa de las conquistas, de la dominación de los grupos más poderosos sobre los más débiles en una larga y penosa elaboración de nuevas condiciones de vida y cultura.

Kerchensteiner ubica el problema de la cultura subjetiva y de la cultura objetiva poniendo a la primera como correspondiendo al plano de las ideas, de elaboración intelectual, en tanto que a la segunda la pone en el plano de la práctica, del hacer, de las realizaciones materiales.

Ernst Cassirer muestra como la cultura objetiva conserva en sus obras materiales, grabadas en los objetos, las conquistas subjetivas de una civilización muerta.

El Renacimiento, por ejemplo, revela como las conquistas espirituales del mundo clásico greco-romano fueron arrancadas de las ruinas y de los archivos, aparentemente perdidos, y reelaboradas por el mundo moderno.

Dewey, a su vez, acentúa la importancia de la reelaboración de la experiencia en las generaciones sucesivas.

Más, aun cuando hemos llegado al punto en que hoy nos hallamos, dispuestos para un salto cultural de naturaleza cualitativa, todavía no podemos considerarnos como obra concluida.

Como observó sir Oliver Lodge, el hombre aun no está acabado, sino en vías, tal vez, de ser acabado.

Sí, tal vez, porque nuestro optimismo y nuestra vanidad pueden engañarnos al respecto de nuestro grado de actual madurez.

La misma situación de la Tierra, aislada en el espacio y sólo ahora intentando la expansión cósmica, debe advertirnos de que todavía no estamos preparados para ingresar en la comunidad de los mundos superiores.

Somos todavía un oscuro y grosero suburbio de la ciudad de Dios, y sólo a la distancia podemos vislumbrar el esplendor de la luminosidad celeste en la inmensidad cósmica.

Nuestros propios medios de penetración en el espacio sideral son demasiado rudimentarios y precarios.

Nuestros cuerpos animales no nos permiten vivir en condiciones superiores a las de la Tierra.

El desarrollo de nuestras facultades psíquicas están todavía comenzando y nuestra capacidad mental, condicionada por un cerebro de origen animal, no va mucho más allá de los procesos inductivos y deductivos y apenas arañando dificultosamente el mundo esquivo de la intuición.

Como señala Remy Chauvin, ni siquiera hemos conseguido establecer una organización social superior, permaneciendo aun en un plano de barbarie estructurado sobre principios ilógicos que devienen de la selva, puesto que revelan el predominio de la fuerza sobre el derecho No obstante, estamos avanzando mucho más rápido que nunca.

Y si nuestra vanidad y nuestro egoísmo no nos cegasen por completo, si fuésemos capaces de reconocer en el Espiritismo a la doctrina que contiene todos los lineamientos del futuro, la plataforma espiritual, política y social del nuevo mundo que tenemos que construir en el planeta -no más a hierro, fuego y sangre-, sino apelando a los recursos de la inteligencia, la comprensión y la fraternidad, entonces podríamos decir que hemos alcanzado la madurez humana.

En caso contrario volveremos a la selva, recomenzaremos de nuevo el aprendizaje desde el principio, reiniciaremos el curso desperdiciado de las instrucciones superiores, y no tendremos más la compañía de quienes supieron vencer, pues a ellos les habrá correspondido el derecho de iniciarse en los cursos universitarios de la ciudad de Dios, en los que el Padre los matriculará certeramente.

El elegir nos corresponde, nuestra es la decisión.

Dios nos concedió, con la conciencia, el derecho y el deber de las opciones.

Kardec sabía lo que hacía cuando evitaba que se confundiera al Espiritismo con las religiones dogmáticas y formalistas, sin negarle, no obstante, su aspecto religioso. Tuvo incluso el cuidado de no cortar drásticamente las ligaciones de la Doctrina con la tradición religiosa, pues sabía que la evolución podía sufrir, con esa solución de continuidad, graves peligros. El principio espírita del encadenamiento de todas las cosas en el Universo estaba presente en su mente. Pocas obras revelan una comprensión tan clara y profunda de la naturaleza orgánica del Cosmos como la Codificación Espírita.

Es por eso, y no por fanatismo o sectarismo, que no podemos hacer concesiones al pasado en el campo de las actividades doctrinarias.

Avanzamos hacia un nuevo mundo que solo el Espiritismo puede modelar, pues solo el revela condiciones para ello en su estructura doctrinaria.

Pero si no procuramos comprenderlo en toda su grandeza, es indudable que podremos reducirlo a una secta fanática de creyentes oscurantistas.

Evitemos ese regreso al pasado, por nosotros y por todo el género humano.

Tengamos el coraje de avanzar sin muletas y sin ningún temor a la civilización del Espíritu.

Escrito por J. Herculano Pires. Publicado en su libro “La Agonía de las Religiones”. Puedes descargarlo desde este enlace: La Agonía de las Religiones | Curso Espírita (cursoespirita.com)

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