La Experiencia Espírita de Víctor Hugo

Victor Hugo tenía fe en el Plan Divino del Universo por cuya razón asentaba su lirismo sobre esa profunda convicción.

Confiaba en la ley del progreso y admitía que todo evoluciona a pesar de las incertidumbres humanas.

Cuando el hombre en su orgullo llega a considerarse “el fin y la meta del universo”, el poeta exclama: ¿Crees que esa vida universal, que va desde la rosa hasta el árbol, desde el árbol hasta el animal, que asciende insensiblemente desde la piedra hasta ti, se detiene ante la escarpadura del abismo del hombre?

No, prosigue invencible y admirable, entra en lo invisible y en lo imponderable, se desvanece para ti, llena el azur de un mundo deslumbrador, penetra en seres que están cercanos al hombre y en otros seres que están lejos de él, en espíritus puros, en ángeles, formados de rayos, como el hombre está formado de instintos.

Continúa a través de cielos siempre encendidos, ascendiendo por escalas de estrellas; desde los demonios desencadenados, asciende hasta los seres alados, ata al astro espíritu con el arcángel sol; liga, salvando millones de leguas, los grupos de las constelaciones con las legiones azules; puebla lo alto, los bordes y el centro, y en todas las profundidades se representa en Dios”.

La visión cósmica que sobre el hombre tenía nos recuerda este hermoso escrito mediúmnico: “Habitante del espacio, fénix que renace de la materia, peregrino de los mundos que deja en cada uno de ellos un ser que fue y es él, cuenta sus horas por duraciones de vida. Guerrero incansable, se viste de organismo para luchar y añadir a sus dominios más verdad y a su poder más luz”. – Daniel Suárez Artazu: Marietta y Estrella. Paginas de dos existencias.

La primera sesión mediúmnica de Victor Hugo fue publicada por Gustavo Simón (ver su libro “Les tables tournantes de Jersey”, editorial Louis Conard. París), en la cual se manifestó su hija Leopoldina, hacía poco fallecida en un naufragio.

Y labró el acta correspondiente el célebre poeta y dramaturgo Augusto Vacquerie.

He aquí el relato:

“Cuando se hablaba de las mesas giratorias, nosotros dudábamos.

Hablamos intentado hacerlas girar, pero sin éxito cierto.

Veíamos sobre todo, en la atención que en todas partes se dedicaba a estos fenómenos, una treta de la policía francesa para distraer el espíritu público de las vergüenzas del gobierno.

En ello estábamos cuando Mme. de Girardin vino a Jersey para visitar a Victor Hugo.

Llegó el martes 6 de septiembre de 1853.

“Nos habló de las mesas.

No solamente giraban: hablaban también.

Se convenía con ellas que los golpes que diesen serían las letras del alfabeto y que se escribiría la letra en la cual se detuviesen.

Así se obtenían, letra por letra y palabra por palabra, frases y páginas enteras.

Nosotros vimos en esto una paradoja del encantador ingenio de Mme. de Girardin.

Tan es así que el miércoles, mientras trataba de hacer hablar a una mesa con Victor Hugo, en el comedor, nosotros permanecimos en el salón.

La mesa no habló.

Mme. de Girardin dijo que el fracaso se debía a que la mesa era cuadrada y que se precisaba una redonda.

No la teníamos.

El jueves, ella misma trajo una mesita redonda de tres patas que había comprado en Saint Héher en un bazar de juguetes.

Al día siguiente volvió a probar sin éxito.

Yo, particularmente, creía tan poco en las mesas que hablaban, que me fui a acostar en cuanto se pusieron a la mesa.

El sábado, Victor Hugo y Mme. de Girardin cenaron en casa de un señor de Jersey, M. Gordfray.

Mme. de Girardin. Volvió a probar, pero inútilmente.

El domingo por la noche he aquí lo que aconteció.

ACTA

“Asistentes Madame de Girardin, Madame Victor Hugo, Victor Hugo, Carlos Hugo, Francisco Victor Hugo, señorita Hugo, General Le Fló, Madame de Treveneue, Augusto Vacquerie.

Mme. de Girardin y Augusto Vacquerie se ponen a la mesa, colocando la mesita redonda encima de una mesa grande cuadrada.

Al cabo de algunos minutos la mesa se estremece.

Mme. de Girardin: ¿Quién eres? (La mesa levanta un pie y no lo baja).

Mme. de Girardin: ¿Hay algo que te molesta? Si es así, da un golpe; si no, dos golpes. (la mesa da un golpe).

Mme. de Girardin: ¿Qué?

-Rombo.

(En efecto, estábamos formado un rombo, colocados a ambos lados de un ángulo de la mesa grande).

(La mesa se agita. va y viene, rehúsa contestar. Yo me separo de la mesa. El General Le Fló ocupa mi lugar. En la mesa Carlos Hugo y el General Le Fló).

El general Le Fló: -Dime el nombre en que pienso.

Mine, de Girardin, al mismo tiempo: -¿Quién eres?

-Hija.

(El General Le Fló no pensaba en su hija. Yo pienso en mi sobrino Ernesto y pregunto:)

-¿En quién pienso?

-Muerta.

Mme. de Girardin, muy emocionada: ¿Hija muerta?

(Yo vuelvo a decir:)

-¿En quién pienso?

-Muerta.

(Todos piensan en la hija que Victor Hugo ha perdido).

Mme. de Girardin: -¿Quién eres?

-Ame soror

(Mme. de Girardin había perdido a una hermana. La mesa dijo soror, en latín para decir que era hermana de un hombre?).

El General Le Fló: -Carlos Hugo y yo, que tenemos la mesa, hemos perdido una hermana cada uno.

¿De quién eres hermana?

-Duda.

El General Le Fló: -¿Tu país?

-Francia.

El General Le Fló: -¿Tu ciudad?

(Ninguna respuesta. Todos sentimos la presencia de la muerte. Todo el mundo llora).

Victor Hugo: -¿Eres feliz?

-Sí

Victor Hugo: -¿Dónde estás?

-Luz.

Victor Hugo: -¿Qué hay que hacer para ir a ti?

-Amar.

(A partir de este momento, en que todos estamos emocionados, la mesa, como si se viera comprendida, ya no vacila más. En cuanto se la interroga responde inmediatamente. Cuando tardamos en hacerle una pregunta se agita y va de derecha a la izquierda).

Mme. de Girardin: ¿Quién te envía?

-Buen Dios.

Mme. de Girardin, muy emocionada: -Habla tú misma.

¿Tienes algo que decirnos?

-Sufrid para el otro mundo.

Yo no estaba convencido en absoluto.

No es que creyese precisamente que Mme. de Girardin se burlaba de nosotros y daba voluntariamente los golpes.

Pero yo me decía que a fuerza de deseo y de tensión de espíritu, podía dar a su mano una presión involuntaria.

Vamos a buscar otra, mesa, sobre la cual colocamos la pequeña.

Mme. de Girardin y Carlos Hugo se colocan de manera que cortan la mesa-soporte en ángulo recto.

La mesa se agita.

El General Le Fló: Dime qué pienso.

-Fidelidad.

(El General Le Fló pensaba en su mujer. Yo estaba algo menos convencido. Me parecía tan ingenioso y espiritual responder “fidelidad” a un marido que piensa en su esposa, que atribuía la respuesta a Mme. de Girardin).

Victor Hugo escribe una palabra en un papel y lo coloca, cerrado, encima de la mesa.

Augusto Vacquerie: ¿Puedes decirme el nombre escrito ahí dentro?

-No

Victor Hugo: -¿Por qué?

-Papel.

Todas estas respuestas comenzaban a extrañarnos un poco.

Para estar más seguro que no era Mme. de Girardin quien actuaba, solicito ponerme a la mesa con Carlos Hugo.

Me pongo con él.

La mesa se mueve.

Pienso en un nombre y digo: ¿Cuál es el nombre en que pienso?

-Hugo.

En efecto, éste era el nombre.

En este momento empecé a creer.

Hacía un rato que Mme. de Girardin estaba emocionada y nos decía que no perdiéramos el tiempo con preguntas pueriles.

Presentía una gran aparición, pero nosotros, que dudábamos, nos obstinamos en desafiar a la mesa a que respondiese a palabras escritas o pensadas.

Mme. de Girardin: -¿Te burlas de nosotros?

-Sí.

Mme: -¿Por qué?

-Absurdo.

Mme. de Girardin: -Pues bien, habla tu mismo.

-Molestia.

Mme. de Girardin: -¿Qué te molesta?

-Uno sólo.

Mme. de Girardin. -Nómbralo.

-Rubio

En efecto, Mr. de Tréveneue, muy rubio, era el más incrédulo de nosotros.

Mme. de Girardin: -¿Quieres que salga?

-No.

Victor Hugo: -¿Ves el sufrimiento de los que te aman?

-Sí.

Mme. de Girardin: -¿Sufrirán mucho tiempo?

-No.

Mme. de Girardin: -¿Regresarán pronto a Francia?

(No contesta).

Victor Hugo: -¿Depende de ellos que puedas volver?

-No.

Victor Hugo: -Pero, ¿volverás?

-Si.

Victor Hugo: -¿Pronto?

-Si.

(Terminado a la una y media de la madrugada).

Nota: Todo lo que antecede ha sido escrito inmediatamente después de la sesión por Augusto Vacquerie.

A partir de este día decidimos escribir las respuestas de la mesa en el mismo momento en que se producían y todas las actas siguientes fueron recogidas durante el transcurso de las sesiones mismas”.

Extraído del libro “Victor Hugo. El Poeta del Más Allá” por Humberto Mariotti.  Se puede descargar este libro gratis en PDF desde este enlace: Victor Hugo El Poeta del Más Allá | Curso Espírita (cursoespirita.com)

Escrito por Colaboraciones

Colaboraciones

Bajo este perfil se publican escritos, publicaciones o extracciones de autores puntuales o anónimos. En el caso de que esté firmado se publicarán los datos del autor/a al final de cada artículo y/o texto.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.