El Desánimo

aHay momentos en la vida de cada ser humano, que las cosas se presentan oscuras, inciertas, problemáticas. No sabemos qué camino tomar y, pese a la Doctrina Espírita tan consoladora y útil, parece como que no es suficiente; que las cosas terrenales, las materiales, etc., sean más importantes que aquellas que nuestros ojos no pueden ver, aunque creamos que existen; pero este mundo es aún tan atrasado, que nos cegamos ante los acontecimientos negativos, ante las pruebas difíciles; expiaciones dolorosas, o nos perdemos en las falsas ilusiones; la pretendida “felicidad terrenal”, y tantas cosas por el estilo, que llegamos a perder el ánimo y la fe (si es que las tuvimos alguna vez), muletas tan necesarias para caminar, sobre todo, en un camino de piedras y espinos, como es el que debemos recorrer en la Tierra. 

Nos decimos muchas veces que sabemos la ley de causa y efecto, que nadie sufre por nada que no deba, que venimos a rescatar deudas e, incluso, que debemos conformarnos, porque podríamos estar peor, pero no siempre es fácil, al contrario, resulta penoso y agotador.

En algunos momentos o días, nos parece que no vamos a levantar cabeza, que el desánimo puede vencernos, o las tentaciones y, nuestra inclinación a la pereza.

La vida que es un soplo en la eternidad, se nos hace larga y dura, pero se nos hace penosa, aunque, a pesar de eso, nos agarremos a ella con desesperación, porque nos parece que después de la muerte, o durante el tránsito lo vamos a pasar mal.

El miedo es un obstáculo para progresar. Mal lo pasamos cuando damos cabida al desánimo, una de las grandes enfermedades del Espíritu.

Se cuenta que un día, a un buen hombre, para probarle, los espíritus que siempre están a nuestro alrededor tramando como hacernos caer; se le presentó la crítica, la envidia, la pereza, la ambición, el orgullo, pero como era humilde y trabajador en el bien, supo superarlo con acierto, pero los enemigos del bien, buscaron algo más sutil, una estrategia que, seguramente sería muy útil: el desánimo. Este buen hombre de pronto sintió, mediante las descargas de sugestiones hacia él, que no servía para nada, que estaba solo, que era muy poca cosa lo que él hacía, se deprimió y dejó abierta la mente a los enemigos de la doctrina.
Nuca más levantó cabeza, permaneciendo desanimado hasta su desencarnación.

No pensemos que esto sólo les pasa a los demás, o que pueda ser una historia irreal. A cada uno de nosotros nos puede pasar lo mismo; sentir el desánimo, es sentir apatía, desgana, desmotivación, cansancio de vivir, estudiar y progresar. ¿Qué mejor freno para los trabajadores que quieren, pero no pueden, porque se abandonaron, se apartaron poco a poco del camino seguro? ¿Queremos nosotros ser o estar en un estado de desánimo y apatía, siendo los trabajadores de la última hora?

Nuestra cabeza se llena de ideas, sugerencias, consejos negativos, cuando prestamos oídos a aquellos que buscan nuestra perdición, porque no hay mayor amenaza para ellos que nosotros sepamos de la supervivencia del Espíritu, sobre la reencarnación, que somos eternos, que el mal no dura siempre e, identificarlos, a través de la mediumnidad o, simplemente, la reflexión y el auto conocimiento.

Ya que sabemos esto de sobra, por los estudios, experiencias, charlas etc., deberíamos hacer una reflexión y medir nuestro estado de ánimo y, cuando veamos que baja, orar con mucho empeño, con fervor y necesidad. Nuestros ruegos, si son sinceros, serán oídos y, de alguna forma, nos sentiremos mejor; con más energía, más fuerza y, sobre todo, algo que es imprescindible: La Fe.

Si nuestra fe fuese del tamaño de un grano de mostaza, “moveríamos montañas”. Esas montañas no son ni más ni menos, la voluntad que pongamos en salir del “momento” malo que hemos vivido, o estamos viviendo.

No le demos facilidades a los que quieren nuestra perdición: encarnados o desencarnados. Sigamos por el camino estrecho, de dificultades y dolor; pero el más seguro cuando lleguemos al final: la perfección y, sobre todo, a Dios.

Examinemos como esta nuestro ánimo, y obremos en consecuencia de todo lo que hemos aprendido, y que debemos compartir con los demás, para que también se beneficien ellos y no haya nadie desamparado de conocimiento, ni por nosotros, compartiendo la Doctrina de la fe, la esperanza y la seguridad de que estamos viviendo “momentos” muy especiales.

Aprovechemos estos “momentos” y, con nuestra disposición, colaboremos en el bien y la divulgación de los principios espiritistas.

¡¡Ánimo!! Se puede y debemos hacerlo.

Por Isy para Zona Espírita

Escrito por Isy

Isy

Isabel Porras González es fundadora del Centro de Estudios Espíritas Allan Kardec de la ciudad de Málaga. Traductora de varios libros de Espiritismo al español. Actualmente es miembro del grupo Amanecer Espírita en Los Barrios – Cádiz.

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