Cuento: El Ángel de la Guarda. Por Ana Frank

Hace muchos años, una anciana vivía con su nieta en una casita situada en el lindero de un bosque. Los padres de la niña habían muerto y la abuela cuidaba de ella.

El paisaje en que vivían era muy solitario, pero ellas dos no echaban de menos a nadie, y se encontraban muy a gusto, la una en compañía de la otra.

Una mañana, la anciana no pudo levantarse de la cama. Tenía dolores en todo el cuerpo.

Su nieta, que tenía ya catorce años, la cuido lo mejor que pudo.

Al cabo de cinco días, la anciana murió, y la muchacha se quedó sola en la casa. Como no conocía a nadie, ni necesitaba de nadie para enterrar a su abuela, ella misma cavó una profunda fosa al pie de un viejo árbol del bosque y allí enterró a su abuela.

Cuando la pobre muchacha volvió a la casa la encontró muy triste y vacía. Se echó sobre la cama y se puso a llorar con gran desconsuelo. Así pasó todo el día.

Al llegar la noche, se levantó para prepararse algo de comer.

De este modo, transcurrieron varios días. La muchacha estaba muy abatida y no hacía más que Ilorar por su querida abuelita. Entonces ocurrió algo que, de la noche a la mañana, lo cambió todo.

Una noche, mientras la muchacha dormía, se le apareció su abuela. Iba vestida de blanco. Sus blancos cabellos le caían sobre los hombros y llevaba una lucecita en la mano. La joven se la quedó mirando y esperó a que la aparición empezase a hablar.

-Querida mía -le dijo su abuela-, hace ya cuatro semanas que te observo y no haces más que llorar y dormir.

»Esto no puede ser. He venido para decirte que debes trabajar, hilar, cuidar de la casa y arreglarte. No pienses que porque me haya muerto no me ocupo de ti. Desde el cielo, no dejo de observarte. Soy tu ángel de la guarda y estoy a tu lado, igual que antes.

„Vuelve a tu trabajo sin acobardarte y no olvides que tu abuela no te abandona.

Con estas palabras, desapareció, y la muchacha siguió durmiendo. Pero al despertarse, a la mañana siguiente, recordó las palabras de su abuela y sintió una gran alegría al comprender que no estaba sola.

Volvió al trabajo, se compró una rueca en el mercado e hizo lo que le había dicho su abuela.

Años más tarde, también en este mundo encontró compañía. Casó con un molinero muy trabajador.

Durante toda su vida pensó en su abuela con agradecimiento por no haberla dejado sola y siempre creyó que aunque hubiera encontrado otra compañía, su ángel guardián no la abandonaría nunca.

22 de febrero de 1944.

23 de febrero de 1944.

Pensamiento:

Carecemos de muchas cosas, y desde hace tiempo. Lo siento tan bien como tú. No estoy hablando cosas externas. De eso tenemos bastante. No, hablo de las cosas que nos hacen vibrar interiormente. Ansío, tanto como tú, tener libertad y poder respirar a pleno pulmón, pero ahora creo que, por estas privaciones, estamos ampliamente recompensados. Lo comprendí de pronto, esta mañana, al mirar por la ventana. Al mirar hacia fuera y percibir la existencia de Dios en lo más profundo de la naturaleza, me sentí feliz, completamente feliz. Peter, mientras conservemos en nosotros esta facultad, la facultad de gozar de la naturaleza y de la salud, nunca podremos sentirnos desgraciados. La riqueza, el prestigio, todo puede perderse, pero, si conservamos la alegría del corazón, podremos seguir siendo felices mientras vivamos. Mientras podamos mirar al cielo sin temor sabremos que conservamos el corazón puro y que, pase lo  que pase, podremos volver a ser felices.

Escrito por Ana Frank

Publicado en “HET ACHTERHUIS. VERHALEN RONDOM HET ACHTERHUIS”. Reproducido de la edición española “Diario y Cuentos” – Ana Frank. Ed. Plaza & Janes (1973). Traducción de Juan Cornudella y Ana M.ª de la Fuente.

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