Conócete a Ti Mismo

Cada uno es el redentor de sí mismo, y en mi humilde concepto creo que para llegar a ser un verdadero Apóstol del progreso es preciso ante todo redimirse uno propio, teniendo en cuenta que para lograr un fin tan elevado es necesario cumplir al pie de la letra el sabio consejo de Solón: Conócete a ti mismo.

Conocerse a sí mismo: He aquí lo importante del problema: Muchos creerán que conocerse es confesarse culpable, no; hay que ir más allá, mucho más.

Conocerse a sí mismo, según mi opinión, debe ser (después de un previo y concienzudo examen de todos los hechos buenos y malos), procurar mejorar vuestras costumbres, introduciendo en la sociedad una reforma completa lo mismo en el orden físico, moral que intelectual, establecer un régimen progresivo en armonía con las aspiraciones del Espíritu humano y oponerse a la propagación del mal, la desinteresada práctica del bien.

Esto que de seguro encontrará detractores porque en todos los tiempos ha habido fariseos dispuestos a destruir toda obra útil y beneficiosa, al fin lograréis realizarlo, porque Dios quiere siempre el triunfo de su obra, y no es posible que la voluntad Suprema, cuyo poder es infinito, quede eclipsada por la voluntad finita del mísero gusano de la Tierra, el hombre.

Tan importante le es al hombre aprender a conocerse a sí mismo, como saber, porqué está en la Tierra, de donde viene, y a donde va.

Si para progresar intelectualmente ha sido preciso luchar con el valor de los héroes y la fe de los mártires, ¿Ha de serlo menos para progresar moralmente? Claro que no; porque el progreso moral y el intelectual deben marchar acordes uno con el otro, prestándose mutuo apoyo.

Al hombre del Mundo Tierra le falta por descubrir un sencillo pero profundo secreto: ¿Sabéis cuál es? ¿Lo ignoráis? Pues voy a decíroslo: Es aprender a conocerse a sí mismo.

Porque una vez que haya estudiado sin prevención su propio yo y los defectos de que tan plagado está, habrá ganado un paso en su camino histórico a través de los siglos.

El Espiritismo, abre un inmenso horizonte al hombre para que con ayuda de las profundas enseñanzas, que a torrentes se derraman por doquier, aprendáis a estudiar en el gran libro de la vida, vuestro modo de ser y la razón de esa infinita variedad que se observa en el género humano.

¡Qué grandioso es este aforismo y que mal comprendido por los hombres!

Todo nuestro afán es conocer a los demás; si pudiéramos sujetarles a nuestros caprichos, seríamos máquinas dirigidas por mil impulsos diferentes, todos deseamos conducir o bien ser el mentor de nuestros hermanos, sin tener en cuenta, que mal puede enseñar el que no sabe; mientras no nos conozcamos a nosotros mismos no podremos convertirnos en maestros de los demás.

El verdadero sabio es el que sabe conocerse a sí mismo, si las criaturas en vez de afanarse por descubrir las debilidades de sus hermanos, pusieran todo su cuidado en conocer las suyas, y librarse de ellas, ¡Qué cambio tan grande se operaría en nosotros!

Nos asemejaríamos al que se operó en los que le presentaron a nuestro divino maestro Jesús, la mujer adúltera, y que iban dispuestos a matarla a pedradas creyendo en su ignorancia, que cumplían con la justicia juzgando a su hermano, pero al penetrar en sus corazones aquellas sublimes palabras de, el que de vosotros esté sin pecado que le arroje la primera piedra primero, (palabras mágicas) pues por ellas cada uno se vio tal cual era, y avergonzados de sí mismo huyeron sin dignarse mirar a la que poco antes se creían tan superiores a ella.

¡Cuánto bien nos reportaría este estudio!

Daríamos un gran paso en el progreso moral que tan atrasado llevamos por desgracia, hemos dado un paso gigantesco en el intelectual, esto es evidente; si volviéramos la vista al siglo XVII y XVIII nos encontraríamos a tal altura que nos debe llenar de satisfacción el desarrollo de nuestras inteligencias, pero ¿Somos felices por esto? ¿Nuestro Espíritu está satisfecho?

¡Ah! No; todos sentimos un mal estar general, todos nos lamentamos de un sufrimiento extraño en todas las esferas de la escala social, todos señalamos el mal, los de arriba a los de abajo y los de abajo a los de arriba y una lucha a muerte se sigue de estas acusaciones, creen los de abajo, que tirando a los de arriba cesará su sufrimiento y los de arriba que pisando a los de abajo serán felices.

¡Qué gran error! Los hombres se necesitan mutuamente, no hay una criatura por inútil que nos parezca que no esté llenando su cometido en el laboratorio de la creación, así como nuestros cuerpos se componen de diferentes moléculas que juntas forman nuestro organismo, el cuerpo social se compone de átomos que todos juntos componen el gran todo de la sociedad, pero para que este cuerpo tenga vida, es preciso que todos estos elementos de que está compuesto llenen su cometido, de lo contrario, el desnivel no tarda, y el cuerpo desfallece, he aquí nuestra sociedad actual, sabia sí, pero anémica y vacilante, no tiene vigor para avanzar y desfallece, ¿Y cómo no?, Si le falta la sangre que vigoriza que es la moral, sí, la moral, el principal elemento del cuerpo social, y mientras esta no impere en los hombres no podrán encontrar la felicidad que buscan con tanto afán.

Los que están arriba deben pensar siempre, que los de abajo son su base, deben considerarlos como una parte de sí mismo, no perdiendo de vista que sin pedestales no hay estatuas y los de abajo que sin la ayuda de los de arriba les es imposible ascender, así es que debemos todos ayudarnos mutuamente conociendo cada uno la misión que tiene que llenar junto a su hermano, y procurar cumplirla sin fijarse en los que indolentes y perezosos se abandonan y dejan de cumplir un deber tan sagrado, que no se perjudican solo así mismos sino a todos sus hermanos en común.

¿Y qué diremos de los espiritistas de esta gran falange que está puesta a la cabeza de la familia humana?

Para estos, no sólo quisiera tener la elocuencia de esos grandes hombres que han inmortalizado su nombre, sino, la persuasión de nuestro maestro y modelo Jesús, para que, no mi palabra que tan pobre es, sino, mi deseo y el amor que para ellos siente mi Espíritu; a estos, quisiera hacerles ver la misión tan grande que tienen que llenar llevando la luz a los ciegos en la fe, a estos, les diré con Jesús; que si un ciego guía a otro, ambos caerán en el hoyo, no, vosotros no debéis caer porque tenéis a vuestra disposición la filosofía Espiritista, o sea el libro de los Espíritus, consultarle, interrogarle sin cesar, y sobre todo practicar las enseñanzas que él os dé, si así lo hacéis él os conducirá al puerto, él os dirá que jamás despreciéis a vuestro hermano, por más que lo veáis caer, por el contrario, que le busquéis, que le deis la mano, y con una reflexión razonada y sentida, no sólo le haréis reparar sus faltas, sino, que, con vuestro apoyo le librareis de una segunda caída, considerando, que vosotros en su lugar desearíais hicieran lo mismo, teniendo presente, que, con la vara que midamos nos volverán a medir, entre vosotros deben de desaparecer esas susceptibilidades que son el mayor de los enemigos, siendo el orgullo disfrazado, vuestros centros deben ser depurativos de vuestro Espíritu en donde todos busquéis el adelanto moral, confesando vuestros defectos y señalándoselos los unos a los otros no deseando más que en cada sesión ser mejores que en la anterior.

Cuando tratéis de los defectos de vuestros hermanos, que no sea vuestra intención censurar sus debilidades sino conspirar contra ellas y buscar el mejor medio de dejarle libre de aquel enemigo, parapetándoos vosotros para no dejarle entrar en vuestra morada.

Los espiritistas, forman una familia más íntima que las demás escuelas, y por lo mismo, deben considerarse una parte integrante de sí mismos; y cuando le vean caminar extraviado no se le debe abandonar sino ver y poner todo vuestro cuidado en hacerle volver al redil como el buen pastor busca sus ovejas, nosotros, tenemos la obligación de velar por nuestros hermanos así como nos prestamos ayuda para las enfermedades del cuerpo; debemos prestárnosla para las de nuestro Espíritu, todos, todos estamos enfermos del Espíritu, pero nuestra enfermedad, es semejante a la tisis, que cuanto más avanza menos se apercibe el enfermo de su gravedad, y más sueños de color de rosa reflejan en su imaginación calenturienta, pero nosotros no debemos ser engañados como lo son estos infelices, sino que debemos preguntarnos los unos a los otros:

¿Qué falta hemos cometido hoy? Y con caridad y humildad, ir quitando cada día una piedra de nuestro camino, si así lo hacéis, a vuestros centros descenderán Espíritus de Luz, verdaderos maestros que os conducirán a Dios; comenzareis a ser felices porque cumpliréis con vuestro deber, si por el contrario, os dirigís a vuestros centros henchidos de orgullo creyéndoos superiores a vuestros hermanos dispuestos a tirarle la primera piedra, no en su presencia sino cual Judas vendiendo a su maestro con el ósculo de paz, ¿Qué os ha de suceder? ¿Qué ascendiente podéis tener para que los espíritus del Señor vengan a vosotros? Ninguno: He aquí el estacionamiento del Espiritismo, porque son muchos los llamados pero pocos lo elegidos.

No me cansaré de repetirlo, la causa de todos nuestros males está en nosotros, procuremos conocernos y seremos felices.

Por Amalia Domingo Soler

Texto extraído del libro recopilatorio “La Luz del Camino”

Escrito por Amalia Domingo Soler

Amalia Domingo Soler

Amalia Domingo Soler (Sevilla, 10 de noviembre de 1835 – Barcelona, 29 de abril de 1909) fue una escritora y novelista española, y gran exponente del movimiento espiritista español por sus actuaciones de divulgación y médium psicógrafa. Nota de Zona Espírita: En este perfil se publican contenidos escritos por ella. Las partes subrayadas y resaltadas han sido realizadas por esta web.

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