noviembre 30 2021

Blog Kardec: Acerca de la Obsesión (Incluye PDF)

Entre los escollos que presenta la práctica del espiritismo debemos colocar, en primer lugar, a la obsesión, es decir, el dominio que algunos Espíritus ejercen sobre ciertas personas.

Se produce exclusivamente a través de Espíritus inferiores, que pretenden dominar, pues los Espíritus buenos no imponen ninguna coacción.

Estos aconsejan, combaten la influencia de los malos y, si no se los escucha, se retiran.

Los malos, en cambio, se apegan a aquellos a quienes pueden someter.

Si llegan a dominar a alguien, se identifican con el Espíritu de esa persona y lo dirigen como si realmente se tratara de un niño.

La obsesión presenta características diversas, que es muy necesario distinguir, y que resultan del grado de coacción y de la naturaleza de los efectos que produce.

La palabra obsesión es, en cierto modo, un término genérico mediante el cual se designa este tipo de fenómeno, cuyas principales variedades son: la obsesión simple, la fascinación y la subyugación.

Obsesión Simple

La obsesión simple se produce cuando un Espíritu dañino se impone a un médium, se entromete contra su voluntad en las comunicaciones que recibe, le impide comunicarse con otros Espíritus y sustituye a los que son evocados.

Nadie está obseso por el solo hecho de que un Espíritu mentiroso lo engañe.

El mejor de los médiums se halla expuesto a eso, sobre todo en los comienzos, cuando aún carece de la experiencia necesaria, del mismo modo que entre nosotros las personas más honestas pueden ser embaucadas por bribones.

Por consiguiente, se puede ser engañado sin estar obseso.

La obsesión consiste en la tenacidad de un Espíritu del que no es posible desembarazarse.

En la obsesión simple, el médium sabe muy bien que está en relación con un Espíritu embustero.

Este no se oculta ni disimula en manera alguna sus malas intenciones y su deseo de contrariarlo.

El médium reconoce el engaño sin dificultad y, como se mantiene en guardia, rara vez cae en la trampa.

Por lo tanto, este género de obsesión es apenas desagradable, y no tiene otro inconveniente más que obstaculizar las comunicaciones que se pretende recibir de los Espíritus serios, o de aquellos a quienes se aprecia.

Podemos incluir en esta categoría los casos de obsesión física, es decir, la que consiste en las manifestaciones ruidosas y obstinadas de algunos Espíritus que producen, de manera espontánea, golpes y otros ruidos.

A propósito de este fenómeno, remitimos al lector al capítulo “Manifestaciones físicas espontáneas” (§ 82). 239. (El Libro de los Médiums).

La Fascinación

La fascinación tiene consecuencias mucho más graves.

Es una ilusión producida por la acción directa del Espíritu sobre el pensamiento del médium, y que en cierta forma paraliza su juicio en relación con las comunicaciones.

El médium fascinado no cree que esté siendo engañado. El Espíritu tiene el arte de inspirarle una confianza ciega, que le impide ver la superchería y comprender lo absurdo de lo que escribe, aunque ese absurdo sea evidente para los demás.

La ilusión puede incluso llegar hasta el punto de que el mensaje más ridículo le parezca sublime.

Se equivocan quienes suponen que este género de obsesión sólo puede alcanzar a personas simples, ignorantes y desprovistas de juicio. Ni siquiera los hombres talentosos, por más instruidos e inteligentes que sean, están libres de la fascinación, lo que prueba que esta aberración es el efecto de una causa ajena a ellos, cuya influencia padecen.

Hemos dicho que las consecuencias de la fascinación son mucho más graves. De hecho, a raíz de la ilusión que de ella resulta, el Espíritu dirige, como lo haría con un ciego, a la persona a la que ha conseguido dominar, y puede inducirla a que acepte las doctrinas más extravagantes y las teorías más falsas como si fuesen la única expresión de la verdad.

Más todavía: puede arrastrarla a situaciones ridículas, comprometedoras e incluso peligrosas.

Fácilmente se comprende la diferencia que existe entre la obsesión simple y la fascinación, y se comprende también que los Espíritus que producen esos dos efectos deben diferir en su carácter.

En la obsesión simple, el Espíritu que se apega a la persona es sólo un ser molesto por su tenacidad, del cual esa persona está impaciente por liberarse. En la fascinación, el problema es muy diferente.

Para llegar a esos fines es preciso que el Espíritu sea muy hábil, astuto y profundamente hipócrita, pues sólo puede engañar a su víctima por medio de la máscara que adopta y de una falsa apariencia de virtud, a fin de que ella lo acepte.

Las palabras importantes, tales como caridad, humildad y amor a Dios, le sirven de credencial. Con todo, aun a través de esos recursos, deja traslucir signos de inferioridad que sólo el fascinado es incapaz de reconocer.

Por eso estos Espíritus temen, sobre todo, a las personas que ven las cosas con claridad, de modo que su táctica, por lo general, consiste en inspirar a su intérprete para que tome distancia de quien pudiera abrirle los ojos.

De esa manera evita que se lo contradiga, y se asegura de que siempre tendrá la razón.

La Subyugación

La subyugación es una opresión que paraliza la voluntad de quien la padece, y lo obliga a obrar a pesar suyo.

En una palabra, se trata de un verdadero yugo.

La subyugación puede ser moral o corporal.

En el primer caso, el subyugado es obligado a tomar decisiones a menudo absurdas y comprometedoras que, por una especie de ilusión, supone sensatas: es una especie de fascinación.

En el segundo caso, el Espíritu actúa sobre los órganos materiales y provoca movimientos involuntarios.

En el médium escribiente, la subyugación corporal se revela por una necesidad incesante de escribir, incluso en los momentos más inoportunos.

Hemos visto a algunos que, a falta de pluma o lápiz, simulaban escribir con el dedo, dondequiera que se encontrasen, incluso en la calle, en las puertas y en las paredes.

En ocasiones la subyugación corporal va más lejos, y puede incitar a la víctima a los actos más ridículos.

Conocimos un hombre que, si bien no era joven ni bello, bajo el influjo de una obsesión de esa naturaleza se sentía presionado por una fuerza irresistible a ponerse de rodillas ante una joven con la que no tenía ninguna relación, y a pedirle que se casara con él.

Otras veces experimentaba en la espalda y en la zona posterior de las rodillas una presión intensa que lo forzaba, a pesar de su resistencia, a arrodillarse y besar el suelo en lugares públicos y ante mucha gente.

Ese hombre pasaba por loco entre quienes lo conocían, pero estamos convencidos de que no lo estaba en absoluto, pues tenía plena conciencia de las cosas ridículas que hacía contra su voluntad, y que por eso sufría horriblemente.

En el pasado se daba el nombre de posesión al dominio que ejercían los Espíritus malos cuando su influjo llegaba hasta la aberración de las facultades de la víctima.

La posesión sería, para nosotros, sinónimo de subyugación.

No hemos adoptado ese término por dos motivos: primero, porque implica la creencia de que existen seres creados para hacer el mal y perpetuamente destinados a ello, cuando en realidad no hay seres que no puedan mejorarse, por más imperfectos que sean.

Segundo, porque implica también la idea de que un Espíritu extraño toma posesión de un cuerpo, en una especie de cohabitación, cuando en realidad sólo hay coacción.

La palabra subyugación expresa perfectamente esta idea.

Así pues, para nosotros no existen los posesos, en el sentido vulgar del término; sólo hay obsesos, subyugados y fascinados.


Como hemos señalado, la obsesión es uno de los mayores escollos para la mediumnidad, y también uno de los más frecuentes.

Por eso mismo, nunca serán excesivos los esfuerzos que se inviertan para combatirla, dado que, además de los inconvenientes personales que acarrea, constituye un obstáculo absoluto para la benevolencia y la veracidad de las comunicaciones.

Dado que la obsesión, sea cual fuere el grado en que se presente, es el resultado de una coacción, y que esa coacción nunca puede ser ejercida por un Espíritu bueno, se deduce que toda comunicación procedente de un médium obseso es de origen dudoso y no merece la menor confianza.

Si en ocasiones se encuentra en ella algo bueno, es preciso conservar eso y rechazar todo lo que sea simplemente dudoso.

Características de la Obsesión

Se reconoce la obsesión por las características siguientes:

1.ª Persistencia de un Espíritu en comunicarse, lo quiera o no el médium, mediante la escritura, la audición, la tiptología, etc., oponiéndose a que otros Espíritus lo hagan.

2.ª Ilusión que impide al médium, a pesar de su inteligencia, que reconozca la falsedad y el ridículo de las comunicaciones que recibe.

3.ª Creencia en la infalibilidad y en la identidad absoluta de los Espíritus que se comunican, los cuales, bajo nombres respetables y venerados, manifiestan conceptos falsos o absurdos.

4.ª Confianza del médium en los elogios que le dispensan los Espíritus que se comunican por su intermedio.

5.ª Disposición a distanciarse de las personas que podrían darle consejos útiles.

6.ª Tomar a mal la crítica de las comunicaciones que recibe.

7.ª Necesidad incesante e inoportuna de escribir.

8.ª Coacción física, de cualquier tipo, que se apodere de la voluntad del médium y lo obligue a actuar o hablar a pesar suyo.

9.ª Ruidos y trastornos persistentes alrededor del médium, de los cuales él es la causa o el objeto.

Peligro de la Obsesión

En relación con el peligro de la obsesión, cabe preguntarse si el hecho de ser médium no es para lamentar. ¿Acaso no es la facultad mediúmnica la que provoca la obsesión?

En definitiva, ¿no constituye la obsesión una prueba de que las comunicaciones espíritas son inconvenientes?

Nuestra respuesta es sencilla, y solicitamos que sea meditada con detenimiento:

Ni los médiums ni los espíritas crearon a los Espíritus. Por el contrario, fueron los Espíritus quienes dieron lugar a que haya espíritas y médiums.

Ahora bien, dado que los Espíritus no son sino las almas de los hombres, es evidente que hay Espíritus desde que existen los hombres. Por consiguiente, a través del tiempo los Espíritus han ejercido una influencia saludable o perniciosa sobre la humanidad.

La facultad mediúmnica es para ellos apenas un medio de manifestarse.

A falta de esa facultad, lo hacen de otras mil maneras, más o menos ocultas.

De modo que sería erróneo suponer que los Espíritus sólo ejercen su influencia por medio de comunicaciones escritas o verbales.

Esa influencia es permanente, y quienes no se ocupan de los Espíritus, o incluso no creen en ellos, están expuestos a sufrirla tanto como los demás, y más aún, porque no tienen cómo contrarrestarla.

La mediumnidad es, para el Espíritu, una manera de darse a conocer.

Si es malo, siempre se traiciona, por muy hipócrita que sea.

Por consiguiente, es posible afirmar que la mediumnidad permite ver al enemigo cara a cara, si así podemos expresarnos, y combatirlo con sus propias armas.

Sin esa facultad, él actúa en la sombra y, amparado en la invisibilidad, puede hacer –y en efecto lo hace– mucho daño.

¡A cuántos actos no es impulsado el hombre para su desdicha, y cuántos habría evitado si hubiese tenido un medio de ilustrarse!

Los incrédulos no sospechan la gran verdad que expresan cuando, al referirse a un hombre que se aparta con obstinación del camino recto, dicen estas palabras: “Su mal genio lo empuja hacia la perdición”.

Por eso, el conocimiento del espiritismo, lejos de favorecer el dominio de los Espíritus malos, debe dar por resultado, en un plazo más o menos cercano y cuando se haya propagado, la destrucción de ese dominio, porque da a cada uno los medios necesarios para prevenirse contra las sugestiones de esos Espíritus.

Entonces, quien sucumba no podrá quejarse más que de sí mismo.

Regla general: quien obtenga malas comunicaciones espíritas, escritas o verbales, se halla bajo una influencia dañina.

Esa influencia se ejerce sobre él, ya sea que escriba o no, es decir, sea o no médium, crea o no crea.

La escritura provee un medio para conocer con certeza la naturaleza de los Espíritus que actúan sobre el médium, y para combatirlos en caso de que sean malos, lo cual se consigue con mayor éxito cuando se llega a conocer el motivo por el que actúan.

Si el médium está tan ciego como para no comprenderlo, otros podrán abrirle los ojos.

En resumen, el peligro no radica en el espiritismo en sí mismo, dado que él puede, por el contrario, servirnos de control y preservarnos del riesgo que corremos permanentemente, sin saberlo.

El peligro está en la orgullosa propensión de ciertos médiums que, con excesiva ligereza, se consideran instrumentos exclusivos de los Espíritus superiores, así como en esa especie de fascinación que no les permite comprender las tonterías de las que son intérpretes. Hasta los que no son médiums pueden caer en esa trampa.

Hagamos una comparación: un hombre tiene un enemigo secreto, a quien no conoce, que difunde contra él, sin que nadie lo sepa, la calumnia y todo cuanto la más terrible maldad pueda inventar.

Este desdichado ve cómo su fortuna decrece, sus amigos se alejan de él y su felicidad interior es perturbada.

Incapaz de descubrir la mano que lo hiere, no puede defenderse y cae vencido.

Hasta que cierto día, ese enemigo secreto le escribe y, a pesar de todos los ardides que utiliza, se pone en evidencia.

Gracias a que el enemigo ha sido descubierto, aquel hombre puede combatirlo y rehabilitarse.

El rol del enemigo secreto es el de los Espíritus malos, a quienes el espiritismo nos da la posibilidad de identificar, para hacer fracasar sus planes.

Causas de la Obsesión

Las causas de la obsesión varían según el carácter del Espíritu.

A veces se trata de una venganza que este ejerce sobre un individuo que lo perjudicó en esta vida o en existencias anteriores.

A menudo, su única razón es el deseo de hacer daño.

Como ese Espíritu sufre, quiere hacer que los demás también sufran, y encuentra una especie de placer en atormentarlos, en humillarlos.

La impaciencia que su víctima demuestra lo exacerba más aún, porque ese es el objetivo que el obsesor tiene en vista. En cambio, la paciencia termina por cansarlo.

Al irritarse y mostrarse despechado, el obseso hace exactamente lo que el obsesor desea.

Esos Espíritus actúan, algunas veces, por odio y por envidia del bien, por eso descargan sus maléficas intenciones sobre las personas más honestas.

Uno de ellos se apegó como la sarna a una familia honorable, conocida de nosotros, a la cual, por otra parte, no tuvo la satisfacción de engañar.

Cuando se le preguntó acerca del motivo por el cual había agredido a personas tan buenas, antes que a hombres malvados como él, respondió: los malos no me despiertan envidia.

A otros los guía un sentimiento de cobardía, que les impulsa a aprovecharse de la debilidad moral de ciertos individuos, a los que saben incapaces de resistirse a ellos.

Uno de estos últimos, que subyugaba a un joven de inteligencia muy limitada, cuando se le preguntó por qué motivo había escogido a esa víctima, respondió: Tengo una imperiosa necesidad de atormentar a alguien. Una persona sensata me rechazaría. Me apego, pues, a un idiota, que no me opone ninguna resistencia.

Espíritus Obsesores y el orgullo del falso saber

Hay Espíritus obsesores sin maldad, que incluso tienen algo de buenos, aunque los domine el orgullo del falso saber.

Tienen sus ideas, sus sistemas acerca de las ciencias, la economía social, la moral, la religión, la filosofía, y quieren hacer que prevalezcan sus opiniones.

Con ese fin, buscan médiums lo suficientemente crédulos para aceptarlos con los ojos cerrados, y a quienes fascinan, de manera que no puedan discernir lo verdadero de lo falso.

Esos Espíritus son los más peligrosos, pues los sofismas no les cuestan nada, y pueden hacer que se crea en las más ridículas utopías.

Como saben del prestigio que los nombres importantes conllevan, no tienen escrúpulo en engalanarse con aquellos que todos reverencian, y no retroceden ni siquiera ante el sacrilegio de llamarse Jesús, la Virgen María o algún santo venerado.

Tratan de deslumbrar mediante un lenguaje ampuloso, más presuntuoso que profundo, lleno de términos técnicos, y adornado con grandes palabras de caridad y de moral.

Evitarán dar un mal consejo, porque saben perfectamente que, en caso de hacerlo, serían rechazados. Por eso, las personas a las que engañan los defienden a ultranza, alegando: “Ya veis que no dicen nada malo”. Con todo, para esos Espíritus, la moral es un simple pasaporte, la menor de sus preocupaciones. Lo que desean, por encima todo, es dominar e imponer sus ideas, por más irracionales que sean.

Los Espíritus afectos a los sistemas son, la mayoría de las veces, escritorzuelos. Por eso buscan médiums que escriban con facilidad, y a los cuales tratan de convertir, mediante la fascinación, en instrumentos dóciles y, sobre todo, entusiastas.

Suelen ser locuaces, muy minuciosos, e intentan compensar la calidad con la cantidad.

Se complacen en dictar a sus intérpretes escritos voluminosos, indigestos y a menudo poco inteligibles, que afortunadamente tienen como antídoto la imposibilidad material de que sean leídos por las masas.

Los Espíritus en verdad superiores son sobrios en sus palabras, dicen mucho en pocas líneas, de modo que aquella fecundidad prodigiosa siempre debe ser considerada sospechosa.

Nunca seremos demasiado prudentes cuando se trate de publicar esos escritos. Las utopías y las excentricidades que con frecuencia abundan en ellos, y que chocan al buen sentido, producen una muy lamentable impresión en las personas que se inician en el conocimiento del espiritismo, pues les muestran una idea falsa acerca de esta doctrina, sin contar con que son armas de las que se valen sus enemigos para ridiculizarla.

Entre esas publicaciones hay algunas que, a pesar de que no son malas y de que no provienen de una obsesión, pueden ser consideradas imprudentes, intempestivas o torpes.

Ocurre con bastante frecuencia que un médium puede comunicarse solamente con un Espíritu, que se vinculó a él y responde por aquellos que son llamados por su intermedio.

No siempre se trata de una obsesión, porque puede deberse a la falta de flexibilidad del médium, o a una afinidad especial de su parte con tal o cual Espíritu.

Sólo hay obsesión propiamente dicha cuando el Espíritu se impone y aparta deliberadamente a los demás, cosa que un Espíritu bueno no haría nunca.

Por lo general, el Espíritu que se apodera del médium con intención de dominarlo no soporta el análisis crítico de sus comunicaciones.

Cuando ve que no son aceptadas, o que los hombres las discuten, no se retira, sino que inspira al médium la idea de aislarse, e incluso suele darle órdenes en ese sentido.

Todo médium que se ofende por la crítica a las comunicaciones que recibe, se hace eco del Espíritu que lo domina, y ese Espíritu no puede ser bueno, puesto que le inspira el pensamiento ilógico de que rechace el análisis.

El aislamiento del médium siempre es perjudicial para él, porque queda sin ningún control de las comunicaciones que recibe.

No sólo debe solicitar la opinión de terceros para ilustrarse, sino que también precisa estudiar todos los géneros de comunicaciones, a fin de compararlas entre sí.

Si se limita a las que él mismo obtiene, por mejores que le parezcan, se expone a engañarse respecto a su valor, sin contar con que de ese modo no puede ampliar sus conocimientos, pues esas comunicaciones giran casi siempre en torno al mismo tema. (Véase el § 192, Médiums exclusivos. “El Libro de los Médiums”)

Medios de combatir la Obsesión

Los medios de combatir la obsesión varían de acuerdo con el carácter que esta adopte.

En realidad, no existe peligro para el médium que está persuadido de que se halla en relación con un Espíritu mentiroso, como ocurre en la obsesión simple, que no es más que un hecho desagradable para el médium.

No obstante, precisamente porque le resulta desagradable, el Espíritu tiene un motivo más para obstinarse en molestarlo.

En ese caso, debemos hacer dos cosas esenciales: primero, mostrar al Espíritu que no nos engaña y que le será imposible seducirnos; segundo, agotar su paciencia, mostrándonos más pacientes que él.

Cuando el Espíritu se haya convencido de que pierde el tiempo, acabará por retirarse, como hacen los entrometidos a quienes no se les presta atención.

Sin embargo, esto no siempre es suficiente, y puede tomar largo tiempo liberarse, pues hay Espíritus obstinados, para los cuales meses y años poco significan.

Además, el médium debe hacer un llamado fervoroso a su ángel bueno, así como a los Espíritus buenos por los que siente simpatía, a fin de rogarles que lo asistan.

En cuanto al Espíritu obsesor, por malo que sea, hay que tratarlo con severidad, pero al mismo tiempo con benevolencia, y derrotarlo mediante un buen comportamiento, orando por él.

Si es realmente perverso, al principio se burlará, pero al moralizarlo con perseverancia concluirá por enmendarse.

Se trata de emprender una conversión: tarea muchas veces penosa, ingrata, incluso desagradable, pero cuyo mérito radica en la dificultad que ofrece.

Con todo, si se lleva a cabo de manera correcta, siempre brindará la satisfacción de haber cumplido con un deber de caridad y, con frecuencia, la de haber hecho que un alma descarriada vuelva al camino del bien.

Asimismo, conviene interrumpir toda comunicación escrita tan pronto como se compruebe que procede de un Espíritu malo que no quiere entrar en razón, a fin de no darle el placer de que lo escuchen.

En ciertos casos, puede incluso ser conveniente que el médium deje de escribir durante algún tiempo, lo que se determinará de acuerdo con las circunstancias.

No obstante, si bien el médium escribiente puede evitar esas conversaciones absteniéndose de escribir, no sucede lo mismo con el médium auditivo, a quien el Espíritu obsesor persigue, a veces, a cada instante, con sus expresiones groseras y obscenas, y que ni siquiera dispone del recurso de taparse los oídos.

Por lo demás, es preciso reconocer que algunas personas se divierten con el lenguaje vulgar de esa clase de Espíritus, a los que alientan y provocan al celebrar sus tonterías, en vez de imponerles silencio y moralizarlos.

Nuestros consejos no pueden aplicarse a los que quieren ahogarse. Por consiguiente, sólo habrá disgustos, pero no peligro, para los médiums que no se dejen seducir, porque no podrán ser engañados.

Muy diferente es lo que ocurre con la fascinación, porque en ese caso el dominio que adquiere el Espíritu sobre aquel de quien se ha apoderado no tiene límites. Lo único que se puede hacer con la víctima es tratar de convencerla de que está siendo engañada, para reducir su obsesión al nivel de la obsesión simple.

No obstante, eso no siempre es fácil, y en algunas ocasiones resulta imposible.

El ascendiente del Espíritu puede ser de tal intensidad, que este logra que el fascinado se vuelva reacio a todo tipo de razonamiento.

Y si incurre en alguna burda herejía científica, puede incluso hacer que la víctima dude de la verdadera ciencia.

Como ya hemos dicho, el médium fascinado suele recibir con desagrado los consejos que se le brindan.

La crítica lo molesta, lo irrita y le hace tomar aversión a las personas que no comparten su admiración por el Espíritu que lo asiste.

Sospechar de ese Espíritu le resulta poco menos que una profanación, y esa reacción es la que el obsesor incita, pues desea que todos se inclinen ante su palabra.

Uno de ellos ejercía sobre una persona de nuestro conocimiento una fascinación extraordinaria. Lo evocamos, y después de algunas fanfarronadas, al comprender que no conseguía engañarnos en cuanto a su identidad, acabó confesando que no era aquel cuyo nombre usurpaba.

Se le preguntó por qué seducía de tal modo a esa persona, y respondió con estas palabras, que revelan claramente el carácter de esta clase de Espíritus: Yo buscaba un hombre al que pudiera manejar. Lo encontré y con él me quedaré. Le dijimos que, si lográbamos que esa persona viera claro, ella lo expulsaría. A lo que respondió: ¡Ya lo veremos! Como no hay peor ciego que aquel que no quiere ver, cuando se reconoce la inutilidad de todas las tentativas para abrir los ojos al fascinado, lo mejor que se puede hacer es dejarlo con sus ilusiones.

No es posible curar a un enfermo que se obstina en conservar su enfermedad, y en ella se complace.

La subyugación corporal consume en muchos casos la energía que el obseso necesita para dominar al Espíritu malo. Por eso hace falta la intervención de otra persona, que actúe mediante el magnetismo, o bien con la fuerza de su propia voluntad.

Si el obseso no colabora, esa persona deberá tener ascendiente sobre el Espíritu. No obstante, como ese ascendiente sólo puede ser moral, no podrá ser ejercido más que por un ser moralmente superior al Espíritu, y su poder será tanto mayor cuanto mayor sea su superioridad moral, en cuyo caso se impondrá al Espíritu, que se verá forzado a rendirse ante él.

Por esa razón Jesús tenía tan extraordinario poder para expulsar a los que en aquella época recibían el nombre de demonios, es decir, a los Espíritus malos obsesores.

Aquí sólo podemos ofrecer consejos de carácter general, ya que no existe ningún procedimiento material y, sobre todo, ninguna fórmula o palabra sacramental que tenga poder para expulsar a los Espíritus obsesores.

Algunas veces, lo que falta al obseso es suficiente fuerza fluídica. En ese caso, la acción magnética de un buen magnetizador puede ser de gran ayuda.

Por lo demás, siempre es conveniente que el obseso busque, a través de un médium seguro, los consejos de un Espíritu superior o de su ángel de la guarda.

Las imperfecciones morales del obseso constituyen, en muchas ocasiones, un obstáculo para su liberación.

Veamos a continuación un ejemplo notable que puede resultar instructivo para todos:

Hacía varios años que unas hermanas eran víctimas de vejaciones muy desagradables. Sus vestidos eran habitualmente dispersados por todos los rincones de la casa e incluso en los techos. Aparecían cortados, rasgados y perforados, por más cuidado que pusieran en guardarlos bajo llave.

Esas damas, confinadas en una pequeña localidad alejada de la capital, nunca habían oído hablar del espiritismo. La primera idea que se les ocurrió fue, naturalmente, que eran objeto de bromas de mal gusto.

No obstante, la persistencia de esos actos, además de las precauciones que adoptaban para evitarlos, alejó de ellas esa suposición. Mucho tiempo después, a raíz de algunas sugerencias recibidas, pensaron que debían dirigirse a nosotros para averiguar la causa de aquellos perjuicios y, en lo posible, la manera de remediarlos. Sobre la causa no había dudas; en cuanto al remedio, era más difícil.

El Espíritu que se ponía de manifiesto por medio de esos actos era, evidentemente, malévolo.

Al evocarlo, se mostró de gran perversidad e inaccesible a los buenos sentimientos, aunque dio la impresión de que la oración ejercía sobre él una influencia saludable.

Con todo, al cabo de un período de tregua, se reanudaron las vejaciones.

Veamos el consejo que al respecto nos dio un Espíritu superior:

“Lo mejor que esas señoras pueden hacer es rogar a sus Espíritus protectores que no las abandonen. No puedo darles un consejo más apropiado que proponerles que desciendan hasta el fondo de sus conciencias para confesarse a sí mismas, mediante un examen, si siempre han practicado el amor al prójimo y la caridad. No me refiero a la caridad que consiste en dar y distribuir, sino a la caridad de la lengua, porque lamentablemente esas señoras no saben frenar las suyas, ni demuestran mediante actos piadosos el deseo de liberarse de aquel que las atormenta. Son demasiado afectas a hablar mal del prójimo, y el Espíritu que las obsesiona busca su resarcimiento, pues en vida fue el blanco de las burlas a que ellas lo sometieron. Sólo deben buscar en sus recuerdos, y pronto descubrirán de quién se trata.

”No obstante, si consiguen mejorarse, sus ángeles de la guarda se les acercarán, y su sola presencia bastará para expulsar al Espíritu malévolo. Él se ha apegado a una de ellas en particular, pues a consecuencia de sus actos reprensibles y malos pensamientos, su ángel de la guarda debió alejarse. Lo que ellas necesitan es hacer fervientes oraciones por los que sufren y, en especial, ejercitar las virtudes que Dios impone a cada persona, de acuerdo con su condición.”

Como alegamos que esas palabras nos parecían un tanto severas, y que tal vez conviniera suavizarlas al transmitirlas, el Espíritu agregó:

“Debo decir lo que digo, y del modo en que lo digo, porque las personas en cuestión tienen el hábito de suponer que no hacen daño alguno con la lengua, cuando en realidad lo hacen, y mucho. Por esa razón debemos impresionarlas, a fin de que sea para ellas una seria advertencia.”

De esto se desprende una enseñanza muy importante: las imperfecciones morales dan motivo a los Espíritus obsesores, y el medio más seguro de liberarnos de ellos consiste en atraer a los Espíritus buenos mediante la práctica del bien.

Sin duda, los Espíritus buenos tienen más poder que los malos, y basta con su voluntad para alejar a estos últimos. No obstante, los buenos sólo asisten a quienes los ayudan mediante los esfuerzos que hacen para mejorar.

De lo contrario, se apartan y dejan el terreno libre a los Espíritus malos, que de ese modo se convierten, en ocasiones, en instrumentos de castigo, dado que los buenos les permiten actuar con ese propósito.

Por otra parte, no debemos atribuir a la acción directa de los Espíritus todas las contrariedades que experimentamos, pues estas son a menudo la consecuencia de la desidia o de la imprevisión.

Cierto día un labrador nos escribió una carta diciendo que en los últimos doce años le habían ocurrido todo tipo de desgracias con sus animales: a veces se morían las vacas, o dejaban de producir leche; otras veces se morían los caballos, los carneros o los cerdos.

Había rezado muchas novenas que no remediaron sus problemas, y tampoco obtuvo nada con las misas que hizo celebrar, ni con los exorcismos que ordenó practicar.

Entonces, conforme a la creencia supersticiosa que era común en el campo, quedó convencido de que habían hechizado a sus animales.

Supuso, sin duda, que estábamos dotados de algún poder para exorcizar, y que ese poder era mayor que el del cura de su aldea, razón por la cual pidió nuestra opinión.

Veamos la respuesta que nos dieron los Espíritus:

“La mortalidad o las enfermedades de los animales de ese hombre se deben a que sus corrales están infectados, y él no resuelve ese problema porque cuesta dinero”.

Respuesta de los Espíritus

Concluiremos este capítulo con las respuestas que los Espíritus dieron a nuestras preguntas, y que vienen a corroborar lo que hemos expresado:

1. ¿Por qué algunos médiums no consiguen liberarse de los Espíritus malos que se apegan a ellos? Por otra parte, ¿a qué se debe que los Espíritus buenos, a quienes esos médiums llaman, no sean lo bastante poderosos para alejar a los otros y comunicarse directamente?

“No se trata de que al Espíritu bueno le falte poder. Sucede que, por lo general, el médium no tiene suficiente fuerza para ayudarlo. La naturaleza del médium se presta mejor a ciertas relaciones, y su fluido se identifica más con un Espíritu que con otro. Eso es lo que confiere tan amplio dominio a los Espíritus que quieren engañarlo.”

2. Sin embargo, nos parece que hay personas muy meritorias, de una moralidad irreprochable, que a pesar de eso se ven impedidas de comunicarse con los Espíritus buenos.

“Se trata de una prueba. Además, ¿quién podría garantizaros que su corazón no está manchado con algo de mal, o que su orgullo no se oculta tras una apariencia de bondad? Esas pruebas, al mostrar al obseso su debilidad, deben hacer que se encamine hacia la humildad.”

¿Acaso hay alguien, en la Tierra, que pueda considerarse perfecto? El que tiene todas las apariencias de la virtud puede tener también muchos defectos ocultos, un antiguo fermento de imperfección. Así, por ejemplo, vosotros decís que aquel que no hace daño y es leal en sus relaciones sociales es un hombre bueno y digno. Pero ¿sabéis si sus cualidades buenas no están empañadas por el orgullo? ¿Sabéis si no hay en él un trasfondo de egoísmo? ¿Sabéis si no es avaro, celoso, rencoroso, malediciente y otras mil cosas que no percibís, porque vuestras relaciones con él no os han permitido descubrirlas? El medio más efectivo para combatir la influencia de los Espíritus malos consiste en acercarse todo lo posible a la naturaleza de los buenos.”

3. La obsesión que impide a un médium obtener las comunicaciones que desea, ¿es siempre un signo de indignidad de su parte?

“No he dicho que se trate de un signo de indignidad, sino que puede haber algún obstáculo que se oponga a determinadas comunicaciones. El médium debe, pues, remover el obstáculo que se encuentra en sí mismo. Si no lo hace, sus plegarias y sus súplicas de nada le valdrán. No basta con que un enfermo le diga a su médico: ‘Devuélvame la salud, pues quiero estar sano’. El médico no podrá hacer nada si el enfermo no hace lo que le corresponde.”

4. Así pues, la imposibilidad de comunicarse con determinados Espíritus, ¿constituiría una especie de castigo?

“En determinados casos puede constituir un verdadero castigo, así como la posibilidad de comunicarse con ellos es una recompensa que debéis esforzaros por merecer.” (Véase “Pérdida y suspensión de la mediumnidad”, § 220. “El Libro de los Médiums”)

5. ¿No se puede también combatir la influencia de los Espíritus malos mediante su moralización?

“Sí, pero eso nunca se hace, a pesar de que no hay que dejar de hacerlo, porque en muchas ocasiones constituye una tarea que se os ha confiado, y que debéis cumplir de manera caritativa y con religiosidad. Por medio de sabios consejos se puede inducir a los Espíritus malos al arrepentimiento, a fin de acelerar su progreso.”

– En ese caso, ¿cómo puede un hombre ejercer más influencia que los propios Espíritus?

“Los Espíritus perversos se acercan a los hombres, a quienes tratan de atormentar, antes que a los otros Espíritus, de los cuales se alejan todo lo posible. En esa aproximación a los humanos, cuando encuentran a alguien que los moraliza, al principio no lo escuchan, e incluso se burlan de él. Posteriormente, si este sabe interesarlos, terminan por dejarse impresionar. Los Espíritus elevados sólo pueden hablarles en nombre de Dios, y eso los espanta. Es evidente que el hombre no tiene más poder que los Espíritus superiores, pero su lenguaje se identifica mejor con la naturaleza de los Espíritus inferiores, y cuando él comprueba el influjo que puede ejercer sobre ellos, comprende mejor la solidaridad que existe entre el Cielo y la Tierra.

”Además, el influjo que el hombre puede ejercer sobre los Espíritus guarda relación con su superioridad moral. Él no domina a los Espíritus superiores, ni siquiera a los que, sin ser superiores, son buenos y benévolos, pero sí puede dominar a los Espíritus que son inferiores a él en moralidad.” (Véase el § 279.)

6. La subyugación corporal, llevada a cierto grado, ¿puede causar la locura?

“Sí, una especie de locura cuya causa el mundo no conoce, pero que no tiene relación con la locura común. Entre aquellos a quienes se considera locos, muchos son apenas subyugados. Les haría falta un tratamiento moral, porque con los tratamientos corporales se los vuelve realmente locos. Cuando los médicos conozcan bien el espiritismo, sabrán hacer esa distinción y curarán más enfermos que con las duchas.” (Véase el § 221. “El Libro de los Médiums”)

7. ¿Qué debemos pensar de los que, viendo algún peligro en el espiritismo, creen que el medio de evitarlo sería prohibir las comunicaciones espíritas?

“Si bien pueden prohibir a ciertas personas que se comuniquen con los Espíritus, no pueden impedir que esas mismas personas reciban manifestaciones espontáneas, dado que no les resultar posible suprimir a los Espíritus, ni impedir que ejerzan su influencia oculta. Actúan como esos niños que cierran los ojos y por eso creen que nadie los ve. Sería una locura pretender suprimir un fenómeno que ofrece grandes ventajas, sólo porque algunos imprudentes pueden abusar de él. El medio de prevenir esos inconvenientes consiste, por el contrario, en hacer que ese fenómeno se conozca en profundidad.”


Se ha reproducido íntegramente el Capítulo XXIII de “El Libro de los Médiums”(1861), titulado “De la Obsesión”.

(La traducción utilizada es la realizada por Gustavo N. Martínez) Puedes descargar un ejemplar gratuito en PDF (además de la traducción de las obras de Allan Kardec) desde este enlace de la editora: https://www.ceanet.com.ar/obras-de-allan-kardec/

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Escrito por Allan Kardec

Allan Kardec

Allan Kardec. (1804-1869) es el seudónimo utilizado por el pedagogo y escritor Hippolyte Léon Denizard Rivail, considerado el codificador de la doctrina llamada Espiritismo. Nota de ZonaEspirita.com : En este perfil se publican contenidos escritos por él. Las partes subrayadas y resaltadas han sido editadas por la web.


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Publicado 30 noviembre, 2021 por Allan Kardec en la/s categoría/s "Blog Kardec", "Espiritismo", "Monográfico sobre LA OBSESIÓN

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