Allan Kardec en la Revue Spirite: “La verdad no se prueba por las persecuciones, sino por el razonamiento”

La verdad no se prueba por las persecuciones, sino por el razonamiento; en todos los tiempos, las persecuciones han sido el arma de las malas causas y de aquellos que prefieren el triunfo de la fuerza bruta al de la razón.

La persecución es un mal medio de persuasión; puede abatir al más débil momentáneamente; convencerlo, jamás, pues, aun en la angustia en la cual se lo habrá hundido, exclamará, como Galileo en su cárcel: «¡e pur si move!*»

Al recurrir a la persecución, uno prueba que cuenta poco con el poder de la lógica.

Jamás os sirváis, pues, de represalias: a la violencia contraponed la dulzura y una inalterable tranquilidad; devolved a vuestros enemigos el bien por el mal; así, daréis un desmentido a la calumnia de ellos y los forzaréis a reconocer que vuestras creencias son mejores de lo que dicen.

¡La calumnia! Diréis:

¿Se puede ver con sangre fría que nuestra Doctrina sea falseada indignamente por mentiras?

¿Acusada de decir lo que ella no dice, de enseñar lo contrario de lo que enseña, de producir el mal cuando, al contrario, sólo produce el bien?

¿La propia autoridad de aquellos que sostienen un lenguaje semejante no puede desvirtuar la opinión pública, retardar el progreso del Espiritismo?

Indudablemente, es ese el objetivo de ellos. ¿Lo alcanzarán? Esa es otra cuestión y no vacilaremos en decir que llegan a un resultado completamente contrario: aquél de desacreditarse a ellos mismos y su causa.

Indiscutiblemente, la calumnia es un arma peligrosa y pérfida, pero tiene dos filos y hiere siempre a aquel que se sirve de ella.

Haber recurrido a la mentira para defenderse es dar la prueba más fuerte de que no se tienen buenas razones para ofrecer, pues si uno las tuviera, no dejaría de hacerlas valer.

Decid que una cosa es mala, si tal es vuestra opinión; divulgadlo, si os parece bien; le corresponde al público juzgar si estáis en lo falso o en lo verdadero.

Pero falsearla para apoyar vuestro sentimiento, desnaturalizarla, es indigno de toda persona que se respeta.

En los relatos de las obras dramáticas y literarias, se ven frecuentemente apreciaciones muy opuestas; un crítico alaba en exceso lo que otro ridiculiza: es el derecho de ellos; ¿pero qué se pensaría de aquel que, para sostener su opinión desfavorable, hiciera decir, como si fuera del autor, lo que él no dice, que le atribuyera la autoría de malos versos para probar que su poesía es detestable?

Es así con los detractores del Espiritismo: por sus calumnias, muestran la debilidad de su propia causa y la desacreditan al hacer ver a qué lamentables extremos han sido obligados a recurrir para sostenerla.

¿Qué peso puede tener una opinión fundada en errores manifiestos?

Hay dos opciones:

  • o esos errores son voluntarios y, entonces, se ve la mala fe;
  • o son involuntarios y el autor prueba su inconsecuencia al hablar de lo que no sabe; en uno y en otro caso, él pierde todo el derecho a la confianza.

El Espiritismo no es una doctrina que camina en la sombra; es conocido, sus principios son formulados de una manera clara, precisa y sin ambigüedad.

Por lo tanto, la calumnia no podría alcanzarlo; para probar la impostura, basta decir: «Leed y ved».

Sin duda, es útil desenmascararla;

– pero se lo debe hacer con calma,

– sin acrimonia ni recriminación,

– limitándose a contraponer,

– sin discursos superfluos,

– lo que es a lo que no es;

dejad a vuestros adversarios la cólera y las injurias, guardad para vosotros el papel de la fuerza verdadera: aquél de la dignidad y de la moderación.

Por lo demás, no se deben exagerar las consecuencias de esas calumnias, que traen con ellas el antídoto de su veneno y son, en definitiva, más ventajosas que perjudiciales.

Provocan, forzosamente, el examen de las personas serias que desean juzgar las cosas por sí mismas y que son incitadas a hacer eso debido a la importancia dada.

Ahora bien, lejos de temer el examen, el Espiritismo lo provoca y sólo se queja de una cosa: es que muchas personas hablan de eso como los ciegos hablarían de los colores; pero gracias a los cuidados que nuestros adversarios toman de hacerlo conocer, ese inconveniente pronto ya no existirá y es todo lo que solicitamos.

La calumnia que se desprende de ese examen engrandece al Espiritismo en lugar de rebajarlo.

Espíritas, no os quejéis, pues, de esas desnaturalizaciones; no quitarán ninguna de las cualidades del Espiritismo; al contrario, las harán resaltar con más resplandor por el contraste y volverán a los calumniadores para la deshonra de ellos.

Esas mentiras, seguramente, pueden tener como efecto inmediato engañar a algunas personas e incluso disuadirlas; ¿pero qué significa eso? ¿Qué son algunos individuos al lado de las masas?

Sabéis vosotros mismos cuán poco considerable es el número de esos individuos.

¿Qué influencia eso puede tener sobre el futuro? Ese futuro os está garantizado: los hechos consumados os contestan y cada día os traen la prueba de la inutilidad de los ataques de nuestros adversarios.

¿La Doctrina del Cristo no ha sido calumniada, calificada de subversiva e impía?

¿Él mismo no fue tratado como bribón e impostor?

¿Él se inquietó por eso?

No, porque sabía que Sus enemigos pasarían y que Su Doctrina quedaría. Así será del Espiritismo.

¡Singular coincidencia! El Espiritismo no es otra cosa que el llamamiento a la pura ley del Cristo ¡y se lo ataca con las mismas armas! Pero sus detractores pasarán; es una necesidad de la cual nadie puede sustraerse.

La generación actual se extingue todos los días y con ella se van las personas llenas de prejuicios de otro tiempo; aquella que se eleva está nutrida de ideas nuevas y sabéis, además, que está compuesta de Espíritus más avanzados, que deben hacer reinar, finalmente, la ley de Dios sobre la Tierra.

Mirad, pues, las cosas desde lo más alto; no las veáis desde el punto de vista limitado del presente, pero extended vuestras miradas hacia el futuro y decíos: «El futuro es nuestro; ¡Qué nos importa el presente! ¡Qué nos importan las cuestiones personales! Las personas pasan, las instituciones quedan».

Considerad que estamos en un momento de transición; que asistimos a la lucha entre el pasado, que se debate y tira para atrás, y el futuro, que nace y tira para adelante.

¿Cuál prevalecerá? El pasado es viejo y obsoleto –hablamos de las ideas– mientras que el futuro es joven y camina a la conquista del progreso, que está en las leyes de Dios.

Las personas del pasado se van; aquellas del futuro llegan; sepamos, pues, esperar con confianza y felicitémonos por ser los primeros pioneros encargados de roturar el terreno.

Si tenemos el trabajo, tendremos el sueldo.

Trabajemos, pues, no por una propaganda furibunda e irreflexiva, sino con la paciencia y la perseverancia del labrador que sabe el tiempo que le es necesario para alcanzar la cosecha.

Sembremos la idea, pero no comprometamos la cosecha por una siembra intempestiva y por nuestra impaciencia, anticipando la estación propia para cada cosa.

Cultivemos, sobre todo, las plantas fértiles, que sólo piden producir; éstas son suficientemente numerosas para ocupar todos nuestros instantes, sin gastar nuestras fuerzas contra las rocas inamovibles, que Dios se encarga de sacudir o de arrancar cuando es el tiempo para eso, pues si Él tiene el poder de elevar las montañas, tiene el de bajarlas.

Hablemos sin disimulo y digamos claramente que hay resistencias que sería superfluo buscar vencer y que se obstinan más por amor propio o por interés que por convicción; sería perder el tiempo buscar traerlas hacia nosotros; solamente cederán ante la fuerza de la opinión pública.

Reclutemos a los adeptos entre las personas de buena voluntad, que no faltan; aumentemos la falange de todos aquellos que, fatigados por la duda y asustados por la nada materialista, sólo piden creer y muy pronto el número de ellos será tal que los demás acabarán por rendirse a la evidencia.

Ese resultado ya se manifiesta y esperad para ver, dentro de poco, en vuestras filas, a aquellos que sólo esperaríais ver como últimos.

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* N. de la T.: la frase se traduce como «y sin embargo se mueve» y habría sido murmurada por Galileo Galilei

Por Allan Kardec

Extractos de Revista Espírita – Periódico de Estudios Psicológicos, marzo de 1863

Escrito por Allan Kardec

Allan Kardec

Allan Kardec. (1804-1869) es el seudónimo utilizado por el pedagogo y escritor Hippolyte Léon Denizard Rivail, considerado el codificador de la doctrina llamada Espiritismo. Nota de ZonaEspirita.com : En este perfil se publican contenidos escritos por él. Las partes subrayadas y resaltadas han sido editadas por la web.

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