¿Visiones en el momento de la muerte?

Sabido es que existen muchos casos notables en los que una persona moribunda, poco antes de abandonar la tierra, cree ver y reconocer algún pariente o amigo difunto.

Sin embargo, hay que tener presente que las alucinaciones de los moribundos son muy frecuentes.

No obstante, se han dado casos en que la persona moribunda ignoraba la muerte previa de la persona cuya imagen ve, y, por lo tanto, se asombra de hallar en la visión de su difunto pariente a una persona a quien el moribundo juzga todavía en la tierra.

Estos casos constituyen, quizás, uno de los argumentos más convincentes en apoyo de la supervivencia, ya que el valor demostrativo y el carácter verídico de estas visiones de los moribundos se acrecientan considerablemente cuando se establece, de modo indiscutible, el hecho de que la persona moribunda ignoraba por completo el fallecimiento de la persona a quien ve tan vívidamente.

Refiriéndose a estas visiones, el profesor Richet, ese eminente fisiólogo de renombre europeo, escribe lo siguiente:

“Los hechos de esta índole son de gran importancia. Resultan mucho más explicables según la teoría espiritista que por la hipótesis de la mera criptestesia. De todos los hechos admitidos para probar la supervivencia, éstos son, a mi parecer, los más desconcertantes (esto es desde el punto de vista materialista). Por consiguiente, he juzgado un deber mencionarlos con toda escrupulosidad.”

Como es sabido, el profesor Richet no cree en la existencia del alma o supervivencia después de la muerte, y explica las demostraciones que ha dado la investigación psíquica de la existencia de un mundo espiritual, mediante su teoría de la criptestesia, por la que entiende la percepción de cosas o seres por medio de algún órgano sensorial hasta ahora ignorado por la ciencia, facultad que no todo el mundo posee, pero cuya existencia, en determinados individuos, ha quedado establecida, a juicio mío, de modo concluyente.

Estas personas sensitivas pueden encontrarse en todos los países y en ambos sexos, y pueden ser viejas o jóvenes, ricas o pobres, instruidas o ignorantes.

Esta facultad de clarividencia (esta percepción de personas o cosas invisibles a la vista normal) puede manifestarse cuando la persona sensitiva se encuentra en estado consciente, pero se observa más a menudo en estado de trance, especialmente cuando éste es originado por una profunda hipnosis, o “trance mesmeriano”, como se le solía llamar.

Los antiguos mesmerianos empleaban la palabra “lucidez” o “clarividencia a distancia” para designar la percepción de cosas distintas.

El término clarividencia es, sin embargo, ambiguo, pues ahora se emplea en dos sentidos diferentes, a saber:

a) Para designar la percepción de objetos materiales ocultos y alejados de la persona sensitiva, tales como agua subterránea.

b) Para designar la percepción por parte de la persona sensitiva de objetos inmateriales, tales como las apariciones de personas difuntas.

Para evitar esta confusión, Myers sugirió el término “telestesia” en lugar del de clarividencia para designar la percepción de cosas materiales.

Myers define la telestesia como la sensación o percepción de objetos o condiciones independientemente de los conductos sensoriales reconocidos e independientemente, también, de toda posible comunicación telepática como origen del conocimiento obtenido de ese modo.

De aquí que el término telestesia sería inaplicable a las apariciones de los muertos o a las visiones de los moribundos, mientras que Richet incluiría ambos fenómenos, así como la visión de cosas materiales ocultas, bajo su término “criptestesia”, que parece tener la misma connotación que la palabra familiar “clarividencia” y ofrece, por lo tanto, análoga ambigüedad.

Se han sugerido otros términos para designar la clarividencia. En Norteamérica, el Sr. Henry Holt emplea la palabra “telopsis”, y el Dr. Heysinger la palabra “telecognosis”, pero estos términos difícilmente podrían aplicarse a las apariciones o visiones de los moribundos, que surgen cerca del individuo sensitivo, no lejos de él.

En su obra Peak in Darien, la Srta. Cobbe hace algunas observaciones interesantes sobre la cuestión de las visiones de los moribundos.

Dice así: El moribundo yace tranquilo cuando, de pronto, en el mismo momento de expirar, alza la vista -a veces se incorpora en el lecho- y se queda mirando fijamente en el vacío (o lo que tal parece) con una expresión de perplejidad, que unas veces se transforma instantáneamente en alegría, y otras acorta la primera sensación de un asombro y un terror solemnes.

Si el moribundo fuera a percibir una visión totalmente inesperada, pero instantáneamente reconocida, que le causara una gran sorpresa o una exultante alegría, su rostro no podría revelar mejor el hecho.

En el mismo instante en que se produce este fenómeno tiene lugar la muerte, y los ojos se vidrian, sin dejar de contemplar el espectáculo ignorado.

Por lo que respecta al problema general de las visiones de los moribundos, el Sr. Myers ha hecho algunas observaciones interesantes en su obra Phantasms of the Living.

Myers dice que, a su juicio, este fenómeno – “seguramente debe tener lugar a menudo, aunque rara vez puede registrarse”.

Pues aquí nos encontramos con un relato parcial de un incidente recíproco que, por completo para el conocimiento: me refiero a la percepción supranormal que tiene un hombre en el mismo instante de la muerte, mientras que no se ha registrado ningún caso en que las personas a quienes el moribundo parecía hacer su visita correspondiente (Phantasms of the Living, vol.11, pág.305).

Sin embargo, se han registrado diversos casos en que la visión de los ausentes ha sido compartida por los amigos del moribundo que se hallaban a su cabecera.

Al considerar el valor de las demostraciones de los fenómenos supranormales hay que tener en cuenta la importancia del carácter acumulativo de la evidencia.

La espontánea coincidencia de testigos entre los que no ha existido relación alguna, es lo que constituye su valor tomados en conjunto, mientras que un solo caso puede ser dudoso o refutado, del mismo modo que una sola vara puede romperse fácilmente, pero un haz desafiará cuantos intentos hagamos por quebrarlo.

Sobre este punto, el arzobispo Whately ha hecho algunas observaciones admirables sobre el valor del testimonio.

He aquí sus palabras: “Es evidente que cuando coinciden muchos en un testimonio (para el que no pueda haber existido ningún acuerdo previo) la verosimilitud derivada de semejante coincidencia no descansa en la supuesta veracidad de cada individuo considerado separadamente, sino en lo inverosímil que sería que semejante coincidencia se debiera a la casualidad.

Pues aunque en este caso habría que creer que ninguno de los testigos era digno de crédito y hasta que era más probable que mintieran que el que dijeran verdad, aun así y todo habría infinitas probabilidades en contra de la posibilidad de que todos hubieran coincidido en la misma falsedad.”

Hace unos cincuenta años el Rvdo. J. S. Pollock, erudito beneficiado de una iglesia de Birmingham, publicó una colección de casos de fenómenos supranormales bajo el curioso título de Muertos y ausentes. Aunque se citan unos quinientos casos, tomados de diversas fuentes, no se ha intentado investigar ni un solo caso, por lo que el libro, en conjunto, tiene escaso valor demostrativo.

Aquí cabe citar algunas observaciones sugestivas que hizo el Sr. Henry Sidgwick poco tiempo después de fundarse la Sociedad de Investigaciones Psíquicas. Éstas se publicaron en los Proceedings de 1885, pág.69.

La mayor parte de aquellos a quienes van dirigidas estas páginas pertenecen seguramente a alguna secta cristiana, y para ellos la continuación de la existencia del alma después de la muerte no es, por supuesto, una teoría nueva inventada para explicar los fenómenos que estamos examinando o que requiere el apoyo de estos fenómenos.

Pero poco serán los que encuentren difícil coincidir conmigo en los siguientes puntos:

1.° – Que la posibilidad de recibir visiones o comunicaciones no se sigue como una consecuencia necesaria de la inmortalidad del alma.

2.° – Que si la comunicación que podría llamarse objetiva, es decir, distinguible de nuestros pensamientos y emociones, pueden llevarla a cabo todos los difuntos que lo deseen, cabe esperar, naturalmente, que se produzca con más frecuencia de lo que el más entusiasta puede suponer que se produce.

3.º – Que su posibilidad, aunque no está en contradicción con ninguno de los hechos conocidos de la ciencia física, no está, por cierto, apoyada, ni en modo alguno sugerida, por ninguno de estos hechos.

Por consiguiente, por mucho que podamos creer en la supervivencia de los muertos, no podemos considerar la suposición de su acción sobre la mente de los vivos como si se tratase simplemente de la referencia de un efecto a una vera causa conocida que fuera adecuada para producirlo.

Debemos tratarla como trataríamos -en cualquier departamento de investigación física- la hipótesis de un agente completamente nuevo, de cuya existencia no tenemos prueba alguna, salvo los fenómenos que se presentan a explicación.

De ser así, se reconocerá, creo yo, que violaremos una regla establecida del método científico si presentamos semejante hipótesis, a no ser en último recurso, cuando los demás modos de explicación parecen fracasar claramente.

En qué punto exacto de inverosimilitud ha de considerarse establecido el fracaso de las demás explicaciones: yo no creo que pueda determinarse, o, al menos yo me creo incapaz de ello.

Pero quizá pueda decir que, a mi juicio, es éste un punto que difícilmente puede alcanzarse cuando se trata de la narración de un solo acontecimiento considerado en sí.

Si tuviéramos que enfrentarnos únicamente con una sola historia de aparecidos, apenas podría concebir el género o importancia de las pruebas que me inducirían a mí a preferir la hipótesis de la actuación de los espectros a todas las demás explicaciones posibles.

Por lo tanto, la existencia de los fantasmas de los muertos sólo puede establecerse, de poder ser, por el cúmulo de las inverosimilitudes en que nos vemos envueltos al rechazar una gran masa de testimonios aparentemente vigorosos de hechos que, como se ha dicho, no parecerían admitir ninguna otra explicación satisfactoria, y al poner a prueba el valor de este testimonio estamos obligados, a mi juicio, a forzar hasta el máximo todas las posibles suposiciones de causas reconocidas antes de que podamos creer que el relato en cuestión prueba la actuación de este nuevo agente.

Por otra parte, todas las sociedades científicas deben tener como lema la opinión expresada por Sir John Herschel en su discurso sobre La filosofía natural (pág.127), de que “el observador perfecto… ha de tener abiertos los ojos para poder descubrir inmediatamente todo fenómeno que, con arreglo a las teorías recibidas, no debe acontecer, pues éstos son los hechos que sirven de indicios para nuevos descubrimientos”.

Por desgracia, como hizo notar Goethe en una de sus conversaciones con Eckermann, cuando en las ciencias alguien sugiere algo nuevo… las gentes se oponen con todas sus fuerzas; se habla con desprecio de la nueva opinión como si no valiera la pena de considerarla o estudiarla, y por eso una nueva verdad necesita esperar largo tiempo hasta que puede abrirse camino“.

Escrito por William F. Barrett.

Publicado en el libro “Apariciones en el momento de la muerte”, que se puede descargar gratuitamente en PDF desde este enlace de CursoEspirita.com Visiones en el momento de la Muerte | Curso Espírita (cursoespirita.com)

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