La búsqueda de la Paz en la Diferencia

“Prefiero perder la guerra y ganar la paz”Bob Marley

¿Qué sería del mundo si no deseáramos la paz en medio de la diferencia?

Es difícil imaginarlo, ya que todas las personas son seres únicos, individuales, completamente distintos entre sí, aunque sean absolutamente iguales en apariencia, como son los gemelos univitelinos.

Cuando defendemos una teoría controvertida, es completamente previsible y natural que recibamos críticas.

Sin embargo, el mundo presenta tal exasperación de posiciones antagónicas, como si nos invitara a retroceder en el tiempo.

Ya habíamos tenido la sensación de que estábamos iniciando un proceso evolutivo exitoso por el cual las personas aprendían a respetarse mutuamente.

No obstante, en diversos puntos del globo terráqueo los seres humanos están revelando una enorme incapacidad de tolerar lo que es distinto.

No hace mucho tiempo que nos enteramos de la ola reciente de recrudecimiento de un grupo de los Estados Unidos, denominado Ku Klux Klan – (KKK) (*) y aparentemente extinto, que rinde culto al nacismo y procura la preservación de la “raza pura”.

A casi cien años de la primera guerra mundial, cuyo foco era, en síntesis, el dominio económico de un país por encima del otro, al atribuirse el poder dominador los países imperialistas, o étnico-poderosos, el mundo se encuentra nuevamente ante las mismas demandas.

Algunas veces hemos debatido sobre la forma como se consolida la evolución.

Hay quien defienda la linealidad de ese proceso en la línea del tiempo; otros proponen una visión elíptica, que sugiere ciertos vaivenes por el camino.

Admitida esa última tesis, sería más fácil comprender tales reveses de las decisiones colectivas.

Se concluiría que, después de subir y bajar, tal vez la gente consiga partir, de haber otra oportunidad, desde algún punto mejor, un poco más avanzado.

Cierto es que el momento actual nos invita, más que nunca, a que reflexionemos sobre el gran desafío de mantenernos serenos, íntegros, aptos para seguir compartiendo la vida con mentalidades muy diferentes a las nuestras, en paz.

Hace mucho que se busca comprender mejor el sentido de la alteridad, expresión capaz de transformar actitudes y acciones.

No obstante, basta que estalle una disputa para que nos olvidemos de esas búsquedas y caigamos en la fosa común de la acostumbrada dicotomía, del viejo maniqueísmo de apuntar el acierto y el error, el bien y el mal, lo feo y lo bello.

Claro, en nuestra cabeza siempre estamos “en el lado correcto”.

Admitamos que la tesis opuesta no tenga cabida en nuestro referente de vida, que no se compagine con los valores de la casa, del centro espírita, de la escuela y de la vida.

En ese caso, no será posible transigir, pues nadie consigue ignorar su historia, su formación, su visión del mundo.

¿Sería posible convivir con las personas defensoras de la tesis que se contrapone a todo lo que entendemos por sólido e inquebrantable durante una existencia?

Tal vez debamos beber en la fuente en torno a la cual existe casi unanimidad en el mundo occidental.

Jesús de Nazareth enseñó que hagamos al prójimo lo que nos gustaría que nos hiciera.

Ya que no logramos cambiar nuestra perspectiva en este momento, cuya visión difiere totalmente de la que presenta nuestro contendor, bastaría pensar que, con las posiciones invertidas, nos gustaría contar con su comprensión.

Es nuestro deber

  • comprender al otro,
  • respetar su forma de percibir el mundo,
  • entender que nuestras perspectivas son distintas
  • y que, por ende, vemos la misma cosa con una mirada muchas veces incompatible.

Al creer que no exista siquiera la posibilidad de lo verdadero y lo falso, tendremos éxito al comprender la infinidad de posturas intermedias.

Basta recordar que, ante dos tesis antagónicas siempre hay quien adopte una parte de cada una de ellas.

Hablando así, racionalmente, parece perfectamente posible respetar la visión del otro, pero el ser humano no vive ejerciendo la racionalidad en cada actitud. Muy por el contrario, somos instintivos, inmediatistas, ansiosos, sentimentales al extremo.

Con tales características, dejamos fluir, muchas veces, sentimientos fugaces, aunque capaces de destruir lazos de afecto, al alterar las estructuras psicológicas, las nuestras y las de los demás.

El mundo necesita paz. Nosotros, interiormente, necesitamos paz.

Sembremos la paz, ejerzamos la cultura de la paz, busquemos la paz interior, potencialmente capaz de esparcir confianza y alegría.

¿Cómo alcanzaremos ese nivel?

La primera necesidad que se me ocurre es la de respetarnos mutuamente.

El respeto es, sin lugar a dudas, la base de las relaciones personales; sin él, no hay estructura humana que sea capaz de mantener las relaciones.

Somos diferentes, y si no comprendemos el significado del respeto en este contexto, tampoco seremos capaces de vivir en paz.

En la pregunta nº 789 de El libro de los espíritus, encontramos un aporte oportuno: ¿Reunirá algún día el progreso a todos los pueblos de la Tierra en una sola nación? R: No, no en una sola nación, pues resulta imposible.

Porque de la diversidad de los climas nacen costumbres y necesidades diferentes, que constituyen las nacionalidades.

De ahí que requieran siempre leyes apropiadas a tales necesidades y costumbres. Pero la caridad no conoce latitudes y no hace distinción entre los hombres por el color de su piel.

Cuando la ley de Dios sea en todas partes la base de la ley humana, los pueblos practicarán la caridad recíproca, así como los individuos lo hacen de hombre a hombre.

Entonces vivirán dichosos y en paz, porque nadie tratará de agraviar a su vecino ni de vivir a sus expensas.

Considero un ejemplo formidable de ejercicio del respeto, el esfuerzo por comprender las razones del otro para una manifestación divergente.

Hay que considerar también la individualidad de cada uno, forjada en culturas, familias, escuelas, sociedades y ciudades distintas.

Llegar a ser capaz de comprender la motivación de la expresión diversa del conocimiento disminuiría la aversión al pensamiento contrario que se traduce en aversión al otro.

Además del respeto, es imprescindible, a la luz de la filosofía espírita, la solidaridad humana.

En consonancia con el texto de Fénelon, que se incluye en la respuesta a la pregunta nº 917 de El libro de los espíritus, el egoísmo es la fuente de todos los vicios y la caridad la es de todas las virtudes.

Aunque nos arrogáramos el derecho de considerar absurdamente teratológico el pronunciamiento opuesto, cabría, al menos, una postura solidaria, pues en nuestra condición de seres en proceso de crecimiento, hablamos naturalmente y nos gusta naturalmente contar con la conmiseración ajena en tales situaciones.

La interpretación conjunta de las lecciones espíritas coloca el amor y la caridad como los fundamentos de la construcción de un mundo pacífico.

Siempre y cuando todos nos deseemos la paz, cabe recordar que únicamente con nuestro trabajo y esfuerzo continuos haremos posible la convivencia pacífica con quien es diferente.

Por Jacira Jacinto da SilvaAbogada, miembro del Centro de Investigación y Documentación Espírita (CPDoc) y presidenta de la Asociación Espírita Internacional (CEPA).

Traducción: Conchita Delgado Rivas CIMA Caracas

(*) El Ku Klux Klan (KKK) es una organización racista secreta que nació a finales del siglo XIX en Estados Unidos. Fue fundada en 1866, en Tennessee, como un club social que reunía a veteranos confederados, es decir, soldados que habían luchado por los estados del sur, el lado derrotado, en la Guerra de Secesión (1861-1865).

Traducción al español publicada en la revista Evolución. Venezuela Espírita. Revista del Movimiento de Cultura Espírita CIMA. 2ª Etapa. Nº3. Sep / Dic 2018

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