Espiritismo: Más allá de creencias aprendidas y de líderes

10311380_801849119929393_6836903637573462917_nSi para ti ser espírita se reduce a hacerte con el último ejemplar psicografiado por tu autor favorito, asistir al Congreso anual y/o echar un buen rato con los dirigentes o palestrantes que más se afinan contigo, entonces este artículo no te va a interesar.

Divulgar a destajo y a destiempo es un arma de doble filo; sencillamente no estamos preparados cuando nos encontramos en la fase del conocimiento-asimilación, y a esto es lo que tenemos que atender primeramente: estudiar y digerir adecuadamente las ideas (en los primeros años podemos dejarnos fácilmente engañar por nuestro yo, con toda su pretenciosidad, todos sus automatismos y sus programaciones erróneas que hay que pulir). 

Pero, cierto es, que tampoco estamos mejor preparados cuando ya tenemos la experiencia; pero esta no ha servido para hacernos evolucionar más allá de los patrones fijos de pensamiento; porque así (por cultivados que seamos), no filtraremos fielmente el Espiritismo sino nuestros propios supuestos culturales.

Luego está el asunto de los dirigentes y los conferenciantes reconocidos… Es cierto que muchos nos ayudan a “abrir filas” y comprometernos, llevan la doctrina a asambleas y a público más numeroso, etc. Pero entre ellos (incluyendo los que personalmente nos caigan bien) están también los que se han acomodado, es decir; más allá de lo que el Espiritismo nos enseña, proyectan su visión particular oriunda de su manera personal, cultural y psicológica de ver el mundo… y, por lo mismo, será de buen criterio tener en cuenta que su perspectiva (por partir al fin y al cabo de un ser encarnado) puede ser discutible, limitada o incluso abiertamente errónea. El espírita que tiene más experiencia, y más que este, el que es imparcial; capta todo esto y sabe que a veces hay que trascender al líder para conectar con el espíritu del mensaje.

No es que tengamos que desconfiar de los representantes o las figuras de renombre, en absoluto; puesto que siempre debe de haber representantes colocados en las primeras filas (esto es necesario). Hablamos de no caer en el error de aceptar todos sus pareceres como artículo de fe, que es algo muy distinto.

Hay dentro del movimiento espírita muchos logros, pero también diversas limitaciones que llevamos incorporando automáticamente desde hace demasiado tiempo: creencias erróneas heredadas (posiblemente de buena fe), programaciones repetitivas que pueden (y deben) ser mejoradas, introyectos culturales que impiden el desarrollo y la libre expresión, etc. Y los espíritas debemos ser capaces de captar también todo esto, no para lanzarnos a discusiones estériles (lo que no está dentro de los fines del ideal que nos une) sino para saber ir más allá de la limitación humana y no alejarnos demasiado de la esencia.

Debemos esforzarnos por alcanzar ese indispensable punto de saludable auto-crítica e imparcialidad para no caer todos en los mismos errores (aunque estos tengan la apariencia de confortable burbuja doctrinaria). Fuimos llamados para ser fieles servidores del Espiritismo, no a servirnos de él para proyectarnos engañosamente.

Cuando ya se han asentado las expectativas, es decir: cuando ya somos capaces de sentir la doctrina más allá de los entusiasmos del inicio; hemos ido separando “lo divino de lo humano” y aprendido a ver más allá de los lideres (sean de España o de Brasil), entonces, seguramente, estaremos más preparados para divulgar.

Como dice un amigo mío: Después de los primeros 3 o 4 años las aguas se calman, todo se ve con más calma y apertura, sencillez. Y surge el verdadero espiritista que llevamos dentro. Es cuando se predica mejor con el ejemplo y con la simplicidad, con la necesidad de, por encima de todo, transmitir la idea de la inmortalidad del alma, la hermandad universal, de que nada pasa por acaso, etc. y hacerlo despojando del mensaje el fanatismo, los atavismos culturales y la moralina de otras filosofías religiosas.

Lo demás son estrategias encubiertas por destacar, ser “más papistas que el papa”, repetir viejas pautas erróneas de la religión o la ciencia, etc.

Nos merecemos algo más y mejor.

En otra línea de cosas pero dentro del asunto que tratamos, tampoco podemos vivir idolatrando el siglo XIX (porque muchas ideas de entonces, sin el filtro adecuado, hoy pueden sonar a añejo) o la influencia brasileña del s. XX (hija, al fin y al cabo de una cultura concreta)… Todo esto ha tenido su tiempo y su indudable importancia, pero si algo nos queda aún pendiente a todos es abrir nuevos caminos. Obviamente no hablamos de crear espiritismos al gusto del personal (espiritismo solo hay uno y es el codificado en 1857, vía A. Kardec), pero tenemos que reinventar propuestas, crear nuevas estrategias y claves, no conformarnos con las pautas trilladas de las últimas décadas (ya sea por comodismo o por conveniencia).

Si aún no hemos pasado la primera fase de descubrimiento-iniciación o si, pese a nuestra veteranía, no hemos trascendido las fronteras de nuestro personalismo (bien porque no actuamos sino por el rasero de determinados líderes o porque no hemos sabido dimensionar adecuadamente el mensaje espiritista), aún no estaremos preparados para dedicarnos al 100% a las tareas divulgativas, porque lo haremos mal o daremos una imagen equívoca (ambigua y/o limitada) del Espiritismo.

Hay compañeros más dedicados a cultivar su proyección pública que a instruirse internamente y consolar a través del Espiritismo; a glorificar a figuras de “Xico” o de Divaldo que ha trabajar por la unión… El papel del espírita no es “santificar”, sino recoger el legado de esos grandes y aplicarlo sin fanatismo y sí con renuncia personalística y amor.

Queda mucha tarea por delante…, la primera y más importante: reconocer lo que es mejorable, y después: superar el sectarismo, introducir nuevas figuras que aporten savia nueva (de entre ellas, algunos serán los futuros líderes), diseñar estrategias para la unión, etc, etc.

Como decía León Denis: Siempre adelante; siempre más lejos; siempre más alto.

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Escrito por Lumen

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