El problema de la mediumnidad

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    Serena
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    Del libro “En el umbral de lo invisible”, por Sir William Barret, CAPITULO X

    EL PROBLEMA DE LA MEDIUMNIDAD
    “Tu aspecto externo desmiente la inmensidad de tu alma.” Wordsworth

    Se preguntará, y no pocos lo han hecho despectivamente: ¿Por qué es necesario el médium para estas manifestaciones espiritistas?

    Como todos sabemos, la producción de estos fenómenos parece inseparable del organismo viviente llamado médium. Puede ser muy bien que, dada la existencia de un mundo espiritual, sea tan indispensable el médium en aquél como en éste, En efecto, resalta en todas las comunicaciones que al parecer proceden de difuntos que necesitan también un intermediario entre ellos y el médium terrestre.

    Desde el punto de vista científico no hay nada en ello de extraordinario. Ciertas personas, escasas por fortuna, están sometidas a estados anormales mentales o físicos, y el alienista o el patólogo no rehúsan el estudio de la demencia o de la epilepsia, pretextando que se circunscribe a un número limitado de seres humanos.

    Además, la ciencia física ofrece abundantes analogías de la necesidad de un médium o intermediario entre lo visible y lo invisible. Nada sabemos de energías físicas, como la electricidad, el magnetismo, la luz, la gravitación, etc., si no es por sus reacciones sobre cuerpos materiales.

    Son desconocidas e invisibles hasta que se revelan por su acción sobre la materia. No vemos la electricidad en el relámpago, pero las partículas atmosféricas incandescentes por la resistencia, denuncian la descarga eléctrica.

    De igual manera las ondas luminosas exigen su absorción por un medio material para que las perciban los sentidos; el intermediario puede ser la placa fotográfica, ramificaciones y conos de la retina, una superficie ennegrecida o los resonadores eléctricos de la telegrafía sin hilos, según la longitud de la respectiva onda; pero un medio cualquiera de materia ponderable es
    preciso para que podamos percibir los efectos químicos, luminosos, termales o eléctricos de estas ondas.

    Además, su mayor o menor rendimiento depende de que el sincronismo de estas ondas etéreas con su receptor terrestre sea más o menos perfecto.

    De este modo, vemos que ciertos medios físicos definidos son necesarios para que sean perceptibles los fenómenos, que sin ellos no lo serían. Por estos medios la energía del mundo “físico” invisible que esta fuera de nosotros, pasa a ser visible y afecta al mundo mental invisible, que está en nosotros. El fin último de esta operación nos es desconocido, y solamente en la fase de transición el flujo de energía actúa en los sentidos, y, por consiguiente, estas apariencias, es decir, el fenómeno, es únicamente lo que estudia la Ciencia.

    Es esto verdad también en la vida en si; pues la vida, de cualquier género o condición que sea, es invisible y desconocida per se; solo la conocemos por sus manifestaciones varias en la materia orgánica, o sea por los fenómenos vitales.

    Esto es igualmente cierto aplicado a nuestra mente, que se manifiesta por mediación del cerebro, y de la misma manera requiere un médium la mente de un desencarnado para manifestarse. Es incuestionable, aunque repugne a nuestros sentimientos religiosos, que cuanto se relaciona con el fenómeno viene a ser de este modo asunto de legítima investigación científica. Como Sir Oliver Lodge dijo muy bien: “La actitud menos justificable es la que pretende que hay dos categorías de verdades en el universo en las que no es lícito investigar”.

    El nexo entre lo visible y lo invisible, puede ser,. como hemos visto, físico, fisiológico y psíquico, pero cualquiera que sea, es una sustancia especializada, un órgano o un organismo; en muchos casos es un cuerpo en estado de equilibrio inestable, y, por consiguiente, de naturaleza delicada, que debe manejarse con cuidado, y su condición e idiosincrasia deben estudiarse previamente.

    Un estado psíquico peculiar es, sin duda, el que depara el poder mediúmnico pero no sabemos nada acerca de su naturaleza y a menudo se malogran nuestras experiencias y se dificultan sus resultados, por esta ignorancia. Es muy probable que el estado psicológico de los asistentes a una sesión reaccione sobre el médium. Nulo sería el resultado si expusiéramos a la luz las placas fotográficas al propio tiempo que a la imagen luminosa formada en la lente. En todo proceso físico hay que evitar las causas de perturbación.

    Si, por ejemplo, el difunto profesor S. P. Langley, de Washington, en las delicadas experiencias a las que consagró tantos años -exploración de las radiaciones solares infrarrojas- hubiese dejado actuar sus radiaciones térmicas o las de sus ayudantes sobre su sensible termoscopio, los resultados hubieran sido confusos e incomprensibles.

    Confusiones semejantes se observan en las investigaciones psíquicas, especialmente en las de aquellos que conciben la misión de un investigador científico lo mismo que la de un hábil aficionado: descubren simplemente su propia incompetencia para tratar problemas cuyos elementos no comprenden y son incapaces de asimilar.

    Los que teniendo un elevado concepto de su sagacidad acometen la tarea decididos a lo posible o a lo imposible, fracasan seguramente. Tales gentes deben descotarse, pues su modo de pensar y su manera de actuar son impropias, y por consiguiente, vulgares, ya que la impropiedad es la esencia de la vulgaridad.

    Ignorantes en absoluto del estada psíquico que constituye la mediumnidad, debemos recoger y anotar las circunstancias que se observan en una sesión afortunada. La mediumnidad parece tener alguna analogía con “la información” acerca del trance mesmeriano, y sería interesante saber si un sensible al magnetismo tiene más aptitud para ser médium que los demás humanos.

    Además, los que perciben bien en los experimentos de telepatía ¿les ocurre lo propio con la telepatía espontánea, como en casos de apariciones en el momento de la muerte, y son sensibles a la influencia hipnótica? La misma cuestión se plantea para los sonámbulos; en una palabra, ¿hay algo de común entre los estados psíquicos misteriosos de estas diferentes clases de sensitivos?

    Es muy probable. pues como veremos, todo fenómeno psíquico implica la acción, mayor o menor, de una parte inconsciente de nuestra personalidad, del yo oculto que surge en el médium en el momento en que desaparece la conciencia normal y el imperio sobre sí mismo. Esto esclarece algo las circunstancias peculiares de la mediumnidad.

    Podemos consignar que la vida consciente se expresa con movimientos musculares voluntarios como la palabra, el gesto, mientras que la vida subconsciente se expresa por la acción involuntaria de los músculos como la escritura o la palabra automáticas, el movimiento de la plancheta o de la varita de los zahoríes, etc.

    Estos medios instrumentales para revelar la subconciencia, los he denominado autóscopos. Si la voluntad o la razón se asocia a una acción automática, el movimiento se convierte en voluntario y pasa del dominio del subconsciente al del consciente. De aquí que los fenómenos psíquicos que emanan del subconsciente dan resultados confusos o nulos.

    Lo que intento poner de relieve aquí es que le mediumnidad depende de la acción de la vida subconsciente, y por lo tanto, el pervigilio consciente debe ser más o menos pasivo.

    La carencia del señorío sobre su pensamiento y acciones hace al médium tan hostil a la influencia de una sugestión hostil de los espectadores. Un médium es un sujeto eminentemente sugestionable y puede ser victima inconsciente y no promotor consciente del fraude, que es la opinión dominante de los investigadores escépticos, que creen que todos los mediums son unos impostores. El doctor Hyslop, y otros muchos psiquiatras, han demostrado que un médium en trance no está en estado normal y representa signos de histeria.

    Tengamos presente que el médium no entiende el fenómeno mejor que el investigador, quizá peor, porque se da menos cuenta de lo que ocurre durante su trance. Por ello sus explicaciones y sus opiniones en estado normal no tienen valor alguno. El médium, como ya he manifestado y corno Sir Oliver Lodge ha dicho también, debe tratarse –“como una pieza delicada de un aparato que nos sirve para la experimentación”- El médium es un instrumento cuyas costumbres e idiosincrasia se deben conocer, como se estudia y se atiende a las particularidades de piezas menos delicadas de un aparato de física construido por un hábil fabricante.

    Todo esto es perfectamente compatible con tomar las precauciones necesarias contra el fraude. Los métodos rigurosos sabiamente adoptados, a mi juicio, por la Sociedad de Investigación Psíquica, han eliminado indudablemente muchos testimonios tenidos por evidentes por los espiritualistas y también han puesto de relieve a un número considerable de profesionales bellacos que abusaban de la credulidad o del dolor humanos.

    La palabra médium es sin duda discutible. La opinión pública la asocia a todos los grados de picardía, y mientras se fomenten los mediums mercenarios, las sesiones a oscuras y abunden los bribones e imbéciles, seguirá siendo mala su reputación. Pero hay que hacer otra objeción a la palabra.

    El “médium” pasa con frecuencia por ser el intermediario entre el mundo de los espíritus y el nuestro, y sin embargo, muchas de las pretendidas comunicaciones espirituales no son más que la inconsciente revelación de sus propios pensamientos o de su memoria latente o de su “yo subliminal.

    Convengo, por consiguiente, con mi amigo el difunto Frederic Myers, cuando califica la palabra médium de “término bárbaro y que prejuzga la cuestión”, y propone, en cambio, la palabra “automatista”, otros han sugerido y algunos han usado la palabra “psíquico”. La una o la otra seria preferible si la costumbre no fuera en contra de ellas, pero la mayor amplitud en los conocimientos y el creciente interés que nos inspire nos depararán una nueva nomenclatura. He creído más conveniente conservar la fraseología acostumbrada, rechazando empero lo que significa; es decir, el médium es siempre el agente entre nosotros y el mundo espiritual o una personalidad exterior a él. Puede ser, y es con frecuencia, el inconsciente o una personalidad ignorada por el médium. Es bien sabido que nuestra personalidad integral no es la normal con la que estamos familiarizados en estado de pervigilio.

    Hay, en cada uno de nosotros, un tribunal exterior y otro interior para juzgar nuestra personalidad. El exterior es nuestro yo consciente y el interior nuestro yo subconsciente. Ha dado Mr. Myers a este último que está más allá del limite de la conciencia, un nuevo significado de más importancia, término más amplio, el yo subliminal, que es hoy familiar. Para los lectores que no han estudiado psicología será conveniente examinar más de cerca la cuestión de la personalidad humana y la conciencia, pues arroja alguna luz sobre la naturaleza de la mediumnidad y sobre los, fenómenos que estamos estudiando.

    NOTA.- Se ha indicado en este capítulo que los mediums pertenecen a la clase de personas a quienes el profesor P. Janet, en su obra magistral, “El Automatismo Psicológico”, denomina “individuos sugestionables”, personas dominadas por una idea o sugestión, ya originada en sí mismos (autosugestión), ya originadas fuera, quizá en el invisible. La sugestionabilidad que se revela en ciertos individuos y no en otros de la misma categoría, se observa también en las formas inferiores de la vida en que la coloración de los seres está influida por el medio, etc.

    (William Barret fue Profesor de Física Experimental de la Universidad de Dublín, y miembro de la Real Academia Inglesa.)

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