Mi iniciación en el espiritismo

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Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó Allan Kardec Allan Kardec hace 2 meses.

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    Allan Kardec
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    En 1854 oí hablar por primera vez de las mesas giratorias. Un día me encontré con el Sr. Fortier, magnetizador, a quien conocía desde mucho tiempo atrás, que me dijo: “¿Ya está al tanto de la singular propiedad que se acaba de descubrir en el magnetismo? Parece que ahora no sólo se puede magnetizar a las personas sino también a las mesas, y se consigue que giren y anden a voluntad”.

    “Es, en efecto, muy singular -le respondí-; pero, en rigor, no me parece esencialmente imposible”. El fluido magnético, que es una especie de electricidad, puede muy bien actuar sobre los cuerpos inertes y hacer que se muevan. Los relatos publicados en los periódicos, acerca de experiencias realizadas en Nantes, en Marsella y en algunas otras ciudades, no dejaban margen a dudas acerca de la realidad del fenómeno.

    Cierto tiempo después me encontré nuevamente con el Sr. Fortier, quien me dijo: “Aquí hay algo mucho más extraordinario; no sólo se consigue que una mesa se mueva mediante la magnetización, sino también que hable. Cuando se la interroga, responde”. “Esa es otra cuestión -le respondí-. Sólo lo creeré cuando lo vea, y cuando me demuestren que una mesa tiene cerebro para pensar, nervios para sentir, y que puede convertirse en sonámbula. Hasta entonces, permítame que no vea en el caso más que un embuste”.

    Este razonamiento era lógico. Yo concebía la posibilidad del movimiento por efecto de una fuerza mecánica, pero como ignoraba la causa y la ley de aquel fenómeno, me parecía absurdo que se atribuyera inteligencia a una cosa puramente material. Me encontraba en la posición de los incrédulos de la actualidad, que niegan un hecho tan sólo porque no lo comprenden.

    Si hace cincuenta años le hubiésemos dicho a alguien, pura y simplemente, que se podía transmitir un telegrama a quinientas leguas y recibir la respuesta al cabo de una hora, ese alguien se habría reído de nosotros, y no hubiesen faltado excelentes razones científicas para probar que semejante cosa era materialmente imposible. Ahora, como ya se conoce la ley de la electricidad, eso no despierta el asombro de nadie, ni siquiera de un campesino. Lo mismo ocurre con los fenómenos espíritas.

    Para todo aquel que no conoce la ley que los rige, estos fenómenos parecen sobrenaturales, maravillosos, y por consiguiente imposibles, además de ridículos. En cambio, cuando se conoce la ley, lo maravilloso desaparece y el hecho pierde todo aquello que provoca el rechazo de la razón, porque se comprende la posibilidad de que se produzca.

    Me encontraba, pues, ante un hecho inexplicado, aparentemente en contradicción con las leyes de la naturaleza, al que mi razón objetaba. Hasta entonces no había visto ni observado nada; las experiencias, realizadas en presencia de personas honorables y dignas de fe, confirmaban mi opinión en cuanto a la posibilidad del efecto puramente material, pero la idea de una mesa parlante todavía no había penetrado en mi mente.

    El año siguiente -a comienzos de 1855- me encontré con el Sr. Carlotti, amigo desde hacía 25 años, que me habló de aquellos fenómenos durante casi una hora, con el entusiasmo que consagraba a todas las ideas nuevas. El Sr. Carlotti era natural de Córcega, de temperamento ardiente y enérgico, y por mi parte siempre había apreciado en él las cualidades que distinguen a un alma noble y bella, aunque desconfiara de su exaltación. Fue él la primera persona en hablarme de la intervención de los Espíritus, y me contó tantas cosas sorprendentes que, lejos de convencerme, aumentó mis dudas.

    “Llegará el día en que usted será de los nuestros”, concluyó. “No diré que no -le respondí-; veremos eso más adelante”.
    Pasado cierto tiempo, en el mes de mayo de 1855, fui a la casa de la sonámbula Sra. Roger, en compañía del Sr. Fortier, su magnetizador. Allí encontré al Sr. Pâtier y a la Sra. de Plainemaison, que me hablaron de aquellos fenómenos en el mismo sentido que el Sr. Carlotti, pero en un tono muy diferente.

    El Sr. Pâtier era un funcionario público de cierta edad, muy instruido, de carácter grave, frío y reposado; su lenguaje pausado, exento de todo entusiasmo, produjo en mí una viva impresión, y cuando me invitó a asistir a las experiencias que se realizaban en casa de la Sra. de Plainemaison, en la calle Grange- Batelière, n.º 18, acepté de inmediato. La reunión fue marcada para el martes 9 de mayo a las ocho de la noche.

    Allí presencié por primera vez el fenómeno de las mesas que giraban, saltaban y se trasladaban, en condiciones tales que no dejaban lugar a ninguna duda. Presencié también algunos ensayos bastante imperfectos de escritura mediúmnica en una pizarra, con la ayuda de una cesta. Mis ideas estaban lejos de definirse, pero había allí un hecho que forzosamente provenía de una causa. Pude vislumbrar en aquellas aparentes futilidades, en esa especie de juego en que habían convertido a aquellos fenómenos, algo serio: la revelación de una nueva ley que me propuse estudiar en profundidad.
    Inmediatamente después se me presentaron otras oportunidades para observar los hechos con mayor detenimiento, como aún no había podido hacerlo. En una de las reuniones de la Sra. de Plainemaison conocí a la familia Baudin, que por entonces vivía en la calle Rochechouart. El Sr. Baudin me invitó a que asistiera a las sesiones semanales que se realizaban en su casa, de las que de inmediato me convertí en un asiduo concurrente. Estas reuniones eran bastante numerosas. Aparte de los frecuentadores habituales, eran admitidos fácilmente todos aquellos que solicitaban autorización para asistir. Las dos señoritas Baudin eran las médiums, que escribían en una pizarra con la ayuda de una cesta, denominada trompo, descripta en El libro de los médiums 10.

    Ese procedimiento, que requiere la colaboración de dos personas, excluye toda posibilidad de intromisión de las ideas del médium. Allí tuve oportunidad de ver comunicaciones continuas y respuestas a preguntas formuladas, y algunas veces incluso a preguntas mentales que denotaban, de modo evidente, la intervención de una inteligencia extraña. Los asuntos tratados en las reuniones por lo general eran frívolos. Los concurrentes se ocupaban sobre todo de cosas relativas a la vida material, al porvenir, en suma, de cosas que nada tenían de realmente serio. La curiosidad y la diversión eran los móviles principales de todos. El Espíritu que solía manifestarse respondía al nombre de Zéphyr, nombre perfectamente compatible tanto con su carácter como con el de la reunión.

    De todos modos, era muy bueno y se presentaba como el protector de la familia. Así como con frecuencia hacía reír, también sabía en qué momento era preciso dar prudentes consejos, y cuando se presentaba la oportunidad empleaba el epigrama ingenioso y mordaz. Pronto trabamos relaciones y me ofreció constantes pruebas de gran simpatía. No era un Espíritu demasiado adelantado, si bien más tarde, asistido por Espíritus superiores, me ayudó en mis primeros trabajos. Con posterioridad manifestó que debía reencarnar, y no volví a escuchar acerca de él.

    En esas reuniones comencé mis estudios serios de espiritismo, aunque no tanto por medio de revelaciones como de observaciones. Apliqué a esa nueva ciencia, como lo había hecho hasta entonces, el método experimental. Nunca elaboré teorías preconcebidas; observaba atentamente, comparaba, deducía consecuencias; de los efectos trataba de remontarme hasta las causas, por medio de la deducción y el encadenamiento lógico de los hechos, sin admitir como válida una explicación hasta que me fuera posible resolver todas las dificultades de la cuestión. De ese modo había procedido siempre en mis trabajos anteriores, desde los 15 o 16 años de edad.

    Comprendí ante todo la gravedad de la exploración que iba a emprender; percibí en aquellos fenómenos la clave del problema tan intrincado y tan controvertido del pasado y del porvenir de la humanidad, la solución que había buscado durante toda mi vida. Se trataba, en definitiva, de una completa revolución en las ideas y en las creencias; era preciso, por lo tanto, andar con la mayor circunspección y no livianamente; ser positivista y no idealista, para no dejarme llevar por ilusiones.

    Uno de los primeros resultados de mis observaciones fue que los Espíritus, dado que no eran más que las almas de los hombres, no poseían ni la absoluta sabiduría ni la ciencia absoluta; que el saber de que disponían se limitaba al grado de adelanto que habían alcanzado, y que su opinión sólo tenía el valor de una opinión personal.

    Verificada desde el principio, esa verdad me preservó del grave escollo de creer en la infalibilidad de los Espíritus, y me impidió formular teorías prematuras sobre la base de lo que había sido dicho por uno o varios de ellos.

    El simple hecho de la comunicación con los Espíritus, sea lo que fuere que ellos dijesen, probaba la existencia del mundo invisible circundante. Ya era un punto esencial, un inmenso campo abierto a nuestras exploraciones, la clave de incontables fenómenos que hasta entonces carecían de explicación. El segundo punto, no menos importante, era que aquella comunicación nos permitía conocer el estado de ese mundo, sus costumbres, si así lo podemos expresar.

    Pronto vi que cada Espíritu, en virtud de su posición personal y de sus conocimientos, me develaba una fase de aquel mundo, del mismo modo como se llega a conocer el estado de un país interrogando a sus habitantes de todas las clases y de todas las condiciones, visto que cada uno nos puede enseñar algo y que uno solo, individualmente, no puede informarnos acerca de todo. Cabe al observador dar forma al conjunto por medio de los documentos recogidos en diferentes lugares, cotejados, coordinados y controlados unos con otros.

    Me conduje, por consiguiente, con los Espíritus como lo habría hecho con los hombres. Para mí ellos han sido, desde el menor hasta el mayor, medios para informarme y no reveladores predestinados.

    Fueron estas las disposiciones con que emprendí y proseguí siempre mis estudios espíritas. Observar, comparar y juzgar: esa es la regla que constantemente seguí.
    Hasta entonces, las sesiones en casa del Sr. Baudin no habían tenido ningún objetivo determinado. Traté allí de obtener la solución de los problemas que me interesaban desde el punto de vista de la filosofía, de la psicología y de la naturaleza del mundo invisible. Llevaba a cada sesión una serie de preguntas preparadas y ordenadas en forma metódica.

    Eran invariablemente respondidas con precisión, profundidad y de manera lógica. A partir de entonces, las reuniones asumieron un carácter muy diferente. Entre los concurrentes se encontraban personas serias que tomaron por ellas un vivo interés, y si yo faltaba por algún motivo, se quedaban sin saber qué hacer. Para la mayoría, las preguntas fútiles habían perdido todo su atractivo. Por mi parte, al principio apenas me ocupaba de mi propia instrucción; pero más tarde, cuando vi que aquello constituía un todo y adquiría las proporciones de una doctrina, tuve la idea de publicar las enseñanzas recibidas para instrucción de todas las personas.

    Fueron aquellas mismas enseñanzas las que, sucesivamente desarrolladas y
    completadas, constituyeron la base de El libro de los Espíritus.

    Al año siguiente, en 1856, frecuenté al mismo tiempo las reuniones espíritas que se realizaban en la calle Tiquetone, en casa del Sr. Roustan y de la Srta. Japhet, sonámbula. Esas reuniones eran serias y se llevaban a cabo con orden.

    Las comunicaciones eran trasmitidas por intermedio de la Srta. Japhet, médium, con la ayuda de la cesta de pico 11.

    Mi trabajo estaba en gran parte concluido y asumía las dimensiones de un libro. No obstante, insistí en someterlo al control de otros Espíritus, con la ayuda de diferentes médiums.

    Tuve la idea de convertirlo en objeto de estudio en las reuniones del Sr. Roustan.

    Al cabo de algunas sesiones, los Espíritus manifestaron que preferían revisarlo en la intimidad, y determinaron a tal efecto ciertos días en los cuales yo trabajaría en particular con la Srta. Japhet, a fin de hacerlo con más calma, y al mismo tiempo para evitar las indiscreciones y los comentarios prematuros del público.

    No me contenté con esa verificación, que los propios Espíritus me habían recomendado. Las circunstancias me habían puesto en relación con otros médiums, y cada vez que se presentaba la ocasión, la aprovechaba para proponer algunas de las cuestiones que me parecían más espinosas. Fue así que más de diez médiums prestaron su colaboración para ese trabajo.

    A partir de la comparación y la fusión de todas las respuestas, coordinadas, clasificadas y muchas veces corregidas en el silencio de la meditación, elaboré la primera edición de El libro de los Espíritus, que vio la luz el 18 de abril de 1857.

    Hacia fines de ese mismo año, ambas Srtas. Baudin se casaron; las reuniones cesaron y la familia se dispersó. Pero entonces mis relaciones comenzaron a ampliarse, y los Espíritus multiplicaron los medios para mi instrucción con vistas a los trabajos que habría de realizar posteriormente.

    Por Allan Kardec
    Extracto del libro: “Obras póstumas”
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    Referencias:
    9 La fecha quedó en blanco en el manuscrito. (Nota de la primera edición francesa.)
    10 Véanse los §§ 153 y 158 de dicha obra. (N. del T.)
    11 Véase el § 154 de El libro de los médiums. (N. del T.)

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